SAN MIGUEL ARCÁNGEL

Se debe tener gran confianza para con el Confesor

Discípulo. — Padre, ¿cómo ha de ser la confianza para con el confesor?

Maestro.Debe ser infantil, sin ansiedad ni doblez, o sea, que debemos abrirle todo nuestro interior sin reserva alguna; en todo aquello que puede interesar a nuestra alma, como hacen precisamente los niños que sienten la necesidad de manifestarlo todo a quien no pretende sino su bien.

D. — ¿Qué significa eso de abrir todo nuestro interior?

M.Quiere decir que debemos manifestar los pecados, los defectos, las malas inclinaciones, es decir, todo lo que agrava la conciencia, sea referente al pasado o al presente. El demonio, dice San Ignacio, procede con los incautos como los jóvenes disolutos con las doncellas inexpertas a quienes desean seducir. Ellos nada temen y de nada se guardan tanto como de que sus pretendidas víctimas descubran a sus padres, las palabras, las confidencias, los tratos ocultos que les prodigan, pues de lo contrario, tendrían que desesperar de conseguir sus impuros intentos. Así el demonio se vale de toda astucia, a fin de que no se entere el confesor de sus tramas y de sus engaños.

D. — El demonio teme tanto esta confianza del alma para con el confesor, porque le corta todos sus lazos y le descubre sus embustes, ¿no es verdad, Padre?

MNi más ni menos; y para sofocarla o disminuirla arroja sobre el alma dudas, temores, sospechas, desconfianzas contra el mismo confesor. Es necesario pues cobrar valor con gran ahínco, y manifestar al padre de nuestra alma hasta estas insidias y tentaciones.

D. — ¿Pero al confesor no le dará fastidio estas miserias?

M.Todos tienen derecho de manifestar al confesor lo que interesa a su conciencia: por eso esta confianza debe ser sin límite ni reservas, salvar siempre dos cosas: la caridad para con el prójimo y el respeto al confesor.

D. — Padre, ¿obran mal los que no se confiesan nunca, o raras veces, porque temen que no han de saber decirlo todo bien, o como ellos quisieran?

M. Obran muy mal, así como también obran mal los que quisieran recordarlo todo, comprenderlo todo, saber explicarlo todo, y no consiguiéndolo, se inquietan y se disgustan. Cuando uno hace lo que puede, Dios suple lo demás.

D. — Y vale esto aún para el mismo confesor, ¿no es verdad?

M.Seguramente. Nos presentamos a un padre, él sabrá interpretar y hasta adivinar lo que nosotros no estamos en condición de recordar convenientemente, entender o explicar. El sabrá interrogarnos debidamente y ayudarnos del mejor modo.

D. — ¿Qué decir, padre, de aquellos a quienes disgusta el ser interrogados?

M. Hay que decir que gustan de estar enfermos y de no sanar, y por lo mismo no sanarán jamás.

D. — ¿Qué quiere decir sin ansiedad ni doblez?

M.Quiere decir que se debe confesar uno sin artificios ni enredos. Faltan a estas normas aquellas pobres almas que constreñidas por una parte, para la necesidad que sienten de manifestarse por completo y por otra, atajadas por el miedo de exagerar, eligen un término medio: comienzan con exordios bien estudiados, recurren a expresiones generales, absurdas, vagas, se acusan y se excusan, dicen y se desdicen de modo que el confesor acaba por no entender nada.

D. — ¡Cuánta miseria! ¿Y a qué vienen tantos embrollos?

M.Es que temen desacreditarse, acarrearse no sé qué deshonor, ¡pobrecitas! no saben ellas, que precisamente la franqueza y la sinceridad en manifestarse reas, es lo que predispone el corazón del confesor a la compasión y al perdón; mientras que los artificios logran el efecto contrario.

D. — Aquí se cumple el dicho: a quien se acusa Dios le excusa y al que se excusa Dios le acusa, ¿no es verdad Padre?

M.Exacto.

Un día se presentó a confesarse con San Juan Bosco un individuo, el cual, de pura timidez, procuraba, en vez de manifestar sus pecados, ocultarlos y excusarlos. El siervo de Dios, que santo como era, leía en la frente y en el alma de su penitente, le dejó hablar algún poco, más luego, interrumpiéndole, le dice cortésmente:

— Perdone, ¿ha venido usted aquí a acusarse o a excusarse?

— ¡Oh Padre, a acusarme!

— Acúsese, pues, y diga sencillamente: he pensado de esta o de aquella manera… he hecho esto o aquello… me ha sucedido esto o lo de más allá…

— Y le dijo claro y raso todas sus miserias; luego añadió: Perdone si le apunto los pecados, es porque no quiero que haga usted un sacrilegio y se vaya al infierno, ya que al que se acusa, Dios lo excusa; y al que se excusa, Dios le acusa”.

Aquel pobrecito, todo confuso pero muy contento por sentirse libre de aquel peso, no acababa de besar una y mil veces la mano de Don Bosco, y darle las gracias por haberle sacado de tal embrollo.

D. — Pero no todos son Don Bosco, para leer en la mente y en el corazón.

M.Precisamente por eso es necesario confesarme siempre claramente y sin tapujos ni excusas a fin de que el confesor pueda comprender bien y perdonar y no quede engañado.

Del Papa Gregorio XVI se cuenta que habiendo ido a visitar el lugar en que se custodiaban en Civitavechi a los penados a galeras, preguntaba a cada uno de los galeotes por qué motivo estaba allí. Todo, naturalmente, contestaban:

— ¡Por nada Santidad!… ha sido una injusticia… somos inocentes…

Finalmente encontró a uno que muy arrepentido lloraba a lágrima viva y con gran humildad respondió:

— Ah. Santidad… yo soy un miserable… reo de infames delitos… justamente condenado…

Entonces el Papa, volviéndose hacia el director del establecimiento penitenciario le dijo:

— No conviene que este malhechor esté entre tantos inocentes. Sácalo de aquí y mándalo a su casa.

D. — ¡Muy bien! ¡Viva la franqueza! Y ahora, Padre, dígame: he oído decir que la confesión debe ser breve; ¿en qué consiste esta brevedad?

M.Consiste en confesar sin más ni más que las cosas de mayor importancia, y sin temor de que el confesor no nos entienda o de que nos conozca demasiado, pasemos sucesivamente a lo de menor importancia, sin titubeos ni interrupciones.

D. — ¿Juzgan mal los que calculan el valor de confesión por su duración, y creen, por consiguiente, que cuanto más tiempo se pasa en el confesonario, más bien está hecha la confesión?

M.Los tales se equivocan, pues hay confesiones óptimas, habiendo sido brevísimas, y hay confesiones de muy poco valor; sin embargo de haber durado mucho. La confesión es breve siempre que en ella no se dice nada inútilmente; y es larga siempre que en ella se dice una sola palabra inútil o inoportuna, dicen los santos.

A propósito de confesiones largas, oye esto: Dos beatas fueron a confesarse con un Padre muy experimentado, aunque algún tanto rígido. Juzgó él que las pobres cojeaban de este pie, o sea que tenían la ambicioncilla de demorar mucho en el confesionario, y les preguntó el por qué, qué pretendían con eso.

— ¡Oh, Padre! dijo una, porque deseo que me dé muchos consejos y exhortaciones.

— Por estar algún tiempo a los pies del confesor que representa a Jesús, repuso la otra.

— Pues bien, dijo el confesor a la primera: por penitencia se aguardará la última a salir de la iglesia y así tendrá tiempo de pedir consejos y favores de Jesús.

Dijo después a la otra: “Muy bien, por penitencia se aguardará a que salgan todos de la iglesia y saldrá la última. Asi tendrá comodidad de estar cuando guste a los pies de Jesús”. Dicho esto, salió del confesionario y dando brevemente gracias, se fué, pues ya era tarde.

Aquellas dos reza que reza, empezaron a mirarse de soslayo, y al fin, no pudiendo aguantarse más, una se acerca a la otra y le dice despacio:

— Perdone, señorita, ¿espera acaso a alguien?

— Yo no; ¿y usted?

— Yo tampoco.

— ¿Entonces?

— Es que esta mañana tengo muchos deseos de rezar.

— ¡Mire qué casualidad! igual me pasa a mí.

— Diga usted, ¿se aguardará mucho todavía?

— Pero… ¿y usted?

— ¡O no! En cuanto salga usted, saldré yo también.

— Salga usted primero y después saldré yo. Ruégole que salga usted primero.

— Más bien le rogaría a usted que saliera antes.

— Apuesto que adivino la penitencia que le ha dado el confesor.

— Apuesto yo también por lo mismo.

— Usted debe salir la última de la iglesia.

— Usted también…

— ¿Qué hacer?

— Hagamos esto: salgamos las dos juntas.

Lo hicieron así, juntas se fueron medio avergonzadas a contar a sus amigas la peripecia; las que celebraron la ocurrencia con regocijadas carcajadas.

D. — ¡Qué bien! Es de esperar que aquella lección les habrá aprovechado, ¿no es verdad Padre?

M.Que aproveche también a otras, que tal vez tienen más necesidad.

Padre Luis José Chiavarino