ADELANTE LA FE

Hay un “algo” que no llego a entender en el Santo Sacrificio

Queridos hermanos, estoy pensando que hay un “algo” que se me escapa del Santo Sacrificio de la Misa. Por más que intento oficiarla en santidad, con devoción, atención, minuciosidad en la obediencia a las rúbricas, preparación y acción de gracias; por más que medito en su misterio, pongo atención, leo libros devotos y profundos sobre la Santa Misa, leo vida de santos ejemplares que vivieron con excelsos dones la Santa Misa, a pesar de todo ello, sé que hay “algo” que no llego a alcanzar, a comprender en  toda su profundidad, y es la casusa de mi desazón interior, inquietud, deseos no satisfechos. Hay un “algo” extraordinario que no llego a alcanzar con mis pobres potencias y sentidos. Sé que no depende de mí, aunque tengo parte de responsabilidad, sin la más mínima duda.

La Santa Misa lo es todo, absolutamente todo para el sacerdote y para la Iglesia. Muchos pensarán que exagero, que además hay que contar  la doctrina católica, las enseñanzas de la Iglesia, que además están las ovejas perdidas y necesitadas, que está la pobreza y la injusticia social….Pero, todo ello está comprendido en el Santo Sacrificio, aquí está la verdad de Dios, y la del hombre, la gloria debida a Dios, y las respuestas a las necesidades del hombre, lo que ha de creer y ha de rechazar; porque el mismo Señor lo dijo, cuando sea alzado atraeré a todos hacia mí, porque en la Cruz está la sabiduría de Dios y la alegría del hombre.

Hay un deseo no saciado al oficiar la Santa Misa, un deseo que no se puede ocultar, ni se pude evitar, y mucho menos arrancar del corazón. Cuanto más empeño pone uno en oficiar santamente y devotamente, más aflora ese deseo que no se sacia y produce, en ciertos momentos, inquietud y turbación. Inquietud por dudar de la propia santidad, turbación por si se ofende de alguna forma al Señor. Pero, tanto una cosa como la otra son inevitables, siempre podemos ser más santos e irreprensibles y siempre, de alguna forma u otra, ofenderemos al Señor. De la Santa Misa depende la vida del sacerdote, depende mi vida. No hay más sentido de la vida sacerdotal que el sentido que le da el Sacrificio del Altar; así es el sentido de mi sacerdocio: o la Santa Misa tradicional o nada absolutamente.

Me pregunto, ¿por qué tras tantas misas sigo con tantas debilidades y pecados, cayendo una y otra vez en lo mismo? ¿Por más que me aplico en oficiarlas con la máxima atención y reverencia, siento que no basta, que no es suficiente, siento que me falta algo que no hago, o no tengo, o no sé? Mi alma queda con cierta insatisfacción, con un deseo no alcanzado, con un anhelo insatisfecho, con una inquietud de poder celebrar mejor, y sin saber cómo. Me embarga un gran temor de Dios, un profundísimo respeto por los infinitos misterios de la Santa Misa, y ello me alerta de mi  ligereza y distracción en oficiarla. Pero ese “algo” envuelve mi mente y la tiene atrapada; a la vez que me hace comprender la distancia infinita entre el Creador y la criatura, entre el Sumo Sacerdote y el sacerdote, frágil de barro, que ha sido elegido para acercarse al altar del Sacrificio perenne.

Sólo hayo una respuesta: ese “algo” no depende de mí, aunque tenga mi parte de responsabilidad, depende de Él. Sí, lo sé. De Él depende, del Jefe, del Omnipotente de infinita Sabiduría, Justicia y Misericordia. Lo sé, sé que ese “algo”, aunque tenga mi propia responsabilidad, no depende de mí. Depende del Sumo y Eterno Sacerdote. No me equivoco, es ese “algo” que es el mismo Calvario, que es el mismo Jesucristo vivo en la Cruz que me mira cada mañana en el altar. Ese “algo” es la misma mirada de Cristo, Hombre-Dios, que me mira y mira a sus sacerdotes, para que nos conmovamos de Él, y comprendamos la inmensa y pesada responsabilidad de nuestro sacerdocio, que entendamos a lo que estamos llamados: a crucificarnos con Él por la salvación de los hombres.

¿Qué sacerdote está preparado para que se le desvele ese “algo”, para contemplar la faz de Nuestro Señor en la Cruz? Personalmente no lo estoy. Pero sabiendo que ese “algo” ha entrado en mi alma, no dejaré de pedir al Espíritu Santo que me prepare y adorne mi alma sacerdotal para ese encuentro, si fuese merecedor de ello,  con la mirada viva y dolorosa del Redentor; mirada que ha de penetrar de tal forma el alma que uno puede desfallecer de dolor y amor. Que la Santísima Virgen con su auxilio me mantenga irreprensible en mi ministerio sacerdotal y fidelísimo en el oficiar diariamente de la Santa Misa tradicional.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.