Naturaleza y Gracia

Queridos hermanos, lo que les quiero exponer es una reflexión personal, sencilla y entendible, lejos de cualquier profundización teológica.

Con el Concilio Vaticano II, los errores que invadieron la Iglesia católica fueron muy serios y profundos, penetrando en todas sus estructuras. Bajo manipuladas consignas de apertura, acercamiento, actualización, etc., se produjo una triste  y trágica realidad en el clero, éste, dejó de meditar y profundizar en la Naturaleza y Gracia.

Nuestra realidad es incuestionable y clara, sin la Gracia de Dios nada puede el hombre, nada bueno, ni el más mínimo pensamiento puede ser agradable al  Creador sin Su Gracia. El pecado original dejó de tal formal dañada la naturaleza humana que sólo la Obra Redentora pudo restablecer la santidad original con que fue creado el hombre. Pero, ahora, esa santidad sólo podrá alcanzare con la colaboración y esfuerzo humano.

La Gracia, que se ha desbordado en la Santa Cruz, sigue inundando a la Creación entera. Las Llagas sacratísimas de nuestro Señor Jesucristo siguen manando por nuestra redención, por la redención de toda la Creación.

La grandeza del sacerdocio católico, su importancia en la Obra de Redención y de salvación del hombre, nunca será suficientemente meditada, expresada y manifestada. La hondura y profundidad del ministerio sacerdotal es la hondura y profundidad, e infinitud del mismo Sumo y Eterno Sacerdote, del mismo Dios.

Cuando el sacerdote, en la intimidad de su corazón,  a solas con Dios, medita en la  realidad de su naturaleza humana, y el destino  al que Dios le ha llamado, sólo puede que sobrecogerse. No puede menos que sentir una sana y santa angustia de sentir su miseria, de ver su nada, y de implorar, suplicar, la gracia de Dios. Porque es consciente de que ni un buen pensamiento es capaz de tener sin el auxilio divino.

Naturaleza y Gracia. He aquí la realidad que siempre ha de tener presente en su vida el sacerdote. Presente a cada momento, a cada instante. Hasta lo más trivial de la vida cotidiana del sacerdote ha de referirse a la gracia de Dios, ha de implorarla, para no pecar, para ser otro Cristo, también en lo cotidiano y aparentemente profano.

Cuando el sacerdote comprueba la debilidad y nada de su naturaleza humana, y tiene experiencia de ello, se abre gozoso y ansioso a la gracia divina; la implora y suplica ardientemente, fervorosamente, y constantemente. Su vida es una constante petición de la gracia de Dios, para que ésta pueda sostenerle día a día. Para santificar su ministerio sacerdotal, para que sea reflejo de Cristo en la tierra. Penosa y grandísima carga que Dios ha puesto sobre nuestros hombros, y que únicamente y exclusivamente con la gracia de Dios podremos sobrellevar a buen término.

El sacerdote dejó de meditar en su realidad humana

Cuando el sacerdote dejó de meditar y profundizar en su propia naturaleza y en la necesidad de la gracia divina, se olvidó de su realidad humana, y dejó de lado la gracia de Dios en su vida. Despreció la herencia santa recibida para la santificación de su sacerdocio. Desde los medios externos a los internos. La apertura  y actualización de la que hablaba el Concilio la interpretó como predominio de la naturaleza humana. El sacerdote se erigió en protagonista de su sacerdocio. La naturaleza sobrepujando con la Gracia. Y lo más letal de todo es que nadie corrigió al sacerdote. Nadie le hizo ver la realidad de su pobre naturaleza y la constante necesidad de la Gracia.

El sacerdote se erigió en el centro de la acción litúrgica, en el centro de lo más sagrado. Con el sacerdote, decimos, el hombre. El hombre alcanzó su falsa plenitud con los errores del Concilio Vaticano II: Se erigió en origen de normas y centro de la vida de la Iglesia. Consecuencia de ello es que despreció la herencia santa recibida, rechazó los medios de santificación que a lo largo de siglos se habían manifestado  y comprobado como eficaces. La naturaleza humana se sintió fuerte y segura. El sacerdote se ha hecho protagonista de su propia vida. Ya no tiene necesidad de implorar, de suplicar, de rogar, la gracia de Dios.

La sagrada liturgia es una muestra de lo que decimos, es un claro ejemplo del protagonismo de la naturaleza sobre la Gracia. El sacerdote no tiene temor de Dios, su naturaleza se ha ensoberbecido de tal forma, que ya no tiembla al tener al mismo Cuerpo de Cristo en sus manos. Se siente seguro de lo que hace y dice; porque hace y dice lo que simplemente quiere, no necesita  de la Gracia, porque cree saber lo que hace.

El sacerdote ya no siente su pequeñez y su nada, ya no implora con ansias inflamadas de amor la gracia de Dios. Ya no se estremece ante la grandeza y responsabilidad de su sacerdocio. Ya no suplica, implora, ante su debilidad humana y su miseria, la ayuda divina. Ya no se siente pequeño ante la grandeza del misterio del altar. No le importa profanarlo, pues nadie le corrige.

Amoris Laetitia. Vía caritatis

Y llegó el momento en que el sacerdote ante la misma Ley divina, que antes jamás osó cuestionar, propone una ley humana, cuestionando,  de esta forma, la perfección y santidad de la ley de Dios. Rechaza implorar la gracia de Dios para poder cumplir Su Ley divina y santa. El sacerdote, como centro de la Iglesia, propone su propia ley, emanada de él mismo, como fuente y origen de normas.

La naturaleza humana que no implora vehementemente la gracia de Dios, sólo puede terminar hundiéndose  en el lodazal de la carne.

No hay más camino de salvación para el hombre que el cumplimiento exacto y fiel de la ley de Dios. Esta es la enseñanza, y verdad, que el sacerdote debe vivir y predicar. Y sólo lo podrá hacer suplicando día a día, minuto a minuto, instante a instante la Gracia de Dios. Sin Ella nos obcecamos en el error. Sin Ella nos asfixiamos y morimos.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa