Queridos hermanos, seguro que muchos de ustedes se sienten preocupados por la situación de la Iglesia y de sus Pastores. No pocos son también los sacerdotes que sufren con dolor la situación del camino que ha emprendido la Iglesia, o mejor, los “frutos” que se están recogiendo después de tantos años de  de continua destrucción de la Sagrada Liturgia y dominio de la permisividad moral y arbitrariedad teológica.

Podemos decir que la Iglesia se derrumba desde sus cimientos. ¿Será a caso necesario que el derrumbe sea total para que el Señor la vuelva a levantar? ¿No es necesario en muchas ocasiones derribar la casa en ruinas para volverla a edificar sólidamente? Antes de la Resurrección, fue necesario que nuestro Señor padeciera la amarga Pasión y muriera crucificado. ¿No vive la Iglesia su propia Pasión?

Muchos son tentados, fieles y sacerdotes, fuertemente tentados. Se preguntan ¿dónde está la verdad? ¿Dónde está lo que la Iglesia ha enseñado hasta ahora, donde la enseñanza de los Santos Padres, dónde la enseñanza tradicional católica? Muchos se hacen la pregunta de dónde está su propia identidad católica. Seremos tentados. No podemos sentirnos fuertes. Nuestra fortaleza está en suplicarle al Señor, en suplicarle constantemente que no nos deje caer en tentación. Nada somos sin el Señor. Nos hundimos sin Él. La Iglesia se hunde porque la gobierna el hombre, que piensa y actúa como el mundo, para agradar al  mundo, para contentar al mundo.

En este  momento de confusión doctrinal y de identidad de la fe católica, la tentación del diablo se alza con gran fuerza y virulencia, y muchos caen en ella, en la falta de fe, en el desaliento y frustración de sus propias vidas. Muchos dudan, o dudarán, de lo que creen y han creído hasta ahora.  Nuestra fortaleza se pone a prueba. Nuestra debilidad humana se manifiesta.

Se pone a prueba nuestra solidez sacerdotal, comprobamos que aún queda mucho de hombre en nosotros, la prueba va a ser larga. Hasta que nuestra alma no descanse en el Señor por completo y seamos otros Cristo, la tentación nos acecha y el peligro es contante. El Señor se retiró  al desierto sufriendo las tentaciones del diablo, así también en esta situación eclesial que vivimos los sacerdotes estamos, como el Señor, en nuestro propio  “desierto”, estamos a prueba.

Muchos sacerdotes pensarán si ha valido la pena su sacerdocio, sus renuncias y sacrificios; si ha valido la pena tanto esfuerzo. Cuántos días vendrán en que el sacerdote deseará ser “hombre”, y no otro Cristo, querrá lanzarse al mundo, a ese mismo mundo que domina por doquier en la propia Iglesia.

Sólo hay un camino para vencer en el propio “desierto” de cada uno, la oración, sacrificio y los sacramentos. No existe para nadie la vía fácil, no existe el camino fácil. Sólo existe el camino del sacrificio y de la propia cruz personal. El Señor nos lo enseñó el primero. Pudo haber rehusado la Cruz y coronarse Rey. Pero no lo hizo, fue a la Cruz, como hemos de ir todos si queremos salvar nuestra alma. Existe la tentación del camino fácil, es lo que se nos muestra hoy en día en la Iglesia. ¡Qué enseñanza tan opuesta a la verdad divina! Mientras unos se alegran, cayendo en la tentación de la relajación, otros se aturden en medio de la confusión y el error.

Todo tiempo de tribulación es tiempo de prueba para nuestra fe. El Señor lo espera todo de nosotros, espera que cumplamos cada día con nuestra obligación. Espera de sus sacerdotes que cumplan con lo que cada día Él nos manda. Para cumplir lo que quiere el Señor que hagamos hemos de estar preparados para las pruebas, a las que estamos y estaremos sometidos por parte del demonio; este un tiempo propicio para él.

El Señor no deja de instruirnos también en tiempo de tribulación, quiere que nos salvemos, y con nosotros que se salven muchas almas. Aun cuanto podamos ver cosas peores en la Iglesia por parte de nuestros Pastores, el Señor nos insta a la salvación de nuestra alma y la de todas las almas que podamos llevar con nosotros.

¿Qué hacer en los momentos de tribulación, de duda? ¿Qué hacer cuando nuestra fe se debilite y nos aboque a la tentación? El Señor contesta:

Arrodíllate y besa el suelo y Yo vendré en tu ayuda.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa