Dios de mi vida, Jesús de mi corazón. Vos quisisteis  enseñarme esta importante verdad con la expresión viva de vuestro ejemplo. Vos no teníais pasiones que vencer; y sin embargo os retirasteis al desierto, ayunasteis por espacio de cuarenta días con sus noches, y llegasteis hasta el extremo de tener hambre. ¿Qué misterio es este, dueño de mi alma? Ah, no lo ignoro. E s muy conocido. Por un exceso de vuestra infinita bondad hicisteis lo que yo debía hacer. Ayunasteis, inocente, para que yo ayune, pecador. Así lo entiendo. Así lo recibo. Así lo ofrezco. San Basilio el Grande.

Queridos hermanos, el ayuno del sacerdote tiene una belleza no descubierta por una grandísima mayoría  de sacerdotes, pero, en honor a la verdad, no es fácil encontrar tal belleza, en particular, porque nadie piensa que la pudiera  haber. El ayuno corporal  tiene una relativa aceptación en medio de clero, es un tema que no suscita interés, y cuando surge entre sacerdotes es más bien para relativizarlo, sin profundizar en el significado y fin del ayuno corporal.

En la mayoría de las ocasiones que se habla del ayuno corporal surge inmediatamente el tema del ayuno de cosas materiales, como es la televisión, diversiones, etc. Lo cual es cierto y necesario, pero el ayuno corporal tiene una grandísima importancia en la vida del sacerdote porque tiene implicaciones espirituales de primer orden, cuando el ayuno es comprendido, deseado y querido.

Cuando el ayuno lo reducimos a privarnos el día señalado de comer como lo hacemos normalmente, pasando el día con escasez de comida, e incluso con gran rigidez de pan y agua, e incluso aún más,  sin alimento o líquido, y pasado el día volvemos a nuestra vida normal sin que nuestro espíritu se haya visto afectado espiritualmente  a una vida más austera en el tema de la comida, entonces nuestro ayuno no ha dado sus frutos; nuestra alma no se ha encontrado con la belleza del ayuno.

Cuando el sacerdote comprende que el ayuno corporal de comida y la abstinencia de ciertos alimentos, cuando ese pasar hambre, tiene un fin que se prolonga mucho más allá del  día señalado, que tiene implicaciones en la propia vida sacerdotal que le va a permitir una identificación mayor con el Señor, ya entonces el ayuno cobra otro sentido, empieza a mostrar la belleza oculta que contiene. Se trata de la belleza de comprender que cuando sometemos al cuerpo y sus apetitos a la voluntad propia, cuando tomamos el control de nuestros apetitos y lo doblegamos a  la Voluntad divina, cuando realmente domamos la apetencias corporales, maceramos el cuerpo, entonces el alma sacerdotal se siente menos dependiente del cuerpo, se siente más libre para unirse al Divino Maestro.

El sacerdote comprende cuán lastre es el cuerpo y sus apetencias para llegar fundirse con el Sumo y Eterno Sacerdote. Cuando la razón de impone y marca los tiempos, el sacerdote siente el gozo interior que, al mismo tiempo que controla su cuerpo,  ofrece su pequeño y misérrimo sacrificio al Redentor que en la Santa Cruz no deja de repetir: Sitio. Tengo sed. Sed de santos sacerdotes, de otros Yo, de otros reflejos de Mi Amor y Misericordia para que extiendan Mi reinado.

Nuestro Señor Jesucristo ayunó durante cuarenta días, Él nos dio ejemplo para que siguiéndole comprendiéramos la importancia de purificar tantas pasiones que se despiertan en el cuerpo, cuando éste tiene lo que desea; y de las de las pasiones del cuerpo a las del espíritu.

El ayuno que nos lleva al control de los apetitos, a una vida de ascesis, de pequeñas y constantes renuncias, de continuas oblaciones al Redentor, santifica al sacerdote al no hacerle dependiente del cuerpo y estar más pendiente del espíritu. Sólo así estará dispuesto para  acoger al necesitado.

Cuántas veces nos sentimos realmente molestos porque se nos ha interrumpido en nuestra comida, en la sobremesa, en el aperitivo, cuando nos disponíamos a descansar con el café en la mano; o cuando se requiere nuestra presencia cuando pensábamos en nuestros particulares planes. Sólo con una vida de ascesis firme, de renuncia al cuerpo, de verdadera vida interior, podremos estar siempre dispuestos cuando se nos requiera. El ayuno predispone al sacerdote para hacer la voluntad de Dios.

El Señor gratifica enormemente al sacerdote que, con verdadero fervor, afecto y espíritu de sacrificio,  hace su ayuno a imitación del Maestro. Lo confirma en la perfecta pureza y castidad, que aflora aún más, que la desea con más firmeza y vehemencia; porque es la pureza del Señor. Lo confirma en la pobreza, en el verdadero desapego de todo lo material, del dinero, de los atractivos mundanos, de los gustos del mundo; gusta de tener lo necesario sin más inquietud de acumular; usa con  suma prudencia del dinero con el fin de no ser una carga para nadie. Lo confirma en la obediencia a Su Palabra, a la fe recibida en el Magisterio de la Iglesia, al inalterable depósito de la fe.

El sacerdote que se adentra en la belleza del ayuno sale reforzado en la fe, fortalecido, confirmado por el mismo Jesucristo que lo atrae hacia Sí; queda transformado más en Él, de tal forma  que lo que queda de hombre en el sacerdote va desapareciendo. Cuánto le gusta al Señor este sacrifico del sus sacerdotes, lo agradece y recompensa sobremanera.

Cuando el sacerdote vive su ayuno desde el más profundo amor a Cristo llega a experimentar la realidad de las palabras de Santa Teresa de Jesús: Sólo Dios basta.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.