ADELANTE LA FE

Caridad con las almas del purgatorio

Si alguno ve a su hermano cometer pecado que no lleva a la muerte, ore y alcanzará vida para los que no pecan de muerte. Hay un pecado de muerte, y no es por éste por el que digo yo que ruegue. 1 Jn. 3, 16-17.

En ella no entrará cosa impura ni quien cometa abominación y mentira, sino los que están escritos en el libro de la vida del Cordero. Ap. 21, 27.

Queridos hermanos, la conmemoración que hace la Iglesia en este día 2 de noviembre, de los fieles difuntos,  es la de todos los fieles que murieron en la fe y caridad de Jesucristo. En todos los tiempos la Iglesia oró por aquellos hijos suyos que muriendo en comunión con ella, sin embargo estaban necesitadas de súplicas y sufragios por sus almas.

Es un santo y saludable pensamiento rogar a Dios  por las almas del Purgatorio para que queden purificados de sus pecados. No hay caridad más justa, pensamiento más saludable,  ni más útil y provechosa que la que se ejercita por el alma de los difuntos. ¿Hay objeto más digno de compasión? ¿No son las almas que más merecen  nuestro auxilio y nuestra asistencia? Son almas predestinadas, que algún día han de verse en el Cielo, y ser contadas entre los  moradores de la celestial Jerusalén por toda la eternidad. Pero ahora están detenidas en aquellos dolorosos “calabozos” hasta que enteramente purificadas, merezcan formar parte de la corte del Cordero. No hay una de ellas que no sea amada por Nuestro Señor Jesucristo, y por tanto que no sea acreedora de nuestro respeto y nuestra veneración, aunque en el presente sólo nos pidan nuestras oraciones. Gimen aprisionadas en una tenebrosa “cárcel”, pero infaliblemente han de ser extraídas de ella para ser colocadas en el trono.

Las almas del Purgatorio nos piden que nos acordemos de ellas, y ellas no dejarán de acordarse de nosotros cuando les llegue su turno, cuando se vean en la gloria, y cuando nosotros nos hallemos en las mayores necesidades. Son nuestros amigos, nuestros parientes y nuestros hermanos que están en extrema necesidad de nuestra ayuda espiritual. Es aquel padre por el que derramamos nuestras lágrimas, aquella madre que nos amó tan tiernamente. Cuando murieron los lloramos amargamente, hoy tan sólo nos piden nuestras oraciones. Ellos no dejaron todos sus bienes, ¿será mucho pedir que los socorramos con algunas misas, con alguna oración, con algunos sufragios, con algunas obras de misericordia? Traigamos a la memoria aquel amor de que dieron tantas pruebas nuestros padres, hermanos, amigos. No lo olvidemos: el Purgatorio es una triste “prisión”, una durísima “esclavitud”; podemos aliviarlas, podemos sacarlas de allí con sólo esfuerzo de nuestras oraciones y misas. No podemos hacer mayor obra de caridad.

No habiendo cosa más justa que la caridad con las almas del Purgatorio, tampoco hay otra que a uno interese más, ni que sea más ventajosa para nosotros. Son las almas del Purgatorio unos justos y escogidos de Dios, que no habiendo purgado en  este mundo la pena correspondiente a sus pecados, la están satisfaciendo en aquel lugar, y nosotros podemos ayudarlas a satisfacer. Son todavía deudores de la divina justicia, y podemos pagar sus deudas. Los medios establecidos por Dios para esta satisfacción son las limosnas, las misas, las buenas obras y las oraciones, y muy especial las indulgencias; es verdad que si pagamos por ellas, ya no deberán cosa alguna a la divina justicia; pero quedarán deudoras de nosotros y nos deberán a nosotros las oraciones, las buenas obras, las misas, las limosnas que cubrieron su deuda. Si se les anticipó su eterna dicha, si ya están gozando de Dios, su soberano bien, si tienen el favor del Señor, después de Dios, a nosotros, que pedimos por ellas, nos deben ese favor, esa gloria, esa fortuna.

Nadie como las almas del Purgatoria a quienes ayudamos conocerán más a fondo nuestras necesidades, nuestras tentaciones, nuestros peligros, y no les faltará la caridad y el agradecimiento hacia nosotros. ¡Si tuviéramos la certeza de haber sacado un alma del Purgatorio! Tendríamos ante Dios un poderoso intercedor y protector, un amigo fiel, que conociendo nuestras necesidades y peligros, empleará su posición ante Dios para prestarnos ayuda y auxilio.

Queridos hermanos, no hay ni habrá persona alguna más digna de compasión que las almas del Purgatorio.  No nos contentemos con hacer oración en el día de hoy por los fieles difuntos, según el espíritu de la Iglesia; ofrezcamos todos los días alguna oración en particular por las ánimas del Purgatorio, y alguna más especialmente por las que tienen menos sufragios, por estar más olvidadas, y, por tanto, más desamparadas. De cuando en cuando demos algunas limosnas, hagamos alguna penitencia, algunas buenas obras; ofrezcamos misas por ellas. Pocas devociones hay que sean más del agrado del Señor y más provechosa para nosotros.

El voto de Ánimas

Las indulgencias es un medio muy provechoso para las almas del Purgatorio, quiero recordarles el Voto de Ánimas, del que hablé en un artículo de fecha 18 de junio de 2016. Se conoce como Acto heróico de caridad, que se hace a favor de las almas del Purgatorio. Es un Acto que se hace libremente, no obliga bajo pecado, y se puede dejar el compromiso cuando se quiera. Este Acto heróico de caridad, o Voto  de ánimas consiste en: en la oblación o voluntaria donación que el fiel hace  del fruto satisfactorio de sus obras, durante su vida, y de los sufragios que se le aplicarán después de su muerte, poniéndolas en manos de la Santísima Virgen para que las aplique, según su beneplácito, a las almas del Purgatorio. Es decir, que todos los actos que una persona puede hacer para sí, para la salvación de su propia alma, como son  oraciones, ayunos penitencias, indulgencias, jubileos, e incluso las Misas que le ofrecieran después de haber fallecido, por su alma, todos estos sufragios los pone en manos de la Santísima Virgen para que Ella los distribuya a favor de la benditas Ánimas del Purgatorio. Por lo que, todas las indulgencias que uno obtenga para sí, las ofrece enteramente para las ánimas del Purgatorio. Quien realiza el Acto heróico de caridad, se priva de los beneficios de las indulgencias a favor de las almas del Purgatorio. ¿No es un gran y hermoso acto de caridad?

Ave María Purísima.

 Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.