Me ofendió, sor Lucía, me hirió profundamente su desparpajo ofendiendo gratuitamente mi fe y la de tantos católicos, con quienes no mostró usted la caridad que se le supone a una religiosa. He decidido escribirle, y hacerlo públicamente: porque públicamente nos ofendió usted a todos, ofendiendo a nuestra Madre. Es que, ¿sabe usted, sor Lucía?, no sé qué tal anda usted de necesitada de Madre. Pero los demás pobres mortales andamos muy necesitados.

Quizá la vida no le haya dado la oportunidad de saber qué es una Madre, qué es la Madre…

“Mi madre es la mujer más hermosa del mundo”. ¿Recuerda usted el cuento? Al pedirle el príncipe al niño que había perdido a su madre que se la describiese para ayudarle a encontrarla, todo lo que supo decirle el niño fue eso: mi madre es la mujer más hermosa del mundo. Con esas señas de identificación era imposible no dar con ella.

Mi Madre (y creo que también su Madre, sor Lucía, si no ha renegado de ella) es la mujer más hermosa del mundo. Así de sencillo, sor Lucía. ¿Y a usted le parece decente que venga el listillo de la clase a decirle al pobre crío que está obcecado? El pobre crío tiene razón. ¿Cómo no va a tenerla, si nadie sabe de su Madre más que el hijo? ¿O ignora acaso, sor Lucía, que la mirada de amor del hijo embellece a la Madre hasta la hipérbole? ¿Y qué esperaba usted, sor Lucía, qué esperaba? ¿Le parece bonito decirle al hijo que la necesidad de la Madre le ha ofuscado? ¿Le parece bien decirle que no vale, que es trampa mirar a la Madre con tanto amor?  

Es que no sé usted, sor Lucía, pero yo y la inmensa mayoría de los desterrados hijos de Eva, necesitamos una Madre de Misericordia que sea Vida, Dulzura y Esperanza nuestra. Y necesitamos que sea la mejor Madre del mundo. ¿Que no entiende usted una cosa tan elemental y tan simple? ¿Cómo es posible que no entienda usted una cosa tan sumamente clara? Que las cosas del corazón no se discuten, que el embeleso del hijo ante su Madre es tan inexorable como la ley de la gravedad.

Pero a ver, sor Lucía, ¿cómo se atreve a discutirle la Madre al hijo? ¿No sabe usted lo que es la compasión? ¿No se lleva usted bien con la Madre de Misericordia? Pídale que vuelva hacia usted esos ojos misericordiosos y que le muestre a Jesús, el bendito fruto de su vientre virginal. En serio, por lo que más quiera, sor Lucía, es que necesito una Madre, necesito a LA MADRE: y necesito que sea la mejor Madre del mundo mundial. La Madre es sagrada, la Madre no se toca. Entiéndalo, hermana. Hasta el Papa Francisco, inclinado a la compasión como el que más, ya se lo advirtió: si alguien se mete con mi Madre y la insulta, le suelto un puñetazo. Por si acaso, sor Lucía, no se acerque a él por más que sea su paisano; porque seguro que ésta se la guarda: advertida está. El límite de su misericordia llega cuando se meten con su Madre, con nuestra Madre.

Es que, ¿sabe usted, hermana?, la humanidad entera necesita una Madre; que tenía que ser, claro está, la mejor madre que pudiéramos desear. Y eso de tirarla por tierra y arrastrarla por el barro es muy cruel. ¿Se da cuenta, sor Lucía, de lo que es negarle a la Madre las virtudes que todos sus hijos y la misma Iglesia le vemos? Son los ojos del corazón: ¿usted no los tiene? ¿De verdad que no los tiene? ¿Y cómo puede vivir con un corazón ciego? Para ver a mi Madre y para estar con ella, ¡me van tan bien esos otros ojos que ella me dio!

Cuando tú me mirabas, su gracia en mí tus ojos imprimían. ¿No le suena, sor Lucía? ¿A usted nunca la ha mirado para imprimir en usted su gracia? ¿Y nunca la ha mirado usted para devolverle la gracia con que ella la miró? ¿Nunca? ¿No se habrá equivocado de religión? ¿No andará desorientada y desorientando a otros? La caridad cristiana la obliga, sor Lucía, a respetar el amor de los demás. Si con una mano les da de comer, y con la otra les cercena el amor de su madre, ¿qué caridad es ésa? No se confunda, sor Lucía, no nos confunda. Lo que ha hecho denigrando en público a nuestra Madre común, no es una valentía: es una cobardísima cobardía. ¡Y se la veía tan ufana en la televisión, tan descocada y tan contenta consigo misma!

¿Ha pensado, sor Lucía, el mal enorme que ha podido hacerle a quien anduviese un tanto tibio con su Madre? A ése lo ha podido tumbar, lo ha podido dejar sin Madre. ¿Y le parece ésa una hazaña digna de una monja? ¿Le parece caritativo, justo a usted que ha decidido promocionarse por la caridad? ¿A quién se le ocurre hablarle mal de su Madre a un hijo? ¿A quién se le ocurre?

¿Usted no necesita, sor Lucía, que la Madre de Dios y Madre nuestra, sea Virgen, sea La Virgen? Quizá usted no lo necesite, sor Lucía; usted que al tiempo que nos vendía su propia virginidad, negaba la de la Virgen María. Mire, sor Lucía, a mí no me salva su virginidad: puedo pasar sin ella. Podría usted no ser monja, y el mundo no perdería nada. Pero para mí y para millones y millones de mujeres y de hombres, la virginidad de María es un gran don, es un enorme valor. Sí, necesitamos que sea Virgen, porque su virginidad es el remedio de nuestra concupiscencia, de la que se derivan tantos, tantos, tantos males: y es condición sine qua non de la divinidad de su Hijo. ¿Le sabe mal, sor Lucía, que nuestra santa Madre sea perfecta en este aspecto? ¿Le sienta mal? A mí me sienta muy bien: me da paz, me da fortaleza, me da esperanza.

Mire, hermana, mi vida de sacerdote con sus largas horas de confesionario, me tiene convencidísimo de nuestra absoluta necesidad de LA MADRE, y le digo más: cada vez estoy más convencido del valor inmenso de la Virginidad de la Madre de Dios y Madre nuestra. Mire, hermana, yo no necesito explicaciones al respecto, como el niño que pasa de argumentar las virtudes de su Madre. ¡Menuda pérdida de tiempo!, ¿no? Pero viendo que necesita usted mi caridad cristiana en forma de argumentación (siento vergüenza de tener que argumentar las razones del corazón), voy a intentar ponerme a su altura.

La vida está llena de misterios para los que, pobre de mí, no me alcanza la inteligencia. Así que no seré yo el que le pida cuentas a Dios para que me explique cómo se lo hizo para que su Santa Madre, que generosamente nos dio también a nosotros como Madre, fuese a la vez Virgen y Madre. Pero sí que le voy a dar, hermana, una clave que a mí me sirve para aceptar el misterio con inmensa alegría y gratitud.

Resulta que el hombre tiene una terrible tara, la esclavitud que en la mujer ha revestido sobre todo el carácter de esclavitud sexual: con lo que es doblemente esclava: propiedad y esclava por tanto de su dueño, y además esclava del esclavo. Porque el dueño, para asegurarse la diligencia y la fidelidad del esclavo, le entrega como retribución y estímulo a la esclava.

En el Antiguo Testamento, Dios se conformó con erigirse en Señor de los señores y de los esclavos, para aliviar así la tara de la esclavitud, e imponerle a su pueblo un día a la semana en que no habría ni señores ni esclavos; en el que por tanto no habría trabajo, y el único señor sería EL SEÑOR a cuyo culto tenían que dedicar ese día santo de redención tanto los señores como los esclavos: iguales en el día del Señor. Pero no se ocupó de la doble esclavitud de la mujer. Quizá porque la dureza de corazón de los hombres, no hubiese aceptado que se aligerase la esclavitud de la mujer.

¿Y no sabe, hermana, que ha sido el deseo de maternidad de la mujer lo que la ha empujado hacia el hombre, que se ha aprovechado de ese deseo para esclavizarla? Ya en el Génesis Dios dijo a Adán tras su pecado: Te ganarás el pan con el sudor de tu frente. Y a Eva: Parirás con dolor, y tu ansia te llevará a tu marido y él te dominará (3, 16). Si la consecuencia de la desobediencia fue en el varón la esclavitud del trabajo, en la mujer fue la dolorosa maternidad y la esclavitud sexual.

Y como la principal causa de la esclavitud era el pecado, Dios impuso por igual a los señores y a los esclavos sus Santos Mandamientos.  Pero no fue suficiente, fue escaso el remedio de la esclavitud. Así que cuando llegó la plenitud de los tiempos, saturado ya el mundo de esclavitud y de esclavos, Dios mandó a su Hijo a hacerse hombre-esclavo para ponerse esta vez al lado de los esclavos (cf. Flp 2,6). Y puesto que venía a redimir al género humano de la esclavitud, empezó la Redención en la porción más esclava del género humano: la empezó en la mujer. He aquí la esclava del Señor. ¿Se da cuenta, sor Lucía, de lo que esto representa? Empezar la Redención, iniciar el rescate de la esclavitud humana, en la porción más esclava de la humanidad, en la mujer.

¿Y qué hizo Dios con su Esclava? Concebida sin mácula de pecado, la liberó de la esclavitud sexual, que fue y sigue siendo el gran estigma de la mujer: esclava del esclavo. Pero sin privarla de la gloria de la maternidad, por la cual es sometida la mujer a esclavitud sexual. Fue así como salvó Dios la virginidad (la liberación total de la servidumbre sexual) de su santa Madre sin privarla de la maternidad, para hacerse verdadero hombre en sus inmaculadas entrañas.

Pero vea una cosa, sor Lucía: ¿se ha fijado en que el culto a la Madre de Dios es el que más resplandece en la humanidad? ¿Sabe cuál es la clave? Pues que la esclavitud que más le pesa a la humanidad, es la esclavitud de la mujer. Por eso es aclamada con tanto fervor y entusiasmo la que es el gran símbolo de la liberación de la mujer. María Virgen y Madre. No, no se canse buscando: no encontrará en toda la historia de la humanidad nada ni nadie que se haya volcado con tanta gracia y con tanta eficacia en la liberación de la mujer. No la envilezca pues con reflexiones mundanas, sor Lucía, no nos la ensucie. Si no caben tanta belleza y tanta grandeza en su entendimiento ni en su corazón, déjenosla a nosotros, que la necesitamos como el niño necesita a su Madre. Y ya ve, el empeño de Dios es librarnos de la esclavitud. Su mayor invento fue hacerse hombre-esclavo como nosotros, para hacernos como Él, Hijos de Dios, compartiendo Madre con el mismo Hijo de Dios.

¿Eso resuelve el misterio? No, sor Lucía, no lo resuelve, pero lo hace amable, lo hace necesario, lo convierte en la gran pasión de los cristianos. Y sobre todo de las cristianas, de las mujeres católicas. Respétenos, sor Lucía, respete nuestros misterios. Pido a Dios y a nuestra Santa Madre que la miren con dulzura. Amén.

Custodio Ballester Bielsa, pbro.