MEDITACIÓN

Castigo del pecado mortal

Meditación X

Composición de lugar. Mira cómo cae Satanás como un relámpago del cielo al infierno por un solo pecado.

Petición. Perdona, Jesús mío, mis muchos pecados y faltas.

Punto primero. Debes hija mía, cobrar un grande… infinito… y sempiterno horror al pecado, porque es la única cosa que puede hacerte eternamente infeliz…, y como yo me intereso por tu eterna felicidad, como Madre que te amo con tiernísimo amor, quiero que ponderes detenidamente lo tormentos que Dios ha ordenado para castigarlos, para que llores tus pecados y nunca más vuelvas a cometer ni uno solo. Reflexiona por ello qué cosa es el infierno…, y verás que es el lugar de tormentos, que el odio que un Dios infinitamente Santo y poderoso tiene al pecado ha criado para su castigo… imagina toda clase de tormentos…, los mayores y más inauditos de hambre, peste, fuego, enfermedades, dolores, rabia, muerte…, todo están en este lugar, castigando los pecados… y no un día, sino eternamente…, para siempre, siempre, siempre… ¡Dios mío! ¿Y Vos sois Dios misericordioso y justo, y así castigáis los pecados?… ¡Oh, que debe ser un mal sobre todo mal el pecado!… yo, pues, lo detesto con todo mi corazón… Húndase el mundo antes que cometer un solo pecado.

Punto segundo. Mira, hija mía, cómo castigó Dios a los Ángeles, criaturas nobilísimas, por un solo pecado de pensamiento… más de cinco mil años que están en este lugar de tormentos…, y es como si hoy empezasen: para siempre, siempre, siempre penarán, y sin provecho… Ahora tus sufrimientos son aceptables, hija mía; di, pues, conmigo a visita del infierno, que tú quizás has merecido muchas veces: Dios mío, o morir o padecer en satisfacción de mis pecados.

Pondera cómo castigó Dios un solo pecado de desobediencia en Adán. Por este pecado entró la muerte en el mundo, y con ella todas las enfermedades, tristeza, dolores y penalidades sin cuento a que estamos sujetos todos sus descendientes… Un solo pecado bastó para convertir el paraíso de deleites en valle de lágrimas y quebrantos que durarán lo que dure el mundo… ¡Oh alma mía! Mal sobre mal es el pecado, pues Dios, a pesar de ser bueno y justo, que tanto ama al hombre, así lo castiga ya en este mundo… Yo aborrezco, pues, el pecado, Dios mío, y repetiré ahora y siempre: Húndase todo antes que ofender a Dios con un solo pecado. Primero morir que pecar.

Punto tercero. Pregúntate ahora, hija mía: Los Ángeles, criaturas tan perfectas, por un solo pecado de pensamiento de soberbia fueron convertidos en demonios feísimos y condenados al fuego eterno; ¿qué hará Dios conmigo, criatura ingrata que tantas veces le ofendí en pensamientos, palabras y obras?… Adán y Eva por un solo pecado de desobediencia fueron arrojados del paraíso y sujetos a tantas penas, a pesar de hacer novecientos años penitencia; ¿qué suerte me estará reservada a mí, que tantas veces desobedezco a Dios, a mis padres y superiores?..

¡Oh Dios de bondad, Dios de misericordia! ¡cuántas almas, cuántas jóvenes se habrán condenado con menos pecados que yo!… y yo, pecadora de mí, aún vivo y puedo salvarme… ¿Qué sería de mí si hubiese muerto al cometer el primer pecado grave?… Penaría, rabiaría, me desesperaría sin provecho… y eternamente… Oh hija mía, yo no cometí los pecados que tú…, jamás cometí pecado mortal… y si no hubiese abandonado aquellas galas y pasatiempos…, ciertas amistades de mi juventud…, me hubiera condenado… mostremos el Señor el lugar que me esperaba reservado en el infierno.

A ti quizás el Señor también te tenía preparado en el infierno el lugar que tus pecados merecían…; pero ten confianza, enmiéndate, haz penitencia, sobre todo no abandones el cuarto de hora de oración, y apártate de las malas compañías, de las malas lecturas… de todas las ocasiones de pecar, y yo te alcanzaré la salvación eterna.

Padre nuestro y la Oración final.

Fruto. Haré todos los días algún acto de mortificación, y cuando se me ofrezca algún trabajo lo sufriré con toda paciencia, diciendo en mi interior: Gracias, Dios mío; quien merecía estar en el infierno, mayor castigo merece todavía. Castigadme en vida, con tal que me perdonéis eternamente.

San Enrique de Ossó