ADELANTE LA FE

El celibato, don de Cristo a su Iglesia

Queridos hermanos, el celibato sacerdotal es un maravilloso don de Nuestro Señor Jesucristo a su Iglesia. Conociendo la debilidad y cerrazón de sus hijos, en su infinita sabiduría, omnipotencia y caridad,  no hizo  del celibato una ley divina, dejó que fuera una ley eclesiástica. Pero no menos deseada ya amada por Él. El Señor quiere a sus sacerdotes célibes, castos, puros y santos. Si no lo son, deben serlo; y este deseo del Señor siempre permanecerá en la Iglesia hasta el fin de los tiempos, como  permanecerá Él. Siempre la debilidad del hombre ha cuestionado el celibato en la Iglesia; y siempre los Papas han debido imponer su autoridad para zanjar el tema. El celibato es inherente a la Iglesia de Jesucristo, no se puede concebir la Iglesia católica sin el celibato, como tampoco sin el Santo Sacrificio de la Misa.

El celibato, de forma excepcional, nos guía, ayuda, estimula, “empuja”, a la fidelidad a Jesucristo, a la santidad de vida. El sacerdote cuando verdaderamente encuentra a Cristo en el interior de su alma, cuando llega a entender que está dentro de él para realizar la misión de sacrificador, de sanador, de maestro y guía, de intercesor; cuando se encuentra con la grandeza y misterio de su Sagrada Humanidad, con  la omnipotencia de su inabarcable divinidad, con el inefable misterio de la Santísima Trinidad, cuando en sus manos temblorosas y pecadoras y frágiles tiene Todo, entonces comprende que su vida es SÓLO CRISTO. Comprende el sacerdote que su vida es enteramente para Él; sus sentimientos, deseos, anhelos, aspiraciones, todo ello, queda purificado en el crisol del celibato, de la pureza; pues nada desea el sacerdote que no sea ser reflejo del mismo Jesucristo, pobre, obediente y casto.

El celibato es la fuente de alegría del sacerdote, es el verdadero “compañero de viaje” en su vida sacerdotal, que le acompaña en todos sus momentos, alentándole, animándole, también exigiéndole, a la santidad. El celibato, de forma única, enseña al sacerdote a vivir constantemente en la presencia del Señor, a transformar todos sus actos en actos del Señor, a no hacer absolutamente nada sin la aprobación del Señor. Pobres “vasijas de barro”, que tanto ha querido poner Dios en nuestras manos. Nuestra humanidad, nuestra vida, debe ser una oblación constante a Dios, Uno y Trino, primeramente y esencialmente, en el Santo Sacrificio de la Misa, y desde allí al mundo.

Nunca el sacerdote debe rendirse a sus debilidades, debe siempre, y en todo momento, querer ascender por la escala de la caridad; querer y esforzarse en ello; lo que significa vivir en la presencia del Señor, y hacer de esa presencia la norma de su vida. La constante presencia del Señor en él, le ayudará a olvidarse de uno mismo, de sus gustos mundanos, de sus deseos concupiscentes, de desear ser reconocido y apreciado por todos, deseo que tanto daña al sacerdote, y le impide el ascenso en la caridad, reteniéndolo en lo concupiscente, e impidiéndole ascender a lo alto.

El celibato es fuente de santidad para el sacerdote, la Iglesia y los fieles. El celibato es la entrega total que hace el sacerdote de sí a Cristo en la Iglesia para el mundo. El celibato es el medio querido por Dios para hacer posible que llegue  su divina Palabra a todos los hombres. El celibato hace del sacerdote un hombre que lo fue y que ahora es otro Cristo. La fragilidad del hombre no impide la verdad del celibato, es decir, la verdad del sacerdote.

Ordenación de hombres casados.

Nunca la ordenación de hombres casados será una inspiración del Espíritu Santo en la Iglesia, todo lo contrario, significará un obstáculo al Espíritu Santo. La ordenación de hombres casados será un cerrarse obstinadamente a la inspiración del Espíritu Santo, que ya a lo largo de los siglos ha inspirado su Voluntad a la Iglesia con el celibato. La necesidad de sacerdotes, como motivación de la ordenación sacerdotal de hombres casados,  es una absoluta falsedad. La necesidad de sacerdotes no se soluciona con la ordenación de hombres casados, se soluciona formando sacerdotes santos. Sólo se persigue un objetivo: acabar con el don preciado del celibato en la Iglesia. Sólo se conseguirá dañar el sacerdocio, oscurecer su “ser para”, tergiversar la verdad del sacerdocio católico, y terminará siendo la destrucción del sacerdocio.

La Iglesia de Jesucristo es la Iglesia del sacerdote célibe. En este convencimiento permaneceremos. ¿Por qué? Porque célibe, casto y puro era Nuestro Señor, y así debe ser el sacerdote, un reflejo de Cristo. ¡Seamos el mismo Cristo!

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.