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Conferencia episcopal francesa rinde homenaje a la mayor defensora del aborto

Simone Veil, quien murió la semana pasada en París, fue una mujer con una vida larga y ajetreada. Tras haber sobrevivido al holocausto, dio gracias a Dios por su supervivencia haciendo todo lo posible para legalizar y normalizar el aborto en la “Hermana Mayor” de la Iglesia. En muy pocas naciones del mundo se ha vuelto el aborto una marca de identidad cuasi nacional como en Francia, donde la práctica de lo que gustan llamar disimuladamente “IVG” (“interrupción voluntaria del embarazo”) asesina a más de 200.000 bebés por año.

Cuando Veil fue ministra de salud en la década de 1970, lideró la campaña por la legalización del aborto, que solo avanzó (tal como reconoció ella más tarde) por la débil oposición de los obispos franceses, en medio de la turbulencia desatada tras el Vaticano II. Debido a que no deseaban parecer “Constantinianos” después de los documentos del concilio, apenas verbalizaron unas pusilánimes objeciones, y los tibios legisladores católicos no pudieron encontrar nada en sus conciencias como para detener el decreto. El Loi Veil (“Acta Veil“) entró en vigencia el 17 de enero de 1975, y la sobreviviente de un atroz genocidio dio comienzo a una era con un nuevo tipo de genocidio.

Por lo tanto, al morir, ¿qué podría esperarse de los obispos de Francia? Como mucho, silencio, en nombre del “nil nisi bonum“. Pero no es lo que ocurrió: la Conferencia de Obispos de Francia (Conférence des Évêques de France – CEF) se aseguró de honrar y homenajear su memoria con este tweet:

 

“#SimoneVei “Homenajeamos su talla como mujer de estado, su deseo por construir una Europa fraternal, su convicción de que el aborto es siempre un drama. — Iglesia Católica”

Publicidad del gobierno francés en favor del aborto:
“Chloé, 29 años de edad. | IVG: Es mi derecho. | IVG: Mi cuerpo, mi elección, mi derecho.”

Su “convicción” fue solo por hacerlo legal y clínicamente disponible. Su recuerdo es el de una destructora de lo que una vez fue un orgullo de nación, gracias al genocidio de bebés no nacidos. Que Dios tenga piedad de su alma, es todo lo que un católico podría decir. Y que esta generación desgraciada de obispos indignos de la “Ciudad Sanguinaria” desaparezcan antes de que la profecía de Nahúm o Nínive se cumpla en las calles de Francia:

¡Ay de la ciudad sanguinaria que está toda llena de mentiras y de robo, y nunca suelta la presa! Estruendo de látigos, y estrépito de ruedas. Caballos que corren y carros que saltan. Jinetes  erguidos, fulgentes espadas, lanzas relampagueantes. Multitud de traspasados, cadáveres en masa, muertos sin fin. Tropieza la gente con los cuerpos muertos. Es a causa de las muchas fornicaciones de la ramera, bella y encantadora, maestra en hechicerías, que con sus fornicaciones esclavizaba a las naciones, y con sus hechizos a los pueblos. Heme aquí contra ti, dice Yahvé de los ejércitos; descubriré las faldas de tu (vestido) hasta sobre tu cara, y mostraré a las naciones tu desnudez, y a los reinos tu vergüenza. Arrojaré sobre ti inmundicias, te cubriré de afrenta y te pondré por espectáculo.” (Nahúm, cap. 3)

(Artículo original. Traducido por Marilina Manteiga)

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