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Creando confusión en la Fe… desde 1969

La tercera edición típica latina del Misal “Romano” de Pablo VI entró en vigor en 2002. La segunda data de 1975, y la primera, como sabemos, apareció en 1969, suplantando de modo oficial y efectivo al Rito Romano Tradicional de la Misa, cuya última reforma, junto con la del Breviario, entró en vigor mediante el motu proprio de Juan XXIII Rubricarum Instructum, con fecha de 25 de julio de 1960.

Otras modificaciones menores  al Misal y al Breviario romanos han hecho que se conozcan habitualmente como los libros litúrgicos de 1962, últimas versiones aparecidas poco antes de la inauguración del Concilio Vaticano II y las subsiguientes reformas.

Con la llegada de la Constitución Apostólica Missale Romanum de Pablo VI en 1969y su Constitución Apostólica Laudis Canticum un año más tarde,  el Novus Ordo Missæ alteró el rito de la Misa, y la Liturgia Horarum alteró a su vez los rezos del Oficio Divino.

Pero claro, no podemos  desestimar el viejo adagio lex orandi, lex credendi, lex vivendi. Es decir, la ley de la oración es la ley de la fe, y la ley de cómo se vive la fe. Dicho de otro modo: dime cómo rezas la liturgia y te diré qué crees, así como de qué manera vives tu fe.

Por tanto, cuando se alteran los ritos litúrgicos, o sea las colectas, los prefacios, otros elementos de la oración, la manera en que están expresadas y redactadas, se hacen adaptaciones,  etc., se corre inevitablemente el riesgo de transformar algo más que el mero estilo lingüístico: hay peligro de alterar de hecho la ley de la fe, de alterar en efecto la vida de los que profesan dicha fe.

Esto no quiere decir, como es natural, que la Iglesia Católica carezca de la autoridad recibida de los apóstoles para establecer y administrar su liturgia. La Santa Madre Iglesia lo hace desde sus mismos orígenes divinos y apostólicos.

Ahora bien, la verdad sea dicha, hasta el Concilio Vaticano II (1962-1965), las reformas litúrgicas siempre se habían hecho de modo orgánico, es decir, siguiendo siempre un desarrollo natural y siempre respetuoso de la tradición apostólica. Siempre mantenía el mismo sentido de la fe católica en sus expresiones litúrgicas.

Así pues, aquí tenemos un claro ejemplo de expresiones litúrgicas que confunden en el Misal del Novus Ordo (en inglés), y que, si bien no son en sí heréticas, ni siquiera materialmente, constituyen con todo un texto defectuoso porque no transmiten debidamente  la fe católica: Præfatio Paschalis II / Prefacio Pascual II.

El problema aparece de forma sutil en la segunda estrofa, que exclama de manera bastante osada verdades parciales mezcladas con inferencias equívocas. (Traducción del texto inglés: Por medio de Él {Cristo} los hijos de la luz resucitan para vida eterna, y el Reino de los Cielos se abre de par en para a los fieles; pues su muerte nos nos libra de la muerte, y al resucitar Él todos han vuelto a la vida.)

Como sacerdote diocesano que celebra ambos ritos, nunca deja de sorprenderme, ¡ay!, que las expresiones litúrgicas del Novus Ordo presenten con frecuencia una mezcla peculiar de verdades católicas con engañosas consecuencias para la vida de fe, que inevitablemente confunden y desorientan a los fieles con relación a dichas verdades.

Lo cierto es que, en la teología y la liturgia, las verdades a medias pueden ser –y suelen serlo– más peligrosas todavía para la fe que los errores doctrinales descarados. ¿Y esto a qué se debe? A que las verdades a medias tienen ciertamente un elemento de verdad que hace que las omisiones resulten más difíciles de discernir, precisamente por las verdades que se omiten.

Gracias al luminoso magisterio de San Pío X en su espléndida encíclica contra los modernistas, Pascendi Dominici Gregis (08-IX-1907), es sabido de sobra que quienes promocionan esa «síntesis de todas las herejías» se esfuerzan por hacer caer a los fieles incautos en las trampa mediante expresiones ambiguas, o bien por medio de la bastante eficaz táctica de mezclar la verdad con el error. Son expertos en ello.

Aquel Santo Padre de sincera, grata, inmortal y feliz memoria nos advierte, como el buen pastor que era cuando ejercía en la Tierra la función de Vicario de Cristo:

3. Y como una táctica de los modernistas (así se les llama vulgarmente, y con mucha razón), táctica, a la verdad, la más insidiosa, consiste en no exponer jamás sus doctrinas de un modo metódico y en su conjunto, sino dándolas en cierto modo por fragmentos y esparcidas acá y allá, lo cual contribuye a que se les juzgue fluctuantes e indecisos en sus ideas, cuando en realidad éstas son perfectamente fijas y consistentes; ante todo, importa presentar en este lugar esas mismas doctrinas en un conjunto, y hacer ver el enlace lógico que las une entre sí, reservándonos indicar después las fuentes de los errores y prescribir los remedios más adecuados para cortar el mal…

Tenemos, además, una segunda estrofa muy problemática en el Prefacio Pascual II… Ya que sin duda alguna es muchísimo más correcto decir que en Cristo, mediante su resurrección, los hijos de la luz –es decir, los bautizados– resucitan con Él a la vida eterna y que las puertas del Reino de los Cielos quedan abiertas a los fieles. Es cierto en el sentido objetivo, no necesariamente en el subjetivo.

Ahora bien, esto no supone en realidad ningún problema teológico, porque se da por hecho que los católicos siempre deben saber distinguir entre realidades objetivas y subjetivas. Es decir, que aunque la muerte sacerdotal y expiatoria de Cristo en la Cruz es el precio de nuestra redención –o sea, que objectivamente somos salvados por Él– eso no significa que automáticamente nos salvaremos.

Aun así, el prefacio de Pascua II da en el clavo. (En inglés) dice: porque su muerte lira de la muerte… Ciertamente, lo que nos redime es la muerte de Cristo en la Cruz, no su resurrección. Su resurrección es la dichosa consecuencia de la perfecta obediencia de Cristo a la voluntad de su Padre.

Redención y salvación están inseparablemente relacionadas, pero no significan lo mismo. Así pues, aunque la resurrección de Cristo tiene indudablemente una dimensión salvífica, lo que con toda propiedad redime es su Sacrificio.

Por consiguiente, el acto más importante  que se puede considerar propiamente redentor es su Sacrificio, justamente el Mysterium Fidei, el Misterio de la Fe que celebramos como sacramento en el altar durante el Santo Sacrificio de la Misa. De modo que hasta aquí el Prefacio Pascual II está bien.

Y ahora es cuando de pronto surge el verdadero problema teológico: La tercera edición típica del Misal para España traduce la expresión que hemos visto más arriba en inglés (and in his rising the life of all has risen) con estas palabras: porque en la muerte de Cristo nuestra muerte ha sido vencida, y en su resurrección gloriosa hemos resucitado todos.

En este sentido, el texto latino está mejor, si bien contiene la misma expresión fundamentalmente equívoca: Quia mors nostra est eius morte redémpta, et in eius resurrectióne vita ómnium resurréxit / Pues por su muerte nuestra muerte se redime, y en su resurrección la vida de todos ha resucitado.

Dado el contexto pascual, es decir la celebración la gloriosa resurrección de Cristo, al estar expresado de ese modo da claramente a entender que todos resucitarán, es más, que ya hemos resucitado… a la vida eterna. O sea, que al final todos se salvarán en cuerpo y alma.

Con todo, no es una expresión que se pueda considerar en realidad materialmente herética tal como está escrita, de ahí que resulte mucho más insidiosamente equívoco. Incorpora de modo correcto la teología paulina, según la cual el Apóstol de los Gentiles escribió (Rom. 6, 1-5):

¿Qué diremos, pues? ¿Permaneceremos en el pecado, para que abunde la gracia? De ninguna manera.{cf. Amoris Lætitia nº 303, que contradice totalmente esta enseñanza apostólica y dogmática, disculpen que me vaya por las ramas…}

Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos todavía en él? ¿Ignoráis acaso que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús en su muerte fuimos bautizados? Por eso fuimos, mediante el bautismo, sepultados junto con Él en la muerte, a fin de que como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en nueva vida. Pues si hemos sido injertados en Él en la semejanza de su muerte, lo seremos también en la de su resurrección.

El Apóstol de las Gentes menciona igualmente una renovación, una resurrección (espiritual) de nuestra vida terrena mediante el poder de la resurrección del Señor, gracias al cual los bautizados, los hijos de la luz (como dice el prefacio), resucitan para vida eterna, si bien el sentido teológico sobreentendido es que es sólo se resucita en potencia.

En efecto, es parte de la fe católica que en el día del Juicio Universal habrá ciertamente resurrección de la carne para todos.

Eso sí… aunque todos resucitarán en el Día del Juicio, desde luego  los redimidos subjetivamente (no sólo objetivamente) por el Sacrificio de Cristo resucitarán para vida eterna y, paradójicamente, los condenados resucitarán para la muerte o castigo eterno.

El mismo Cristo no pudo revelarlo más claro por la tradición apostólica de San Juan (5, 25-29): En verdad, en verdad os digo, vendrá el tiempo, y ya estamos en él, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y aquellos que la oyeren, revivirán. Porque así como el Padre tiene la vida en Sí mismo, ha dado también al Hijo el tener la vida en Sí mismo. Le ha dado también el poder de juzgar, porque es Hijo del hombre. No os asombre esto, porque vendrá el tiempo en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y saldrán los que hayan hecho el bien, para resurrección de vida; y los que hayan hecho el mal, para resurrección de juicio.

La resurrección del juicio es la muerte o condenación eterna, todo lo contrario de la vida eterna.

La Iglesia entiende la vida eterna como un vivir para siempre en el Cielo, venciendo en alma inmortal tras vencer a la muerte y pasar por el juicio particular, habiéndose probablemente purificado en el Purgatorio, con la esperanza cierta de resucitar en cuerpo en el Día del Juicio Universal.

Por vida eterna la Iglesia no entiende la muerte eterna, la aniquilación de nuestro ser, el regreso a la nada de la inexistencia de la que nos creó Dios a su imagen y semejanza, sino vivir para siempre en el Infierno, en alma inmortal tras la muerte y el juicio particular, con la cierta desesperación de un cuerpo resucitado en el Día del Juicio Universal.

La Catholic Encyclopædia, en la entrada correspondiente a Resurrección, dice claramente: El IV Concilio de Letrán {1215} enseña que todos los hombres, tanto los elegidos como los condenados «resucitarán con los propios cuerpos que ahora llevan» (cap. “Firmiter”). En el language de los credos y profesiones de fe, esta vuelta a la vida se llama resurrección de la carne (resurrectio carnis, resurrectio mortuoram, anastasis ton nekron) por dos motivos: en primer lugar, dado que el alma no puede morir, no se puede decir que vuelve a la vida; y en segundo lugar, es preciso excluir la opinión herética de Himeneo y Fileto según la cual en las Escrituras no se entiende por resurrección la vuelta a la vida del cuerpo, sino la liberación del alma al pasar de la vida de pecado a la de la gracia.

Un gran teólogo como San Agustín afirma: «Ninguna doctrina de la fe cristiana es objeto de una oposición tan vehemente y obstinada como la de la resurrección de la carne» (In Ps. lxxxviii, sermo ii, n. 5).

Habiendo explicado estas verdades divinamente reveladas de la fe católica, llegamos a varias conclusiones con respecto a la expresión litúrgica de las verdades mencionadas, según figuran en el Prefacio Pascual II del Misal del Novus Ordo.

1. ¿Es posible hacer una interpretación católica de este texto litúrgico? Sí, sin duda alguna. Pero es de necesidad hacerlo a fin de evitar conceptos erróneos en la fe. Se podría argumentar naturalmente que los textos litúrgicos tienen por objeto la celebración de los sacraentos y no son catequesis propiamente dichas ni tratados teológicos.

Con toda razón. Ahora bien, la liturgia es la expresión ordinaria de la fe, lo que forzosamente supone una firme base teológica, y en circunstancias normales puede la única formación a la que tienen acceso los fieles.

Aun así, sería preferible que los textos litúrgicos y magisteriales se redactasen con su pleno sensus Catholicus, y que no hubiera que analizarlos para entender su auténtica interpretación católica…

2. ¿Es herético este texto litúrgico, aunque sólo sea en sentido material, tal como está redactado en Latín y en sus traducciones oficiales (al menos al inglés y al castellano)? No, la verdad es que no, porque como ya dije más arriba, incorpora elementos de verdades católicas, pero omite otras verdades católicas que son imprescindibles para tener una perspectiva católica completa.

Tampoco hace las debidas distinciones entre la realidad objetiva de la muerte redentora de Cristo con la resurrección salvífica, y la potencialidad de su aplicabilidad a los fieles.

El problema no está tanto en lo que dice, sino en cómo lo dice, y sobre todo en lo que no dice ni da a entender siquiera, teniendo en cuenta el contexto litúrgico pascual.

Aunque no sea materialmente herético porque no enseña de modo positivo algo erróneo para la doctrina católica, puede llevar sin duda alguna a la herejía por las verdades esjatológicas que omite.

3. En resumidas cuentas: ¿Es apto este texto para la liturgia? Yo diría que no, por los motivos arriba aducidos.

Desgraciadamente, apreciados lectores, consiste en una astuta mezcla de verdad y error por omisión. Y se pueden poner más ejemplos del resto del año. Así se hacen las cosas en una liturgia que ya no se centra en el Dios Uno y Trino. Con las terribles consecuencias que ello supone para nosotros, pobres pecadores, los desterrados hijos de Eva en este valle de lágrimas.

¡Salve, Regina, Mater misericordiæ, vita, dulcedo, et spes nostra, salve!

Padre José Miguel Marqués Campo

[Traducido por J.E.F. Fuente: Aka catholic]
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