HEMOS VISTO

Cuando la homosexualidad era pecado: El “Liber gomorrhianus” en español (1-2)

Acerca de la primera edición en español del “Liber gomorrhianus” de San Pedro Damián (Traducción y notas de José-Fernando Rey Ballesteros)

Javier Olivera Ravasi

(24/7/2017) 

Con enorme y titánico esfuerzo, el Pbro. José-Fernando Rey Ballesteros ha traducido del latín, por primera vez a la lengua de Cervantes, el famosísimo “Liber gomorrhianus” de San Pedro Damián, obispo y doctor de la Iglesia, donde se denuncia el pecado de Sodoma y Gomorra.

Libro polémico si los hay en estos tiempos, debería ser propuesto para su lectura tanto en seminarios como en casas de formación. Su lenguaje directo, sin gambetas ni eufemismos, denuncia la gravísima corrupción del clero en años duros de la alta edad media.

A partir de la lectura que hemos hecho, venga aquí entonces un resumen del texto digital (que puede adquirirse aquí) a la espera de la edición definitiva en papel.

Que no te la cuenten…

Javier Olivera Ravasi

*          *          *

Como narra el traductor y redactor en su introducción, por el siglo VI las costumbres de la Iglesia no andaban mejor que ahora. Los bárbaros habían sido bautizados siguiendo el mandato evangélico, pero en la barca de Pedro habían entrado millones de peces, con sus virtudes y sus vicios. El “id y bautizad” estaba hecho; faltaba ahora el “enseñándoles todo lo que yo les he enseñado…”. Y esto tendría sus consecuencias.

Es decir: más o menos como ahora, donde los bárbaros bautizados son legión:

“De repente, la Iglesia se encontró a sí misma formada por una inmensa multitud de hombres bautizados que mantenían las costumbres depravadas con que habían vivido lejos de la Fe. El «retroceso moral» dentro de la Iglesia fue terrible; ahora el enemigo estaba dentro, y, además, estaba bautizado. Pero no estaba, ni mucho menos, convertido. Entre los clérigos se empezó a hablar de pecados nuevos, como la simonía o el nicolaitismo, desconocidos hasta entonces o restringidos a personas particularmente perversas, que se hicieron, de la noche a la mañana, moneda común entre varones ordenados. Accedieron a las sagradas órdenes hombres incapaces de controlar su sexualidad, y esclavizados por prácticas depravadas y bestiales. Y así llegamos al siglo X, el llamado saeculum ferreum o «siglo de hierro» en la Historia de la Iglesia”[1].

Era necesaria una reforma; una reforma urgente:

“Un grito empezaba a abrirse paso con una fuerza desaforada:«¡Reforma!». Paradójicamente, ese grito no procedía, en su origen, de los altos eclesiásticos, cuya situación moral ha quedado ya descrita de forma somera. El grito procedía de los fieles, escandalizados con la conducta de sus pastores (…). Había que expiar, dentro del rebaño, los pecados de los pastores, y había que mostrar a los cristianos corrientes unos clérigos cuyo único afán era no tener nada en este mundo más que a Dios (…). En este ámbito surge, ya entrado el siglo XI, la figura de san Pedro Damián (…). El «Liber Gomorrhianus» es la denuncia más sincera y triste de cómo la moralidad, entre los clérigos, se desmoronaba, alcanzando límites insospechados hasta entonces”[2].

El surgimiento de San Pedro Damián

¿Pero quién es este santo y doctor de la Iglesia?

“Nacido en Rávena en los albores del siglo XI (enero de 1007) (…). Desde los13 hasta los 28 años, estudió e impartió clases, últimamente en su ciudadnatal, Rávena. Allí vivió con gran austeridad, y encendido en espíritu depenitencia, decidió dejarlo todo e ingresar, a los 30 años (en 1037), en el monasterio de Fonte Avellana”[3].

Con el tiempo y a raíz de su ciencia y fama de santidad, sería nombrado cardenal de la Iglesia romana, dedicándose, entre múltiples actividades, a luchar contra la corrupción en la Iglesia.

“Había recibido de Dios una herida ardiente: el dolor intensísimo que sentía por la corrupción anidada en la Iglesia (…). Dedica sus esfuerzos a la redacción de una obra terrible, en la que pone al descubierto con toda crudeza los vicios que corrompían al clero de la época: el Gomorrhianus[4].

San Pedro Damián, muerto en 1072, fue llamado, con razón, «flagelador de vicios y cantor de flagelantes» por la rigurosidad con que predicaba contra las malas costumbres y por la disciplina ascética que impartía. No fue canonizado (dato no menor) hasta más de 750 años después (1828), y declarado doctor de la Iglesia, título que se otorga oficialmente a ciertos santos reconociéndolos como eminentes maestros de la fe para los fieles de todos los tiempos (otro dato no menor; anote…).

Respecto del propósito de su libro, él mismo se encarga de expresarlo el momento de presentárselo al Papa León IX:

“Deseamos y ordenamos que aquellos que derramaron su semen con sus propias manos, o mutuamente se provocaron eyaculaciones con otra persona, así como quienes eyacularon entre las piernas de otro, pero no lo hicieron de forma habitual, ni practicaron esta aberración con muchos, si ponen freno a su lujuria, y reparan sus pecados con una digna penitencia, sean readmitidos a los mismos cargos en los cuales no hubieran podido permanecer si hubiesen persistido en su pecado. Pierdan toda esperanza de recuperar sus ministerios los demás, que durante tiempo prolongado consigo mismos, o con otros, o con muchos -aunque haya sido ocasionalmente- se han manchado con cualquiera de estas dos formas de pecado que describes, así como aquéllos que –horrible resulta el decirlo o el escucharlo- se han abrazado a las espaldas de otro hombre”[5].

Y San Pedro Damián comienza a predicar algo que hasta le cuesta escribir:

“Ha arraigado entre nosotros cierto vicio sumamente asqueroso y repugnante. Si no se lo extirpa cuanto antes con mano dura, está claro que la espada de la cólera divina asestará sus golpes, de un momento a otro, para la perdición de muchos (…). El pecado contra natura repta como un cangrejo hasta alcanzar a los sacerdotes. Y, en ocasiones, como una bestia cruel introducida en el rebaño de Cristo, se desenvuelve con tanta astucia, que más les valdría, a muchísimos, ser apresados por los guardias que, amparados en su estado religioso, ser arrojados con tanta facilidad al férreo yugo de la tiranía del diablo, especialmente cuando media escándalo de tantas personas (…).Y, a no ser que la Santa Sede intervenga cuanto antes con contundencia, cuando queramos poner freno a esta lujuria desenfrenada, ya no habrá quien la detenga”[6].

El Liber gomorrhianus plantea como sodomía (o gomorría, como quieran) cuatro modos de pecar:

“Algunos pecan con sus manos; otros, con las manos de persona distinta; otros, entre las piernas; y otros consuman el pecado contra natura. Por estos grados aumenta la gravedad del pecado, de modo que los últimos los juzgamos más graves que los primeros. Es preciso imponer mayor penitencia a quienes pecan con otras personas que a quienes se corrompen solos. Y juzgamos como mucho más grave el consumar el acto que el cometer la torpeza entre las piernas”[7].

Los “misericordiosos” de siempre

Como existían también por entonces los “apóstoles de la tolerancia” (en defensa propia, claro) San Pedro Damián atacaba ya desde el título del segundo de sus capítulos La falsa clemencia de los dirigentes que no apartan del ministerio a los culpables. Sí señor; esto no lo descubrió Spotlight en el siglo XXI:

“Ciertos dirigentes eclesiásticos, quizá más indulgentes de lo que conviene con este pecado, piensan que no se debe apartar a nadie de las sagradas órdenes a causa de los tres primeros grados del pecado enumerados más arriba. Sólo consienten en degradar a los que conste que lo han cometido en el cuarto grado (sodomía). Y así ocurre que algunos, de quienes sabemos que han caído en esta aberración con ocho y hasta con diez personas más, sin embargo, permanecen en el ministerio. Esta falsa clemencia, sin duda alguna, no cura el pecado, sino que lo agrava y hasta lo fomenta. No mueve al arrepentimiento por las aberraciones cometidas, sino que otorga libertad para seguirlas cometiendo”[8].

Gran conocedor de la naturaleza humana y clerical, sabía que de nada servían las penitencias sin las degradaciones. De nada los retiros espirituales y los “traslados”:

“Al lujurioso, sea cual sea su estado, le aterra y le horroriza mucho más el ser despreciado por los hombres que el resultar condenado en el tribunal del Juez supremo. Y por eso prefiere soportar el dolor de la penitencia, por dura y rigurosa que sea, antes que verse en peligro de ser degradado (…). Por tanto, mientras no se le golpee -por decirlo así- donde más le duele, permanecerá cómodamente instalado en el asqueroso cenagal de la lujuria”[9].

“Voy a hablar cara a cara contigo, quien quiera que seas, hombre lujurioso. ¿No es cierto que te niegas a confesar tus pecados a hombres espirituales porque tienes miedo de ser depuesto del ministerio eclesiástico? (…). Me dices: si un hombre solamente ha pecado entre las piernas de otro hombre, que haga penitencia; pero seamos un poco indulgentes, y no le privemos para siempre de su ministerio. Y yo te pregunto: si uno hubiera pecado sacrílegamente con una virgen, ¿debería, a tu juicio, ser mantenido en el ministerio? Seguro que, en ese caso, no tienes dudas de que debe ser depuesto. Por el mismo motivo, lo que con razón aseguras cuando se trata de una virgen consagrada debes decirlo también necesariamente de un hijo espiritual (…) puesto que, en este caso, al tratarse de alguien del mismo sexo, el pecado es tanto peor cuanto va también contra la naturaleza”[10].

¿Qué parte no habían leído los obispos del siglo XX ante los abusos sexuales de los sacerdotes? Ahora, que el texto está en lengua castellana, quizás sea más accesible a todos.

Diáfanamente San Pedro Damián expresa, mil años ha, que “quienes sean esclavos de vicios inmundos no deben ser promovidos a las sagradas órdenes, y los ya promovidos no deben permanecer en ellas[11].

“Es una insensatez el que quienes se han contagiado de esta infección inmunda sean promovidos a las órdenes sagradas, y que los ya promovidos puedan permanecer en el ministerio. Semejante decisión es contraria a la razón, y repugna claramente a las sentencias de los santos padres”[12].

De allí que,

“Cualquier varón que se haya manchado con otro varón -pecado que, como arriba mostramos, está castigado con la muerte por la antigua Ley- por muy apreciado que sea a causa de sus buenas costumbres, por mucho que se aplique al estudio de los salmos, por mucho que despunte en su amor a la oración, y por muy buena fama que tenga de llevar una vida religiosa, podrá hacer penitencia y ser perdonado de sus culpas, pero de ninguna manera podrá aspirar a recibir las órdenes sagradas”[13].

Y como también por entonces podrían faltar las vocaciones, se pregunta nuestro doctor de la Iglesia si, en caso de necesidad, podrían estos pecadores ejercer el ministerio:

“Alguien podría decir que, en caso de necesidad, si hiciera falta alguna persona que ejerciese el ministerio, debería suavizarse la sentencia previamente promulgada según la justicia divina, teniendo en cuenta la urgencia de la situación (…). Mejor será que venga el ilustre predicador y nos diga, expresamente, lo que opina de semejante vicio. Escribe, en la carta a los Efesios: «Sabed que los fornicadores, lujuriosos, o avaros no tendrán parte en el reino de Cristo y de Dios (Ef 5)». Si, por tanto, el lujurioso no puede, de ninguna manera, heredar el reino de los Cielos, ¿qué insensato ataque de soberbia y presunción le lleva a aspirar a la dignidad suprema en la Iglesia, que es también reino de Dios? ¿Acaso quien, despreciando la ley divina, ha caído tan bajo en su pecado se atreverá a profanar el sacerdocio ascendiendo al ministerio sagrado?”[14].

Y expresa luego una verdad más clara que el agua: ¿cómo un invertido o un lujurioso, por más estudios que tenga, podrá enseñar una doctrina recta a su grey si él mismo no la está cumpliendo?

“Si el sabio no respeta la ley de la Iglesia, ¿cómo la respetará el ignorante? Si alguien sabio es promovido irregularmente al sacerdocio, lo que cabe esperar es que a sus discípulos, que normalmente serán más inexpertos, los guíe por el camino del error que él ha recorrido primero, y que ha pisado con sus soberbios pies. Y no será juzgado sólo por su propio pecado, sino por haber incitado a otros a imitarlo con el ejemplo de su propia prepotencia”[15].

Hasta nos recuerda las irónicas palabras del Apóstol quien, luego de deducir el olvido de Dios como consecuencia de la sodomía, plantea el castigo en el mismo lugar del pecado:

“Los entregó Dios a pasiones infames; pues sus mujeres invirtieron las relaciones naturales por otras contra la naturaleza; igualmente los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío” (Rm 1) (…). Es lógico, según la justicia divina, que quienes se han contaminado con pecados tan abominables acaben condenados a despeñarse en las tinieblas de su ceguera”[16].

Y termina haciendo referencia a la muerte eterna que lleva este pecado nefando, referencia que algunos misérrimos promotores de una falsa misericordia deberían recordar:

“También Pablo, después de haberse referido a ellos, vuelve sobre el asunto, y dice: «Quienes hacen tales cosas son dignos de muerte, no sólo quienes las hacen, sino quienes consienten que otros las hagan (Rom 1)» (…). Si el Apóstol emite una sentencia tan dura, no contra los judíos -en el caso de que fuesen fieles- sino contra gentiles que no conocían a Dios, ¿qué habría dicho, me pregunto, si hubiese descubierto la pestilencia de estos crímenes en el mismo cuerpo de la santa Iglesia? Más aún: ¿con qué dolor y fuego de compasión no hubiera ardido un pecho tan santo si hubiese visto cómo esta fetidez asquerosa se abría paso aún en el mismo orden sagrado?”[17].

Y lanza una advertencia casi profética para los tiempos que corren en la Iglesia, para los superiores eclesiásticos que permiten que la sodomía entre en el clero:

“Escuchen los superiores de los clérigos, los rectores de los sacerdotes. Escuchen, y, aunque estén seguros de sí mismos, teman, no vayan a hacerse culpables de participar en pecados ajenos. Especialmente, aquellos que hacen la vista gorda cuando tienen que corregir los pecados de sus súbditos, y con su insensato silencio les otorgan licencia para pecar. Que escuchen, y que entiendan de una vez que todos van a ser condenados a muerte: no sólo quienes cometen tales pecados, sino quienes consienten que otros los cometan”[18].

La pedofilia en la Edad Media

(Continuará) 

(Fuente: Que no te lo cuenten)

[1] San Pedro Damián, Tratados (Vol II), Tratado VII: Liber gomorrhianus, traducción y notas de José-Fernando Rey Ballesteros, edición Kindle 2017, 5. Las cursivas y negritas nos perteneces, salvo aclaración.

[2] Ídem, 8-9.

[3] Ídem, 10.

[4] Ídem, 10-11.

[5] Ídem,18.

[6] Ídem, 20.

[7] Ídem, 20. Se refiere, respectivamente a: masturbación individual, masturbación acompañada de otro, relaciones heterosexuales, sodomía perfecta (homosexual).

[8] Ídem, 23.

[9] Ídem.

[10] Ídem, 37. Por entonces, cierta legislación eclesiástica imponía la expulsión del estado religioso o la pérdida del estado clerical, amén de las penas civiles, a quienes violentaran a una virgen consagrada.

[11] Título del cap. 3.

[12] Ídem, 23.

[13] Ídem, 25.

[14] Ídem, 27.

[15] Ídem, 28.

[16] Ídem, 29.

[17] Ídem, 31.

[18] Ídem, 31-32.

Hemos Visto

Artículos de opinión y análisis recogidos de otros medios. Adelante la Fe no concuerda necesariamente con todas las opiniones y/o expresiones de los mismos, pero los considera elementos interesantes para el debate y la reflexión.