ADELANTE LA FE

Cuando las catedrales daban gloria a Dios

Queridos hermanos, las hermosas catedrales que nos ha legado la tradición de la Iglesia son testigo mudo de la gloria con que el hombre quería dar a Dios. Se construían sabiendo lo que hacían sus constructores: una obra con toda la magnificencia humana para la gloria perdurable a Dios; una obra que traspasara el tiempo, las épocas, que permaneciera como testigo del amor a Dios, de su grandeza, de su omnipotencia La catedral era testigo de la gloria al único Dios, Uno y Trino.

Se construían de piedras, y muchas de ellas llevan grabado para la posteridad el nombre de los canteros que las trabajaron; otras albergan secretos de fe, en otras se escondían oraciones para cuando se encontraran se rezara por los anónimos canteros. Cuando los obreros descansaban, pensaban que lo que estaban construyendo era para Dios, para la gloria debida al Rey y Señor de la todo lo Creado, Nuestro Señor Jesucristo.

Qué preciosidad, esas magníficas vidrieras por donde entra la luz, la Luz del Espíritu Santo que ilumina toda la Iglesia. A veces por un pequeño ventanal, estratégicamente situado, entra la luz llenando todo el recinto. Es la Luz de Cristo que todo lo ilumina. Es el Señor que lo domina todo. Las catedrales se construían de piedra para que resistieran el paso del tiempo. Día a día, poniendo piedra sobre piedra, sin desfallecer la ilusión de lo que estaban haciendo, todo para era para Dio; muchos no las llegaron a ver terminadas Y cuando ya terminada la gran obra humana para la gloria de Dios, era bendecida por el Obispo, con todo el esplendor y belleza de la ceremonia. Ya estaba lista para el culto, ya estaba preparada para la función para la que se construyó. Todo en la catedral habla de Dios, empezando por sus piedras, y siguiendo por toda la belleza arquitectónica y artística. Su majestuosidad hace encoger al alma y recogerla en íntima oración. ¡Silencio! Hablan las piedras. Hablan de Dios Nuestro Señor. En este lugar sólo se habla de Dios, todo es para su gloria, todo es para su alabanza, todo es para honrar su infinito Amor y Misericordia para con sus criaturas.

Pero hoy en día, con estupor, encontramos Hostias tiradas por el suelo, está lleno el suelo de ellas. Unas tiene sangre, otras no. Unas provienen del Santo Sacrificio, las otras provienen de sacerdotes que oficiaron sin la intención de hacer lo que hace la Iglesia, con desprecio al Santo Sacrificio del  Altar, y por tanto sin consagrar. Es el caos de la Iglesia actual. Es el desgobierno de la “barca de Pedro”. Como si el demonio sentado en su silla gobernara con su gran sonrisa, sintiéndose impune, porque ya nadie le combate. ¡Ay las catedrales de hoy día convertidas en comedores benéficos! ¿Qué pensarían aquellos canteros, que dejaron su marca, en señal de piedad,  en aquellas centenarias y milenarias piedras? ¿Qué pensarían al ver que se ha hecho con ellas? Muchas catedrales, y cada vez más, ya no tienen le razón de ser para la que se construyeron. Las piedras son las mismas, pero la Luz, aquella Luz del Espíritu Santo que entraba por las vidrieras, aquella, se ha ocultado, se ha tapado. Aquella Luz que iluminaba la Verdad de Dios, hoy ciega a muchos que están iluminados por el error, herejía y apostasía. Esta es la pálida luz que desean les ilumine; una luz que más bien mantiene en la oscuridad a quien ilumina, porque es una luz gris, espesa, que obliga a agachar la vista al suelo y permanecer así.

Las Hostias están en el suelo, ya la catedral no es la garantía del culto a Dios. Se ha profanado. Se ha profanado el nombre de Dios. Se ha profanado el espacio santo, donde a través de siglos sólo se ha escuchado la alabanza a Dios, Uno y Trino. Hoy en la catedral se alza la voz a dioses paganos, se abre su espacio para ceremonias heréticas, se celebra un culto idólatra. ¡En cuantos Sagrarios ya no está el Señor!, allí donde los sacerdotes ya no crean en el Santo Sacrificio, y no tengan la intención de la Iglesia, allí donde se unan a la alabanza de dioses paganos y ceremonias heréticas.

¡Se ha echado a Dios de su casa! Se le ha sacado de su catedral, esa que  Él construyó para Sí. Se le ha echado sin la más mínima misericordia por esos mismos, que no cesan de poner en sus  propios labios esa palaba. Al dueño de la casa se le ha  expulsado de ella. ¿Por qué? Porque ya no creen n Él. No tienen fe. No creen en su presencia real en la Sagrada Eucaristía. Por esa razón muchos Sagrarios están vacios. No creen en el único Dios verdadero, Jesucristo. Han perdido la fe. La han traicionado. No puede haber otra explicación.

¡Catedrales donde se celebra un culto herético, pagano, apóstata! ¡Catedrales que sirven de fraternales y bulliciosos comedores públicos! Ese no fue el fin por el que  se construyeron! ¿Por qué lo hacéis? ¿Por qué ofendéis tan bárbaramente a mi Señor? ¡Lo sé! Se me olvidaba. Habéis perdido la fe católica. Habéis apostatado.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.