MEDITACIÓN

Del enfermo de treinta y ocho años que Cristo sanó en la piscina

Subió Cristo a Jerusalén un día de fiesta y entró en el hospital que estaba vecino al templo, puso los ojos en el enfermo más necesitado, ofreciéndole la salud y diosela con una palabra y mandole a tomar su cama y que se fuese a su casa, que luego obedeció.

PUNTO PRIMERO. Considera en qué gastaba Cristo los días de fiesta y qué obra hacía en ellos. Conviene saber que frecuentaba los templos, visita los hospitales y curaba a los enfermos. De Cristo has de aprender en qué los debes gastar tú a ejemplo suyo. Pídele gracia y favor para acompañarle, seguir sus pisadas, y celebrar los días dedicados a Dios en obras de su servicio.

PUNTO II. Entra con la consideración en aquel hospital, da una vista a los varios enfermos que hay en él, y verás un retrato del mundo lleno de tantos enfermos, cuántos son los hombres pecadores de la tierra, con tan varias dolencias. Unos de avaricia, otros de ambición, otros de ira, otros de gula y otros de lascivia, y de las enfermedades de otros vicios. Duélete de ellos y pídele al Señor que les envíe médicos y medicinas espirituales que los curen y den salud. Vuelve los ojos a ti mismo y mírate entre ellos, llagado y enfermo del contagio de tus vicios y llora tantos años como has estado enfermo. Clama al Señor por tu salud.

PUNTO III. Considera cómo Cristo puso los ojos en el enfermo más necesitado y desamparado y le dio entera salud. Aprende tú a mirar por los más pobres y desamparados del mundo, y a procurarles la salud con todas tus fuerzas. Vuélvete a aquel médico celestial y dile: Señor, si buscáis el enfermo más necesitado, yo soy el más pobre y el más desamparado, yo no tengo hombre que me valga, dadme la mano y valedme vos, puesto que tenéis salud, no para uno solo como aquella piscina, sino para muchos y para todos los enfermos que ha habido y habrá en el mundo. Dadme salud de todas mis dolencias y gracia para que salga de todos mis pecados, que son la enfermedad mortal.

PUNTO IV. Considera cómo le mandó Cristo a este enfermo tomar su cama y salir del hospital en señal de su perfecta salud, para enseñarnos a cobrarla en el alma, quitando las ocasiones de pecar que son la cama de los vicios. Toma como dichas a ti las palabras de Cristo Señor nuestro, que te manda a quitar las ocasiones de pecado. Pídele que te dé fuerzas como las dio a este enfermo, para quitarlas y servirle perfectamente todos los días de tu vida. Oye y medita aquellas últimas palabras de boca del Salvador: Mira que ya estás sano, no vuelvas más a pecar para que no te suceda alguna cosa peor en lo adelante.

Para el mismo día: De lo que sucedió a Cristo con San Pedro en el lavatorio de los pies

PUNTO PRIMERO. Llegó Cristo a lavar los pies a Pedro, el cual admirado dijo: Señor ¿vos a mi me laváis los pies? No lo permitiré eternamente. Pondera todas estas palabras nacidas de la viva fe y conocimiento que tenía San Pedro de la persona del Salvador. Domine, Señor, que lo sois del cielo y de la tierra, a quien rinden vasallaje ángeles y hombres, y obedecen todas las criaturas; tu, vos, que sois Hijo de Dios vivo, Verbo del Padre, tan noble, tan sabio, tan poderoso y en todo igual a Él. Mihi, a mí que soy un vil gusano, un muladar y una sentina de vicios; lavas oficio tan bajo y tan humilde, que cuando os dignasteis de mirarme fuera grandísima merced, cuanto más lavarme, lleno de tantas manchas de cieno, de tantos pecados. Pedes, los pies, que es la parte más baja y más vil del cuerpo, arrodillado a mis plantas, poniéndolas en vuestras manos, tocando y limpiando la asquerosidad de mi inmundicia. No permitiré eternamente en cuanto a mi tocare. Toma estas palabras de San Pedro, y considerando las mercedes que Dios nos hace cada día, dilas al Señor, rastreando por ellas, quién es él y quién eres tú, y cuán indigno de recibirlas. Humíllate hasta los abismos de su presencia.

PUNTO II. Considera lo que dijo el Salvador a San Pedro: si no te lavare no tendrás parte conmigo. Lo cual se entiende de la gracia del agua con que lava las almas por medio de los santos sacramentos del bautismo y la penitencia. Aprende a no resistirte con Cristo, ni con los prelados y maestros que están en su lugar, negando con resolución lo que ordenan, sino a obedecerles, respondiendo con humildad y obediencia y con todo rendimiento, como la debes tener en todas las cosas a Dios, para que no pierdas su gracia. Al mismo tiempo, aprende a lavar las manchas de tu alma con la penitencia y contrición para tener parte con Dios.

PUNTO III. Considera las palabras que respondió San Pedro al Salvador, Señor, si eso es, no solo los pies sino de pies a cabeza me lavad, en que mostró cuán arraigado estaba en el amor de Cristo, cuánto deseaba estar siempre a su lado, y vivir y morir con Él, pues le ofrece no solamente los pies, sino las manos y la cabeza también. ¡Oh si supieses, alma mía, ofrecer a Dios los pies, las manos y la cabeza, para que te purifique toda, los deseos, las obras, los pensamientos, el entendimiento, la voluntad y las manos, que son las acciones exteriores! Vuélvete a Dios y pídele que te purifique con el agua de la gracia la cabeza, para que tus pensamientos sean siempre santos y tu intención recta, buscando y pretendiendo en todo y por todo, su mayor gloria y servicio; tu voluntad, para que no ames ni quieras más que a Él; y las manos, para que todas tus obras sean santas y de su servicio sin mancha de imperfección.

PUNTO IV. Considera las palabras que replicó Cristo a San Pedro: el que está lavado no necesita sino lavarse los pies y vosotros estáis lavados, aunque no todos, lo cual dijo por Judas que le había de entregar. Pondera muy despacio cuán eficaz era aquel lavatorio para purificar a cualquier alma de pecados por grave que fuesen, pues le daba el mismo Cristo por sus manos, y con todo eso se quedaba alguna con las manchas con que entró en él. ¡Oh lamentable dureza ¡Oh, cuántos reciben el lavatorio de la penitencia y se quedan en pecado por su malicia! Mira, no seas tú de ellos, y tan infeliz que entre muchos limpios te quedes manchado. Rumia aquella sentencia: el que está lavado,  esto es por el bautismo, como enseña San Agustín, no necesita sino de lavarse los pies, que son los afectos, la voluntad y el polvo de las imperfecciones, que como dicen San Bernardo, se pegan de la tierra a los pies que andan por ella, y estas imperfecciones y pecados veniales, es importante también purificar para tener parte con Cristo en el cielo, dónde no se admite mota de imperfección. ¡Oh Señor, y quién será digno de tener parte con vos, si vos mismo no le laváis y purificáis! Lavadme Señor, de todos mis pecados y de cualquier pinta de imperfección, para que sea digno de tener parte con vos.

Padre Alonso de Andrade, S.J