Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y se las revelaste a los pequeños.Mt. 11, 25.

Queridos hermanos, cuántos convenios de paz, tratados, conferencias, diálogos, cuánto hablar de paz y ésta no se consigue. La paz que surge de estos convenios, tratados, vemos que es efímera, siempre surgen motivos para volver al conflicto. Se apacigua una zona pero surge la guerra o la violencia en otra. Los conflictos se suceden uno tras otro.

Comprobamos como también la Iglesia, en sus Pastores, aboga por la paz, lo que así debe ser. Los encuentros ecuménicos e interreligiosos son motivo para hablar de paz y quieren ser causa de paz entre los hombres. Paz y convivencia entre todos los hombres sea cual sea su creencia o religión. Pero, nos surge una pregunta: Si la Santísima Trinidad es el Dios y dueño de la paz, ¿cómo puede haber paz entre los hombres fuera de Él?

Dios, Uno y Trino es el dueño absoluto de la paz, es decir, fuera de Él no puede haberla en absoluto. Porque Él es la paz, es suya, sólo Él ha traído la paz al mundo en la Persona del Verbo encarnado. Y esa paz se nos presenta en la Santa Cruz. Si queremos un signo visible que nos hable de la paz, ya lo tenemos  Cristo crucificado. He aquí el signo que nos habla de paz,  la verdadera, la que se cimienta en el corazón del hombre, que donde reside la paz o la guerra. El amor de Dios o el odio y soberbia.

Nunca podrá traer la paz verdadera ningún convenio, pacto, tratado que deje de lado al dueño y señor de la Paz, a nuestro Señor Jesucristo, y crucificado. No habrá paz donde no esté la Santísima Trinidad, el único y verdadero Dios.

¿Qué eficacia pueden tener los encuentros ecuménicos e interreligiosos sino se convocan para que el verdadero Dios, la Santísima Trinidad, sea alabado y bendecido? ¿De qué sirven si no se convocan  para mostrar, a quienes están en el error, la Luz del mundo? ¿Cómo nuestros Pastores pueden hablar de paz a quienes desconocen al verdadero Dios sin hablar de la Santísima Trinidad? Hablar de paz dejando al Dios de la paz fuera, ¿no es una pérdida de tiempo y completo absurdo?

Repitámoslo, la Santísima Trinidad es el dueño y señor de la paz. Sólo  acudiendo al dueño de  la paz podremos encontrarla. Es un camino erróneo que lleva al vacío más absoluto del alma un diálogo entre religiones y creencias que no esté fundamentado el conocimiento del Dios de la paz, de la Santísima Trinidad, del Verbo encarnado y crucificado.

¿Será posible que el Señor de cielo y tierra haya ocultado estas cosas a los sabios y prudentes? Entre nuestros Pastores, ¿dónde están los pequeños a quienes el Señor les ha revelado sus cosas? ¿Son la mayoría de ellos sabios y prudentes? Un diálogo interreligioso que deje en el error a quienes viven en él es un diálogo entre sabios y prudentes en las cosas del mundo, y como el mundo, y con el espíritu del mundo actúan y dialogan. Hablan de paz pero la dureza y soberbia alberga en sus corazones, porque en  éstos no habita del Dios de la paz, Cristo crucificado.

Y yo cuando sea  levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mi (Jn. 12, 32). Atraeré  a todos hacia  mí, a todos, a la humanidad entera, porque  Él es el Salvador del mundo, quien nos ha traído la Verdad. En Cristo, y Cristo crucificado, está la verdadera paz, que es la paz de un corazón humilde y dócil al Señor, es la paz de un corazón crucificado con el Señor al mundo, demonio y carne. Es la paz de un corazón que anhela el Calvario, estar al pie de la Cruz, acompañando a la Santísima Madre y al Apóstol amado.

Hablar de paz es hablar del Calvario. Vivir la paz es vivir alrededor del Santo Sacrificio de la Misa. Vivir la paz es hacer presente la Sagrada Pasión de Nuestro Señor en cada altar católico. Hablar de paz es predicar a Cristo crucificado.

Yo he venido como luz al mundo, para que todo el que cree en mi no permanezca en tinieblas (Jn. 12, 46). ¿Necesita el Señor ser más explícito? ¿Necesita hablar más claro? Si no hay Luz, no hay paz. Si no se vive en la Luz, no se vive en la paz. Quien no cree en Mi permanece en tinieblas. Quien no cree en el Hijo de la Santísima Virgen María permanece en tinieblas. Quien no cree en la Reina de Cielos y tierra no cree en Jesucristo. Quien no cree en la Madre de Dios, no cree en Dios, y vive en la oscuridad.

Queridos hermanos, no porque muchos rechacen con violencia a la Santísima Trinidad como el único y verdadero Dios, la Iglesia puede dejar de predicar la Verdad a quienes no la tienen. Anunciar al único y verdadero Dios, anunciar a la Santísima Trinidad, anunciar al Dios de la paz, es la única razón de ser de los encuentros interreligiosos y ecuménicos. Ese el mandato recibido de nuestro Salvador, llevar la Luz y  la esperanza a quienes viven sin ella, alejados de ella.

La verdadera paz sólo llegará con la conversión de los corazones endurecidos por la soberbia que rechaza al verdadero Dios, Uno y Trio. Sólo habrá paz cuando todos los hombres adoren a la Santísima Trinidad. Cuando toda rodilla se doble ante Cristo crucificado. Cuando todo corazón humano esté crucificado con nuestro Señor Jesucristo.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa