Conclusión del artículo Reunificación o sumisión de Arthur Featherstone Marshall publicado en The American Catholic Quarterly Review en 1893.
«En EE.UU. y Gran Bretaña, los más serios heterodoxos han expresado su ardiente deseo de reconciliación. Se han propuesto estrategias; se han reunido congresos; prelados y sacerdotes han redactado posibles puntos de acuerdo. Y aunque tales experimentos han quedado en agua de borrajas, cualquier persona sincera manifiesta que hay que esforzarse por reunificación en tanto que sea posible. El único error de tan admirables aspiraciones estriba en que no reconocen la necesidad de la sumisión. ¿A qué aspirar a una supuesta reunificación, como no sea porque la verdad no puede estar dividida? Y dado que sólo puede existir una Iglesia verdadera, ¿por qué sujetarse a ella en vez de desperdiciar años en conversaciones inútiles mientras millones de protestantes viven y mueren fuera de la Iglesia visible, privados de las espléndidas riquezas de la vida espiritual que aporta y de la insuperable serenidad que proporciona, todo porque se niegan a sujetarse en vez de hacer especulaciones. No quieren obedecer en vez de inventarse mil excusas.»


¿Por qué no someterse a la autoridad católica?

La sumisión puede resultar muy desagradable para un protestante. Ahora bien, ¿cuántos protestantes de verdad hay hoy en día? Hace cincuenta años era posible ser un auténtico protestante, porque ni los más cultos clérigos anglicanos entendían mínimamente la religión católica. Ahora que ya tenemos a la Iglesia Católica entre nosotros, sería imposible que un protestante medianamente culto no entendiera al menos sus principios fundamentales. Y esos principios fundamentales son la autoridad y la obediencia. El sector de la High Church confiesa esos principios, pero no quiere para nada que se lleven a cabo de un modo coherente.

«La autoridad la admito –dicen los ritualistas anglicanos–,  pero esa autoridad corresponde a cada iglesia nacional, la cual puede aprobar un credo nacional y ponerlo en vigor.» La consecuencia de ello es que el cristianismo se convierte en un accidente geográfico. Si da la casualidad de que naces en Londres, tienes que creer en los Treinta y Nueve artículos en que se basa la fe anglicana. Si se da la circunstancia de que naces en París, puedes considerar dichos artículos una herejía ridícula; y si Moscú tiene el honor de darte a conocer la fe cristiana, tienes que creer en el Santo Sínodo, en la autoridad conferida por Dios a Focio y en el pontificado supremo del Zar de todas las Rusias. De ese modo, el árbitro infalible de la autoridad y la doctrina no sería el Espíritu santo, sino el mapa de Europa. Mientras que si se respondiera que el anglicanismo es la verdad en todas partes, nos quejaríamos de la inconveniente consecuencia de que la Iglesia Católica Romana no tendría razón en ningún país. Entonces, la inmensa mayoría de los cristianos que han vivido a lo largo de la historia habrían estado engañados por el diablo en vez de constituir una familia única de Dios. En cualquier caso, las teorías son absurdas. Aceptemos o no la teoría geográfica de la autoridad, que hace depender la verdad del clima o de conquistas, o la de una verdad anglicana única, que convierte en herejes a diecinueve de cada veinte cristianos, y a esos herejes los únicos cristianos que han tenido unidad, tendremos que aceptar un absurdo tal que, si los hombres no estuvieran acostumbrados a ello, todo niño cristiano exclamaría: «¡Tonterías!» Y si a ese niño le hablaran de una reunificación entre la única autoridad divina y las religiones humanas, diría: «No, reunificación no; sumisión; no hay que hacer concesiones, sino obedecer a la autoridad».

Sería una perogrullada afirmar que a las verdades divinas sólo las puede definir una autoridad en sí sobrenatural, y que la obediencia de pensamiento y de corazón en materia de fe sólo se le debe al representante de Dios en la Tierra. Y sería una barbaridad afirmar que un mismo Dios Todopoderoso puede encomendar a dos o más autoridades teológicas que enseñen verdades que se contradigan mutuamente, o que se reprendan unas a otras por sus herejías. ¿Por qué se va a razonar sobre lo que tiene razón de ser? La escapatoria que algunos protestantes creen encontrar a un dilema que tanto racional como espiritualmente es insoportable es afirmar que las iglesias y las sectas no están divididas por cuestiones esenciales. Olvidan que precisamente la multitud de iglesias y sectas está divididas por la misma cuestión de qué es esencial y qué no. Si las divisiones no son por cuestiones esenciales, no puede haber excusa para que haya infinidad de cismas. Y si las divisiones obedecen a cuestiones esenciales, hay que aceptar lo que estamos arguyendo:  que sólo la autoridad divina puede dirimir la cuestión. Dado, pues, que sin una autoridad instituida por Dios no podemos saber qué es esencial y qué no, consiguientemente debe existir tal autoridad instituida por Dios. De lo contrario no se podría distinguir lo esencial de lo no esencial. Y sin embargo ningún protestante se atrevería a afirmar esto último. De donde se desprende que existe una autoridad instituida por Dios. Y como ha quedado demostrado que ninguna iglesiaprotestante la tiene, se concluye que la Iglesia Católica es la única autoridad instituida por Dios en este mundo para determinar qué es esencial y qué no lo es.

Se ha argüido con frecuencia que el cristianismo no puede reducirse a un silogismo. Por supuesto que no; pero el sentido común puede dar la razón al catolicismo. Supongamos que se plantease la cuestión a un pagano inteligente que nunca hubiera oído hablar del cristianismo: «Si Dios enviara a su Hijo a vivir y morir en el mundo a fin de enseñarnos las verdades divinas, ¿mandaría que hubiese 110 autoridades vivas que nos interpretaran su verdad revelada a lo largo de los siglos?» El pagano inteligente respondería: «¿Y de qué serviría entonces la Revelación? Dado que es cierto que el intelecto humano no sería capaz de definir una cantidad elevada de verdades divinas, tanto en el caso de que ese intelecto humano poseyese una inteligencia y cultura impresionantes como si su capacidad estuviera al nivel de la mayoría». El inteligente pagano podría proseguir: «El hecho mismo de que se hayan revelado diversas verdades divinas demuestra que todas esas verdades son superiores al hombre. Y como la aceptación de todas esas verdades –no de una sola verdad, sino de todas las verdades a lo largo de los tiempos por todos los hombres mujeres y niños– las haría intelectual y moralmente obligatorias, el sentido común me indica que habría una autoridad instituida por Dios digna de obediencia a lo largo de veinte siglos de resistencia por parte de los hombres. Y no sólo merecedora de obediencia, sino con atribuciones para castigar mediante excomunión a quien osara oponerse a su juicio en cuanto a la sola verdad». Si a continuación se le expone al inteligente pagano el cuadro general de los discordantes cismas del protestantismo, y se le pregunta qué le parece que se vuelva a la unidad,  sin duda respondería que no entiende la pregunta, ya que a sus ojos la sumisión de los desobedientes debe anteceder la solicitud de unión. Su sentido común, no contaminado por herejías, le permitiría intuirlo y lo vería como lo más natural. Entendería que Dios, después de haber establecido una autoridad de parte de Él no admitiría debates ni componendas.

Ahora bien, no podemos extrañarnos de lo que a los no católicos –a los que se les ha enseñado desde pequeños a obedecerse a sí mismos, a ser ellos mismos los árbitros definitivos en materia de fe– les cueste entender la mentalidad católica, que insiste en la existencia de una autoridad que define las cuestiones teológicas. Pensemos por un momento en la mentalidad protestante a fin de entender esa dificultad, el gran esfuerzo que les costaría. Los protestantes siempre han entendido que el juicio privado no es sólo un derecho sino un deber. Por eso, su concepto de libertad religiosa consiste en la libertad para elegir una fe entre todo el espectro de opiniones religiosas. Siempre consideraron el dogma como una creación humana, en lugar de un decreto infalible de la autoridad divina. Una especie de consenso de unos pocos clérigos que tienen autoridad. En realidad, el dogma se parece mucho a una ley promulgada por el Parlamento, en el sentido en que los protestantes lo entienden. Es un decreto humano y no se considera inmutable, sino una fórmula útil y conveniente para que haya cierto orden. Para ellos, elevar el dogma a la dignidad de una certeza divina equivaldría a equiparar un decreto del Parlamento a una ley divina. Tan bajo concepto del alcance del dogma cristiano ha tenido como consecuencia que se tenga en poco la obediencia: ¿quién va a querer obedecer un dogma humano, como no sea de la misma forma en que se obedece un decreto del Parlamento, cuya falibilidad se reconoce y que puede alterarse el año que viene, y quizá hasta revocarse? Y con la sumisión a la autoridad católica pasa lo mismo que con las verdades dogmáticas. Si el dogma es incierto es señal de que la autoridad también es incierta, con lo que la sumisión a una autoridad incierta sólo puede responderse con incertidumbre. Someterse a tal autoridad sería someterse a una ley temporal, no a la sabiduría eterna. Sería una autoridad falible por ser humana en lugar de ser infalible por estar guiada por Dios. De ahí que para los protestantes la sumisión a la autoridad católica sea una especie de idolatría otorgada a los hombres: la idea de que la autoridad católica es una usurpación de la autoridad divina en vez de una autoridad establecida por el Altísimo. Si fuera cierta la teoría protestante de que la autoridad de la Iglesia Católica es la autoridad de seres humanos como prelados y sacerdotes, o la de este o aquel pontífice humano, tendrían bastante razón al considerar la obediencia y la sumisión condicionadas a su valoración particular de maestros humanos. Ahora bien, como el principio católico consiste en que, en materia de fe y costumbres, es el propio Dios quien enseña a la Iglesia por medio de su jerarquía, la consecuencia es que los católicos no obedecen a los hombres y se someten a ellos, sino a Dios. La fe y la moral corresponden a Dios, no a los hombres. Y tampoco podría jamás hombre alguno haber decretado un dogma si lo hubiera decretado a partir del entendimiento humano. El único que decreta dogmas en materia de fe y costumbres es el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a todas las verdades. Por consiguiente, la obediencia y sumisión a ellos no es algo humillante, sino el más dulce y ennoblecedor ejercicio del intelecto humano.

Entonces, ¿por qué no sujetarse a la autoridad católica? Sean anglicanos o disidentes, todos los protestantes se lamentan de sus incesantes disputas y variantes. En EE.UU. y Gran Bretaña, los más serios heterodoxos han expresado su ardiente deseo de reconciliación. Se han propuesto estrategias; se han reunido congresos; prelados y sacerdotes han redactado posibles puntos de acuerdo. Y aunque tales experimentos han quedado en agua de borrajas, cualquier persona sincera manifiesta que hay que esforzarse por reunificación en tanto que sea posible. El único error de tan admirables aspiraciones estriba en que no reconocen la necesidad de la sumisión. ¿A qué aspirar a una supuesta reunificación, como no sea porque la verdad no puede estar dividida? Y dado que sólo puede existir una Iglesia verdadera, ¿por qué no sujetarse a ella en vez de desperdiciar años en conversaciones inútiles mientras millones de protestantes viven y mueren fuera de la Iglesia visible, privados de las espléndidas riquezas de la vida espiritual que aporta y de la insuperable serenidad que proporciona, todo porque se niegan a sujetarse en vez de hacer especulaciones. No quieren obedecer en vez de inventarse mil excusas. Y así les llega la muerte, sin recibir los sacramentos, la bendición, réquiem, invocación ni indulgencias. Dejan que las pobres almas indigentes emprendan solas su travesía protestante, sin asistencia ni consuelo sobrenatural. ¡Pero bastaría con un momento de sumisión! Con sólo decir interiormente «me someto», con toda intención, el alma quedaría reintegrada a la Iglesia una y católica. Se seguiría un bautismo bajo condición; el primer gozo de una confesión sincera; la verdadera primera comunión; la primera confirmación verdadera; la admisión a la comunión de los santos; certeza absoluta de una fe y culto perfectos; y adiós para siempre a toda duda protestante y opinión humana, con sus inevitables pesares y humillaciones. Decir «me someto» supone el mayor ejercicio de la voluntad humana, porque eleva el intelecto hasta la unión con Dios: la más sublime penetración de la sabiduría eterna.

Arthur F. Marshall
[Traducido por J. E. F.]