ADELANTE LA FE

El sacerdote, mi padre

Queridos hermanos, era una vez un sacerdote que durante los largos meses de enfermedad del padre de familia, acompañó a sus hijos a lo largo de todo el tiempo que estuvo luchando por vivir; les alentó a no dejar de rezar  un solo momento, a no desalentarse por los dictámenes de  los médicos, a rezar continuamente para que se hiciera la voluntad de Dios y todos la aceptaran  con fe, esperanza y gozo. Cuando falleció, el sacerdote les dijo que podían estar en paz porque se había cumplido la voluntad divina en su padre, porque a través de la constante oración, que en ningún momento de los más de tres  meses flaqueó, han visto y experimentado la Providencia de Dios. Ellos han sido instrumentos de la Providencia divina, y pueden y deben sentir la tranquilidad de haber hecho lo que Dios esperaba de ellos; además, el sacerdote les recordó que aceptando de corazón la voluntad de Dios con el fallecimiento de su padre, estaban cumpliendo con el primer mandamiento de la Ley divina: Amarás  a Dios sobre todas las cosas.

Lo que no esperaba el sacerdote es la reacción de los hijos, que le dijeron: El Señor nos ha dejado un nuevo Padre en la tierra. El sacerdote cuando escuchó tal afirmación quedó gratamente sorprendido, nunca en sus años de sacerdote había escuchado tal cosa de  sus feligreses con tal convencimiento. Trató de no dar importancia a lo escuchado  y procuró actuar como si nada hubiera pasado. Pero, aquellas palabras no dejaron de resonar en su interior: Eres Padre. Tienes unos hijos que te necesitan y esperan de ti. El sacerdote empezó a pensar muy seriamente en la palabra Padre que tantas veces se la decían, pero que nunca había reflexionado en ella como en esta ocasión; también es verdad, que nunca se la dijeron con el sentimiento de esta vez.

Sabía que sus nuevos hijos esperaban de él sus consejos, que seguirían fielmente; sus palabras de ayuda espiritual, sus recomendaciones. Así fue, sus hijos espirituales, que lo eran verdaderamente, sintieron la cercanía  y el cariño de su nuevo Padre.

El sacerdote sintió por primera vez desde su ordenación, ya lejana, una responsabilidad desconocida hasta entonces; miró hacia él mismo. ¿Qué sacerdote soy? ¿Estoy preparado para cumplir con mi paternidad? Se ha de suponer que como sacerdote debe estarlo, pero ante una situación como la que se le  presentó, reflexionó sobre si estaba verdaderamente preparado. ¿Cómo era su vida sacerdotal? ¿Cómo era su integridad de vida? ¿Cómo era su vida espiritual? ¿Estaba preparado para dar consejos santos, para guiar en la senda de Jesucristo a sus hijos? La esperanza que habían puesto sus nuevos hijos en él, le llevó a sentir una gran responsabilidad, y sobre todo a esforzarse en su santidad sacerdotal. El sacerdote sabía perfectamente que si no vivía santamente su sacerdocio, pobre, casto y obediente, humilde, fiel a la Palabra de Dios, y al Depósito de la fe, nunca podría ejercer su nueva paternidad sin ser recriminado por el Redentor, que le pediría cuentas el día del juicio del alma, sino ya antes en la tierra.

Comprendió, como nunca, que aunque era un hombre, debía ser por encima de todo un sacerdote de Jesucristo, lo que implica tratar de imitarle. Si bien el Señor compartía con amistades, y comía con publicanos, y se acercaba a pecadores, nunca dejó de ser el que era: el Cristo, el Salvador, el Redentor; en  ningún momento dejó de hacer la voluntad de su Padre celestial: predicar  el Evangelio de vida para salvar a todas las almas. Así el sacerdote, que ha de portarse como tal en todo momento. Esto lo sintió muy bien nuestro amigo sacerdote. Comprendió a la perfección hasta qué  forma debía estar preparado para combatir sin cuartel al mundo, demonio y carne, para ser sacerdote de Jesucristo en todo momento.

¡Cuántos fieles ven a un sacerdote y dicen: ¡No es el Señor! Y piensan: Necesitan más atención que otros hombres. ¡Pobres! ¡Qué mundanos! Son sus miserias. Hay que rezar por ellos.  Tristes y dolorosos pensamientos, que no dejan ser verdad. ¡Cuánto daño hacen los sacerdotes cuando se  olvidan de lo que son, y pretenden pasar como un hombre más, tanto en su forma de vestir, de hablar, de comportarse, de divertirse, de… Los fieles quieren ver a Cristo en el sacerdote antes que al amigo y compañero. Quieren ver al Padre que les aconseje y ayude en sus necesidades, que les guíe en la vida de santidad, que les advierta de los peligros del mundo, de los falsos Pastores que se presentan en la Iglesia bajo grandes cargos de responsabilidad eclesial, quieren encontrar el agua viva de la Palaba divina, pura, cristalina, sin estar enturbiada del error y herejía, quieren ser enseñados en la verdad de la Iglesia, en el Depósito de la fe. Los fieles quieren ser guiados por el camino de la salvación de sus almas.

El sacerdote entendió muy bien lo que esperaban sus nuevos hijos de él, y ello  le obligó a una mayor perfección de vida, a un esfuerzo continuado por su santidad sacerdotal, a una mayor y profunda vida de oración y de unión con Dios.

La Providencia de Dios, que tenía preparado el fallecimiento del padre de familia, también tenía preparado cambios en los corazones de toda la familia, y del sacerdote que los acompañó. Todos formaron un Todo donde la Providencia divina actuó sobre cada uno. Mientras todos estaban pendientes del enfermo, el Señor hacía su plan divino en cada uno de la familia. Y es que cuando los acontecimientos de la vida se ven sobrenaturalmente, según la voluntad de Dios, todo se comprende mejor y se acepta de corazón, y se llega a ver lo que con la mirada natural sólo es una tragedia y desgracia, como un deseo de Dios que hay que aceptar como su santa voluntad, porque es un bien.

El sacerdote es Padre, así debe esforzarse con ahínco. Debe ser reflejo de Cristo, así debe meditar esta obligación con profunda intimidad en su oración y en la celebración de los Sacramentos. El sacerdote es un hombre espiritual, así ha de esforzarse por vivir.

El sacerdote aunque no es el Señor, debería pensar en que debe serlo; al menos nunca debería dejar de esforzarse en ello. ¡Con cuánta más razón el Señor nos pedirá cuenta de los dones que nos ha dado! Nuestro sacerdote se esforzó, y sus hijos sintieron el calor del nuevo Padre que nunca se olvidó de sus hijos, porque nunca se olvidó que era Sacerdote de Jesucristo.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.