ADELANTE LA FE

¿Hemos entrado en el misterio de Jesucristo?

Queridos hermanos, ¿hemos entrado en el misterio de Jesucristo? ¿Han entrado en él? ¿Cómo saberlo?: Por el ardiente deseo de hacer su santa voluntad. Por la firme decisión de cumplir con su Palabra, con sus Mandamientos. Por el decidido compromiso de seguirle casto, pobre y obediente, cada uno según su condición. Por la convicción firme de perder la vida antes de negarle.

Hemos entrado en el misterio de Jesucristo cuando tenemos verdadero temor de Dios, cuando tenemos aversión al pecado, y suplicamos a Dios no pecar más, no ofenderle más; cuando miramos un crucifijo y verdaderamente vemos a Cristo crucificado. Cuando desconfiamos de nosotros mismos, cuando nos vemos como lo que somos, pobres e indigentes que de todo carecemos, porque en todo dependemos de nuestro Salvador.

Hemos entrado en el misterio de Dios cuando no podemos pasar un solo día sin buscarle en el retiro, en el silencio, en el apartamiento del ruido del mundo. Porque cuando uno entra en el misterio de Jesucristo, su vida ya no es la misma, uno ya no el mismo, todo en uno se ha visto transformado, purificado, simplificado, santificado, “castificado”, “viriginizado”.

Hemos entrado en el misterio de Jesucristo cuando el alma anhela la intimidad con el Señor, cuando busca su íntima relación de amor con Él; cuando siente un deseo irrefrenable de amarle, de repararle por tantas ofensas, de consolarle por tanto agravios, de ofrecerle penitencias y sacrificios. Cuando gustosos cargamos con nuestra cruz, y le seguimos a Él cargando con la suya.

Hemos entrado en el misterio de Jesucristo cuando nuestra alma se enternece, y se sumerge en una profunda humildad y piedad y devoción ante los misterios de fe que la Santa Iglesia nos presenta. He ahí el Santo Sacrifico de la Misa. Basta ver cómo se comporta el alma en el Santo Sacrificio para comprender si esa alma ha entrado en el misterio de Jesucristo, o si está dispuesta a entrar.

Entrar en el misterio de Jesucristo es llegar a desprenderse de lo que uno es, es dejar el hombre viejo por el nuevo, es negar nuestros deseos por hacer la voluntad divina, es relegar nuestros gustos por darle gusto a Dios; es privarse, aun de lo  bueno, por amor a Dios, es negarse a uno mismo porque resplandezca en nuestras acciones la voluntad de Dios.

Entrar en el misterio de Jesucristo supone oración, fe, fidelidad a su Palabra y a sus Mandamientos, desprendimiento de uno mismo; supone sacrificio, y muchas veces llanto doloroso y profundísimo dolor cuando llega el momento de dejar la vida de pecado, que tanto placer y seguridad  daba al alma; porque cuando el alma se encuentra con el misterio de Jesucristo ya no puede resistir el más mínimo pecado, ni la más mínima falta.

Hemos entrado en el misterio de Jesucristo cuando rechazamos, con todas las consecuencias, nuestra vida de pecado; cuando por encima de las realidades materiales y humanas ponemos la salvación del alma, por la cual el misterio de Jesucristo se hizo presente. Es el misterio del Amor infinito, es el misterio de la Obra de Redención, es el misterio de su Cuerpo crucificado y su Sangre derramada. Es el misterio velado en la tierra que se desvelará en la Cielo.

No es compatible el misterio de Jesucristo con la vida de pecado. No es compatible el misterio de Jesucristo con el mundo, demonio y carne. Sólo la pureza, castidad, humildad, sencillez, obediencia a la Palabra de Dios, pobreza, desprendimiento, nos encaminan hacia el misterio, nos preparan para el misterio de Jesucristo.

Queridos hermanos, quien les hable del misterio de Jesucristo y no les hable de la renuncia al pecado, al mundo, demonio y carne, no sabe de qué está hablando, o simplemente les engaña. La enseñanza tradicional de la Iglesia bien nos enseña a prepararnos para el misterio de Jesucristo; es la enseñanza que ustedes deben seguir para no apartarse de la verdad de Jesucristo. Nada nuevo nos ha enseñado, todo está en la enseñanza que hemos recibido. Es el hombre quien quiere novedades, y novedades que se alejan de la pureza, de la castidad, y que se sumergen en el mundo, demonio y carne.

Fíjense a su alrededor, cuánto sacrilegio y apostasía dentro de la misma Iglesia; y es que nunca se ha visto, a lo largo de la historia de la Iglesia, que herejes y apóstatas hayan conservado la pureza y castidad, pues todos se han regodeado en el cieno de la carne y del placer del  cuerpo. ¿No es acaso lo que ocurre hoy en día en la Iglesia? Todas las “novedades· que nos quieren presentar como una renovación de la Iglesia, pasan por la relajación moral, por la aceptación de la concupiscencia de la carne. Todos estos desconocen el misterio de Jesucristo, lo desprecian y mancillan.

Entramos en el misterio de Jesucristo, cuando fieles a la enseñanza tradicional de la Iglesia vivimos castamente, humildemente, obedientemente a la Palabra de Dios, santamente; cuando nuestro corazón se aflige al pecar y se llena de gozo cuando se siente perdonado por el amor de Dios en el sacramento de la Penitencia. Cuando deseamos fervientemente hacer la voluntad divina y sacrificar nuestra propia voluntad.

Entramos en el misterio de Jesucristo, cuando deseamos amarle con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.