ADELANTE LA FE

Espectacular curación de un cáncer en Lourdes

Los milagros existen. Los modernistas y racionalistas lo niegan y buscan siempre una explicación natural para negar el poder de Dios. Los milagros no son cosas exclusivas del pasado, se siguen dando hoy. Incluso podemos conocer a personas curadas milagrosamente de enfermedades incurables, sin ninguna explicación natural. Es el caso de TERESA MUNNÉ, curada milagrosamente de un cáncer en Lourdes en 1979 como así lo atestigua 10 años más tarde el arzobispo emérito de Tarragona Mons. Josep Pont i Gol. Antes de relatar el impresionante testimonio vamos a repasar lo que la Tradición de la Iglesia nos enseña sobre los milagros:

El milagro es «un hecho producido por una intervención especial de Dios, que escapa al orden de las causas naturales por Él establecidas y destinado a un fin espiritual» Es lógico que el Creador pueda actuar por encima de las leyes naturales creadas por El mismo, siempre y cuando esa actuación no sea contradictoria. Dios no puede hacer que un círculo sea cuadrado o que lo frío sea a la vez caliente. Pero puede hacer que lo frío se haga repentinamente caliente o que se suspenda por un tiempo la ley de la gravedad. Ahora bien, para realizar esa acción extraordinaria, y tan poco habitual, debe existir un motivo. El milagro pasa así a ser signo de algo que Dios quiere manifestar a los hombres. Los motivos por los que Dios otorga el poder de hacer milagros al hombre son dos:

  • Para confirmar la verdad de lo que uno enseña, pues lo que excede a la capacidad humana no puede ser probado con razones humanas y necesita argumentos del poder divino. 
  • Para mostrar la especial elección que Dios hace de un hombre. Así, viendo que ese hombre hace obras de Dios, se creerá que Dios está con él. 

El milagro y la profecía son los criterios principales para probar que una revelación es verdadera y auténtica. Esos dos criterios son la firma y el sello que pone Dios bajo una verdad, a fin de manifestar y garantizar así la au­tenticidad de esa doctrina como revelada por Él. La religión católica, donde se dan milagros y profecías, es infaliblemente la única verdadera. El milagro y la profecía tienen pleno valor probatorio. Pero para saber que se trata de un milagro o profecía verdaderos, deben presentarse con ciertas características que garantizan su verdad: 

a) La verdad histórica, es decir, debe constar por testimonio fidedigno que se ha verificado ese hecho milagroso o anuncio profético.

b) La verdad filosófica, es decir, debe estar comprobada, que tal he­cho sobrepasa de veras las leyes naturales o que tal anuncio va más allá de las fuerzas de nuestro intelecto.

c)  La verdad teológica, es decir, debe estar demostrado que únicamente Dios puede ser el autor de ese hecho milagroso o de ese anuncio profético.

d)  La verdad relativa, es decir, debe constar que tal milagro o profecía se han hecho con el fin de probar el origen divino de una doctrina. 

TESTIMONIO DE TERESA MUNNÉ SOBRE SU CURACIÓN MILAGROSA

(Trascripción y traducción del catalán de una cinta en que habla la protagonista del milagro hacia principios de los años 1990)

Se llama Teresa Munné y vivía en una masía en Borges del Camp, en Tarragona, con su familia y contó personalmente lo siguiente: «Respecto a lo que os ha dicho el reverendo Doménech os podéis preguntar: “Pero si esta señora no tiene nada…si está tan bien de salud”. Pero si me hubieseis visto, hace años, estaba hecha una calamidad. Hacía siete años que estaba enferma. Me vino a raíz del último parto, de una hija que ahora tiene 18 años. Primero decían los médicos que se trataba de una descalcificación, después me enyesaron de la cabeza a los pies. Sufrí mucho y viendo mi marido que no mejoraba me llevó a un especialista de Barcelona. El doctor Lavilla Galindo me hizo radiografías y diagnosticó un tumor en la médula, sin cura. Me hizo 26 sesiones de radioterapia y luego 26 más profundas, que me dejaron hecha una calamidad.

Yo me decía: “Si la Virgen me ha escogido a mí, ¿por qué no lo he de aceptar?” En los dos últimos años se me abrió una gran llaga. Un día dije a mi marido: ¡siento la espalda toda mojada! Y me respondió: “¡Ay, si tienes un agujero! ¿Cómo puede ser?” En el hospital Juan XXIII de Tarragona me dijeron que no se podía hacer nada, porque la única solución era un injerto, pero, como la carne estaba tan quemada por la radioterapia, ni siquiera se podía intentar.

Estaba siempre con fiebre y del agujero salía un hedor insoportable. No podía ni levantarme de la silla, y cuando estaba en casa, para moverme, me tenía que echar al suelo y caminar como un gatito, agarrándome a las patas de la mesa o de los muebles.

Nosotros vivimos en una casa de campo (masía) en pleno campo, y una noche de diciembre, hace ahora tres años, estaba yo sentada en la cama, porque no podía estar tendida: pues los bultos y agujeros se me reventaban. Mi marido me despertó y me dijo: “¡Qué haces sentada, rezando, con este frío que hace!¡Y aún das gracias a la Virgen! ¿No ves que no existe ninguna Virgen? ¡Venga mujer calla!” Y después pronunció algunas palabrotas, porque mi marido es muy bueno, pero entonces no tenía ni una pizca de fe.

A la noche siguiente me volvió a hablar: “Teresa te has dejado una luz encendida” Y yo le respondí “No, las he apagado todas”. Y vi que de encima del tocador donde tenía una imagen de la Virgen de Lourdes salía una luz. Y le dije: “¡Oh, es la Virgen!” y él contestó: “¡Sí, será la Virgen que habrá venido a verte a ti! Calla, no digas tonterías”. Pero la luz continuaba iluminando la habitación. Él, primero dijo que era la luna, después que las ventanas que estaban mal cerradas. Se aseguró de que todo estaba bien cerrado y, viendo que la luz continuaba brillando y que no la podía tapar de ningún modo, al final me habló: “Teresa, no te has equivocado, es la Virgen que ha venido”.

Yo le dije: “Arrodíllate y recemos las tres avemarías”. Pero como no sabía rezarlas, yo iba pronunciándolas y él iba repitiendo las palabras. Y éste es el mayor milagro, más que el del día en que me curé en Lourdes: Ver rezar a aquel hombre que no creía, a aquel hombre que blasfemaba. Durante más de 15 días se nos apareció la luz, y nosotros rezábamos a la Virgen…

Se lo conté al sacerdote y me respondió: “Esperaré a que venga tu marido, porque tú tienes tanta fe que quizás te parece que la ves”. Y habiendo hablado con mi marido, al final le dijo mi esposo: “¿Y usted no se cree lo que le ha contado mi mujer y eso que es sacerdote?” y le contestó el sacerdote: “Ahora sí que me lo creo, porque tú no creías y ahora te veo alabando a la Virgen”. Sin embargo mis hijos eran reacios y decían: “No teníamos bastante con ver trastornada a mamá que ahora lo está también papá”. Y estaban muy desmoralizados.

Al llegar el mes de Mayo, una noche en que yo rezaba el mes de María tuve un sueño maravilloso en que veía a la Virgen que me decía. “Ven a Lourdes, que al segundo día serás muy feliz”. El sueño se repitió varias noches y siempre la Virgen me decía lo mismo. Así que se decidieron a dejarme ir a Lourdes con la peregrinación que se hace cada año.

El sacerdote encomendó a los encargados. “Vigiladme a Teresa, que me parece que este año pasará algo al segundo día”. Mi hijo que está casado y que vive en Riudecanyes me vino a buscar con el coche para llevarme a Tarragona y una vez en la masía pudo ver a través de un espejo la llaga tan terrible que tenía y que mi marido me estaba curando. Fue cosa de Dios, para que aquel hijo que era muy incrédulo pudiera ver la gran llaga que yo tenía. Se espantó y dijo a su padre: “¿Y así quieres dejar ir a mamá a Lourdes? ¿No ves que se morirá allí? ¡Ya tiene razón ella, que no volverá!”

Yo cogí la caja de las gasas y se la di a mi hijo al tiempo que le decía: “Hijo mío ten esta caja de gasas; porque si mamá vuelve de Lourdes ya no la necesitará más, porque estará curada. Y si no vuelve, desde el Cielo rogaré por vosotros para que creáis en Dios y en la Virgen. Mi felicidad sería que creyeseis y que no os burlaseis de las cosas santas”. Y al llegar el día de la partida, me subieron al tren de los enfermos en una camilla y fui hacia Lourdes sola sin ningún familiar. Mi marido me despidió llorando, pero con una clase de llanto como si fuese de alegría. Yo sólo decía: “¡Esperadme Virgen santa que ya voy!… ¡Que se haga Vuestra Voluntad!”.

Las enfermeras me iban curando durante el viaje y se asustaron al ver que la fiebre me subía y que la llaga olía muy mal. Incluso el señor obispo que iba con la peregrinación me vio, se acercó y percibió aquel terrible mal olor. Con el traqueteo del tren la llaga aún supuraba más.

Una vez llegada a Lourdes, en sueños, la Virgen me dijo: “¡Hija mía, el segundo día de estar en Lourdes serás tan feliz…!” Yo no me atrevía a decir nada a nadie pues pensaba: “¡Ay Señor si soy tan poca cosa!”. La hermana Primitiva del seminario de Tarragona, que me cuidaba me llevó al altar de santa Bernardita y allí me sobrevino un sueño muy pesado y vi a la Virgen, que es muy preciosa, y que me dijo por tres veces: “Ya ha llegado el día, baja a las piscinas que allí te espero”. Yo permanecía con los ojos abiertos, pero estaba inconsciente.

Las enfermeras se alarmaron y decían: “¡Teresa se muere, ya no tiene pulso!”. Poco a poco volví en mí y decía que me había mareado porque no me atrevía a decir que había visto a la Virgen ¿Quién soy yo pobre de mí? Dije a una de las enfermeras: “Llevadme a las piscinas”, a lo que me respondió: “¡Bien estás tú para ir a las piscinas!. ¿No ves que no puede ser? Hace sólo un momento que te morías y ahora ¿quieres ir a las piscinas con la lluvia que cae? Mira, mañana nos toca a nuestra peregrinación. Mañana irás”.

Y yo pensaba: ¿Si es hoy cuando me espera la Virgen cómo podré esperar a mañana? Entonces me encomendé a la Virgen diciéndole: Ay Virgen María, ya que queréis que vaya a las piscinas, ¡no me desamparéis!¡Haced que pueda llegar de un modo u otro! Y con ayuda de dos camilleros pude ir a los lavabos caminando de aquella manera penosa. Nadie se dio cuenta de que faltaba, porque éramos unos cincuenta enfermos y sola como estaba fui hasta las piscinas y llegué allí a las 4, sin ayuda de nadie, sólo llevaba la Virgen con el Rosario que me sostenía.

Entonces ya cerraban las piscinas porque más arriba ya hacían la procesión con el Santísimo. Me encontré con un señor de Tarragona que era camillero y que me dijo: “¿Cómo te has atrevido? Ya trataré de ayudarte. Se lo preguntaré a aquel señor francés”. Y aquel señor, inexplicablemente, al decirle que había una señora que tenía necesidad de bañarse le dijo que pasase. Las enfermeras de las piscinas se habían vestido para irse. Y con la ropa que llevaban puesta me sumergieron en la piscina. Cuando vi que me ponían la túnica y me ayudaban a meterme en el agua, ¡qué feliz me sentí! Yo sólo decía: “¡Virgen María haced de mí lo que queráis, soy toda vuestra, lo acepto todo, lo sufriré todo, solo pido que haya Fe en mi casa; porque cuando yo me muera ¡que quedará en aquella casa tan fría! ¡No se rezará ni un Rosario! ¡Dales la fe a los de mi casa…!”

Las enfermeras se dieron cuenta de lo que me pasaba y rezaron unas oraciones en francés. Yo no sabía ni qué hacía ni qué decía, sólo sabía que se había podido cumplir lo que la Virgen me había mandado: ir a las piscinas. Me pusieron en una silla de ruedas y me llevaron hacia la explanada. Allí todos se asustaron cuando me vieron. Al cabo de un momento veo que las piernas se me mueven y que si me las pellizco las siento. Y digo a una enferma que tenía al lado, que era de Mora: “¡Paquita, la Virgen me ha curado!” y ella me contestó: “¡Calla, no digas tonterías!”. “Y ahora no te levantes que te romperías la cabeza contra uno de estos carritos”. Grité: “¡Que venga un médico, que venga una hermana, que venga el que sea, porque la Virgen me ha curado! Vino la hermana Primitiva que es muy disciplinada y me dijo: “¡Tan obediente que eras siempre y este año este desespero! ¡Vamos hacia el hospital!”.

Fuimos allí y cuando estábamos en el segundo piso la hermana me dijo. “¡Basta!, ahora te daré un calmante, que todo lo que tienes es un ataque de nervios; hoy a dormir sin cenar, que estás muy inquieta”. Yo le dije: “Hermana, ¡sáqueme las gasas, que estoy curada! Ella me levantó la ropa y vio las gasas empapadas de pus y porquería y no se creyó que estuviera curada. Me dijo: “Voy a buscar el maletín y te curaré ahora y ¡ya basta de hacer comedia! Mientras tanto subió el señor arzobispo. La hermana arrancó las gasas, e incluso manchó la colcha de pus y sólo dijo: “¡Virgen María, qué milagro¡ ¡Estás curada hija mía! El señor arzobispo estaba blanco, emocionado, y me decía: “¡Teresa tú has sido la flor escogida” ¿Qué habrá visto la Virgen en ti?” Yo le dije que yo no le pedía mi curación, sino la de la mi familia, ¡que tuviesen fe!.

El tren que nos llevaba llegó a Tarragona antes de la hora. Cuando vi que llegaba el coche de mi hijo con él mismo y mi marido, la hermana ya no me pudo sujetar. Bajé corriendo las escaleras del vagón que cinco días antes había subido en camilla y me eché encima de él diciéndole. “¡Hijo mío, aquí tienes a tu madre, la Virgen te la devuelve curada!

Mi marido ya se lo esperaba, pero mi hijo no, y me tocaba arriba en la espalda y me decía: “¿Dónde está aquel agujero que te vi el día que te fuiste?”. No sé cómo pudimos llegar a la masía con mi hijo conduciendo con aquella emoción tan grande que tenía. Al día siguiente hizo tres o cuatro viajes más a nuestra masía y me decía: “Mamá, siéntate, mamá levántate”. Y cuando me veía curada del todo no sabía lo que le pasaba…Y cuando veo que mi familia ha recuperado la Fe perdida doy gracias a Dios tanto y más aún que por mi propia curación».

Javier Navascués

Javier Navascués

Ha trabajado como redactor en el Periodico de Aragón y Canal 44 de Zaragoza y como locutor y guionista en diferentes medios católicos como NSE, EWTN, Radio María etc…y últimamente en Agnus Dei.