ADELANTE LA FE

Estar bien formados nos facilita mucho la salvación

En estos tiempos en donde la confusión y el error ponen en peligro la salvación de nuestra alma es muy importante que los católicos nos formemos de manera sólida y recta, con una buena filosofía y teología. Es algo muy saludable para nuestra santificación y para llevar a muchas personas a Dios. Si no estamos bien formados en los grandes ideales católicos es muy fácil caer en el indiferentismo religioso o dejarse seducir por las ideologías e incluso por las sectas.

Fernando Suárez, profesor de la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino es licenciado en Filosofía. Imparte clases de Perspectiva Filosófico-Pedagógica y Epistemología e Historia de las Ciencias Sociales. Nos explica en esta entrevista los criterios para discernir entre la recta filosofía, que nos lleva a Dios, de las ideologías que ciertamente nos alejan de él y son un gran obstáculo para nuestra salvación.

¿Por qué toda sabiduría humana dimana de la Sabiduría Eterna?

Saber es algo profundo. Un animal, por ejemplo, conoce; pero es completamente incapaz de sabiduría. Por su parte Dios es el infinitamente sabio. El hombre, entonces, gracias a su capacidad de apertura al ser, tiene una tensión hacia el saber total. Por ello se equivocaba Kant cuando pretendía recortar las pretensiones de la razón más allá de lo empírico. El hombre puede y desea conocerlo todo. Por supuesto, nunca tendrá en stricto sensu la categoría de sabio, y esa es la razón por la que, interrogado por el tirano Leonte acerca de su oficio, Pitágoras le contesta: Sabio no soy, sino filósofo. Es decir, soy un amante del saber. Esto explica la relación de la Filosofía con la Sabiduría como una pasión nunca satisfecha de conocer la verdad.

Este hecho nos ilustra sobre la dependencia del filósofo con respecto a las verdades divinas. Ni siquiera el filósofo más ateo puede abandonar la tópica teológica en sus consideraciones, que es la cúspide del saber (Aristóteles, Metafísica). Nietzsche y Sartre, cuyas filosofías podrían calificarse más apropiadamente como   discursos ideológicos, están obsesionados con la existencia de Dios, y todo su esfuerzo se encuentra en derivar su “filosofía” a una Antiteología. Sartre lo dice expresamente: parto de la base de que Dios no existe. El existencialismo ateo que yo represento es más coherente que el pensamiento de tantos otros, afirma, y esta coherencia significa que la inexistencia de Dios implica la total libertad del hombre. Gravísimo error que Sartre pagó con la pérdida total de su libertad personal, la esclavitud de todos los vicios y una muerte miserable, como atestiguó su inseparable compañera Simone de Beauvoir en Las ceremonias del adiós.

El saber humano, conocimiento aquilatado, saboreado por la razón (de aquí viene sabiduría, del vocablo latino sapere=inteligencia y buen gusto) es como un río que desemboca en el mar de la ciencia divina. Abundan los ejemplos históricos de pensadores honestos que han sido llevados por la reflexión filosófica a la conversión, como es el caso de San Agustín que, de la mano del “Hortensius” de Cicerón (un libro hoy desaparecido) fue abandonando las supersticiones en las que había creído en otros tiempos y su razón fue sanando y predisponiéndose a la fe. Para mencionar un personaje contemporáneo que me es muy querido por ser compatriota y mártir, Jordán Bruno Genta abandonó sus convicciones marxistas y abrazó el catolicismo después de leer a Platón y Aristóteles en su retiro forzado en la Provincia de Córdoba durante una convalecencia. Es en este sentido que Santo Tomás decía que el saber filosófico puede constituirse en prolegomena fidei (los antecedentes que llevan a la fe).

No se explicaría, si esto no fuera así, la pertinaz insistencia de la filosofía postmoderna en negar toda verdad. Si se reconoce la verdad, ésta lleva a las puertas del mundo sobrenatural. Por el contrario, la corrupción intelectual y el relativismo absoluto es el peor obstáculo para el pensamiento que busca a Dios. También esto explica el hecho de que, a pesar de que la Iglesia Católica parece estar de rodillas ante el mundo moderno, sus enemigos no estarán conformes hasta reducirla a cenizas. Cualquier católico que continúe siendo testigo de la verdad es un peligro muy real y muy concreto para una civilización corrompida.

¿Por qué es tan importante pensar rectamente?

La rectitud en el pensar es fundamental porque las acciones humanas se conducen de acuerdo a las ideas que tenemos en la cabeza. El pensamiento del hombre debe respetar la verdad, y su voluntad no debe querer otro bien, que el que coincide con la verdad. La ética enraíza en la metafísica, y no al revés. A su vez, todo este saber depende de la Fe. Esta jerarquía y orden de prelación no es ni caprichosa ni casual, y la explicación se encuentra en la dignidad de sus objetos. La Fe tiene a Dios como centro, y, por tanto, la teología que reflexiona sobre ella debe ser teocéntrica. La metafísica, por buscar la Causa de todo ser, apunta también al Creador Increado, y al Ipsum Suum Esse, la Subsistencia Misma, o Dios. Por lo tanto, toda la filosofía enseña al hombre a comportarse acorde a Quien le ha dado origen.

La inteligencia alcanza sus mayores logros en las personas moralmente buenas. Esta rectitud proviene, desde un punto de vista filosófico, de los primeros principios que rigen el pensar y el ser, fundamentalmente, del principio de “no contradicción”, como nos lo ha recordado últimamente Richard Williamson (2015). Tanto es así, que cuando Santo Tomás quiere buscar un ejemplo de corrupción ética comparable a la destrucción de los principios metafísicos, habla de la homosexualidad. La lógica de nuestro pensamiento debe respetar la ley natural que rige la creación, so pena de caer en la peor de las abominaciones. Cuando el pensamiento humano se pone en contra de la ley natural (en sus dos dimensiones: metafísica y ética), entonces produce una filosofía viciada desde su mismo origen, y este saber maldito justifica todas las aberraciones. No es extraño que la época que legaliza e idealiza la sodomía, sea la misma que promociona la abolición total de los principios metafísicos supremos. Ahora bien, para pensar rectamente, es preciso remover todo obstáculo moral que se interponga en el camino de la investigación. Josef Pieper en El ocio y la vida intelectual da a este respecto, un criterio que es absolutamente válido para discernir la rectitud del pensar: el filósofo antes de enfrentarse con la realidad, debe hacer ineludiblemente una opción intelectual. Esta opción es, sin lugar a dudas, una decisión moral.

¿De qué modo la recta filosofía lleva a Dios?

Puesto que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, el logos humano se mueve más libremente cuando es guiado por el Logos divino. Aun los filósofos paganos, que podríamos decir que han “profetizado” a Cristo desde la sabiduría humana, lo han presentido. El filósofo Heráclito de Éfeso, a pesar de sus errores cosmológicos, sin embargo, ha intuido un Logos que conducía el universo al orden. Anaxágoras de Clazomene creía que el Nous (Mente), hacía germinar las “semillas” del ser desde la materia caótica. Platón decía que todo el universo participaba de la idea del Bien, y Aristóteles que Dios era “Pensamiento de pensamiento”, o pensamiento que se pensaba a sí mismo, cosa asombrosa que lo eleva al plano de teólogo consumado.

Sólo le faltó saber que Dios es Trino. Por nuestra parte, y gracias a la Revelación, nosotros sabemos que Cristo, el Logos eterno, es expresión e imagen perfecta del Padre. Es su Pensamiento, su Plan, en base al cual Dios creó todas las cosas y también las inteligencias capaces de conocerlas. El diseño del universo entero es un reflejo de la Ciencia Divina, de la Sabiduría que es el Verbo mismo de Dios. Por lo tanto, el hombre que busca el saber por el saber mismo, no puede sino encontrarse con Dios. En tiempos en que el famoso astrofísico Stephen Hawking tenía una actitud más ecuánime en sus indagaciones filosófico-científicas, llegó a afirmar que quien lograse averiguar cómo se originó el universo, podría   llegar a “conocer el pensamiento de Dios” (Historia del Tiempo). Esta expresión no se halla tan lejos de la doctrina paulina del Dios revelado en sus creaturas (Rm. 1,20).

¿De qué manera la buena filosofía complementa la teología?

En esta perspectiva podemos hablar de una Filosofía que complementa a la Teología. Pero pienso, en línea con las afirmaciones de León XIII, que no hay filosofía ni teología superiores a las escolásticas, y que de todas las posibilidades que el Medioevo nos ofrece, ninguna es mejor que la tomista, porque es la que más ha favorecido el dogma cristiano. Santo Tomás no dudaba en llamar a la Filosofía ancilla teologiae, título honorífico, si consideramos que esta esclavitud significa estar totalmente al servicio de la causa de la fe. Sin esta servidumbre, la opción intelectual está siempre en riesgo, porque nuestra razón no está libre de las veleidades de una naturaleza herida.

Los servicios principales que la filosofía cristiana ha dado a la teología católica son del orden terminológico y temático. En cuanto al lenguaje, una recta filosofía permite que los teólogos acuñen conceptos lo más cercanos posibles a las realidades misteriosas de la fe. Así, por ejemplo, durante el primer milenio cristiano, la filosofía patrística permitió distinguir las naturalezas de Cristo, y sus operaciones para resolver los múltiples errores que los heresiarcas proponían en cuanto al dogma cristológico. El dogma trinitario también difícil de definir, encontró en las nociones de sustancia y persona que le ofrecía la filosofía griega, las herramientas conceptuales que le permitieron expresar el misterio, sin la pretensión de una explicación racionalista.

El tomismo, sin embargo, fue la coronación de todos estos esfuerzos. El dogma de la presencia real de Cristo en la Santa Eucaristía encontró en el aristotelismo tomista una aliada insustituible. La explicación que daba Aristóteles de la distinción metafísica de sustancia y accidentes permitió acuñar el término teológico “transustanciación” por el cual se volvió más comprensible el cambio del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo. Será por ello que este término tiene tan pocos adeptos entre los filósofos y teólogos modernistas.

¿Cuáles son las principales escuelas filosóficas avaladas por la Tradición de la Iglesia?

La Iglesia sólo puede aceptar la ayuda de una racionalidad abierta a la verdad. Abrir la razón, en esta perspectiva, implica que ésta responda a determinadas intuiciones metafísicas y religiosas. Si estas intuiciones, que pueden ser simplemente filosóficas o míticas, son ayudadas por la Revelación, se produce el credere ut intelligas (creo para entender) agustiniano que en su momento fomentó la construcción de una civilización cristiana, nacida de las cenizas de la caída de Roma.

Es por ello que no podemos acordar con ciertas líneas que han partido del magisterio de los papas conciliares. En efecto, desde los sesenta en adelante, la apertura de la Iglesia al Mundo ha conllevado también una liberación de las sabias restricciones que el Magisterio siempre había impuesto a filósofos y teólogos cristianos. En este sentido, y en perfecta consonancia con el Syllabus de Pío IX, y todas las encíclicas antimodernistas de los papas anteriores al Concilio Vaticano II, no podemos considerar que la Iglesia permita filosofías que enraícen en el pensamiento moderno. Puede, sin duda, haber una discusión fructífera, para aclarar mucho más sus errores, pero no tomar principios de esas filosofías que son netamente anticristianas.

Por ello, el “personalismo” al que han adherido muchos católicos en la esperanza de que podría servir como una “ontología sustituta” a la metafísica escolástica, por referirse a un ser tan concreto como el hombre, ha sido el peor error filosófico de la Iglesia postconciliar, pues ha cedido terreno en muchos aspectos claves de la doctrina cristiana de la envergadura de la realeza social de Cristo, el derecho privilegiado de la Verdad revelada a ser difundida y la lucha contra el Mundo. Verdades que eran rechazadas por la nueva sirvienta orgullosa y mercenaria de la teología católica conciliar.

¿Por qué si la filosofía no es recta aleja de Dios y hace perder la fe?

Se desprende de lo anterior: una mente orientada hacia la Verdad moverá a la voluntad hacia el Bien. Y en tanto que deseosa del Bien, desde la voluntad brotarán nuevos bríos para investigar la verdad. Sin la prudencia, virtud que envuelve al mismo tiempo ambas dimensiones, aunque la primera, la intelectual, es la primordial, no se puede hacer recta filosofía. Dice Williamson que la falta de prudencia filosófica es la razón de la locura moderna. La gente está loca, pero no desde un punto de vista psicológico. Las masas están ideológicamente perturbadas, pues ven la realidad desde su enajenación intelectual y su falta de espíritu crítico. Esto se debe a su amor desmedido por la libertad. Aman su libertad y odian la Verdad, sin entender que la Verdad es más importante que la libertad.

¿Cuáles han sido las corrientes filosóficas más dañinas para la cristiandad?

El Conceptualismo y el Nominalismo que establecen la filosofía inmanentista de la Modernidad, ya porque se restringe la esfera de la realidad a las meras representaciones mentales como es el caso del Conceptualismo; ya porque elimina toda realidad, en cuanto la limita su mera percepción (esse est percipi, según Berkeley: ser es ser percibido), y por lo tanto a la experiencia subjetiva de lo empírico, son las únicas filosofías con prestigio en la actualidad. Y el origen de ambas se encuentra sobre todo en el pensamiento de Occam (Ockham). Por lo tanto, el occanismo y su famosa navaja, ha sido la filosofía más deletérea de todas.

Podemos decir que las cosas empeoraron no tanto por los desarrollos de la Filosofía Moderna misma, sino por la ausencia de aquello que hubiera podido impedir sus peores efectos. El pensamiento moderno no sería tan difícil de combatir si no fuera por la censura que lo protege, como lo dice también Williamson. En efecto, así como en la Cristiandad, la Iglesia había establecido unos límites a la discusión filosófica y teológica, censura que era completamente justificada, por la previsión del Magisterio acerca de las consecuencias de la difusión de la mala doctrina, hoy nos encontramos con la censura contraria: el pensamiento recto es impedido en forma directa o indirecta, ante todo por la formación de una opinión pública por parte de los medios, que como es evidente, están en manos de los enemigos de la Iglesia.

¿Cómo podemos discernir la recta y buena filosofía de la que es perjudicial?

La mala filosofía “muestra la hilacha”. Después de la Revelación, no hay buena filosofía que no lleve como sello la fe en Cristo, y su interpretación católica. Por supuesto que es lícito también conocer y leer a los autores precristianos, ya que se trata de una filosofía limpia de oposiciones a la verdad revelada, aunque habría que hacer distinciones. Toda la filosofía posterior a Aristóteles suele estar viciada por el escepticismo estoico y epicúreo. Habrá que esperar a Plotino para ver resurgir una filosofía valiosa.

Pero la filosofía posterior ya contiene los gérmenes de la secularización que se desató en la Modernidad: los filósofos judíos y los musulmanes del medioevo fueron discutidos profusamente por Santo Tomás de Aquino, con lo cual los criterios para el discernimiento de sus doctrinas las encontramos en los escritos del Santo Doctor. Luego de Santo Tomás son pocos los aportes al saber filosófico en línea con la Philosophia perennis. La escolástica tardía tiene elementos que van anunciando la futura rebelión.

Por supuesto que todos los autores comprendidos en el racionalismo, empirismo, idealismo (trascendental kantiano, subjetivo, objetivo, absoluto hegeliano, y neokantiano), todos los materialismos (marxista, positivista, biologicista nietzscheano), el positivismo y el neoposivismo o empirismo lógico del Círculo de Viena, la filosofía analítica wittgensteiniana, las epistemologías popperiana, kuhniana y lakatosiana, el vitalismo bergsoniano, las fenomenologías y sus derivados (la idealista husserliana, la heideggeriana de la primera etapa, el antihumanismo de la segunda etapa, la hermenéutica del último Heidegger), el neomarxismo gramsciano y frankfurtiano, el psicoanálisis de Freud y sus discípulos, el existencialismo y los personalismos ateos y  “cristianos”, Lacán y los estructuralistas y postestructuralistas, los postmodernos, Levinás, Michel Foucault,  Habermas y su propuesta neoiluminista, Apel y la teoría de la acción comunicativa, son todas ramas de un mismo tronco que es la Filosofía de la Inmanencia, que se han bifurcado, reunido y diversificado en distintos momentos y formas. No sólo parece algo planeado para una destrucción sistemática de la verdad, sino que sin duda lo es, y la masonería no está lejos de ser una de las principales actrices de esta tragedia.

En general lo que podemos encontrar a simple vista en las obras malas, por si acaso nos topamos con alguna y no tenemos la posibilidad de saber la inspiración del autor, hay un buen número de características que pueden estar en un mismo libro de modo, incluso, contradictorio:

-Críticas despiadadas a la Iglesia Católica.

-Pertenencia a otras denominaciones que se llaman cristianas o a sectas.

-Antitrinitarismo.

-Racionalismo que se reconoce por una mención obsesiva de la razón humana, sin apelaciones a la fe, ni a la doctrina de la Iglesia.

-Empirismo exacerbado, en el que se denosta el conocimiento racional, y se exagera el conocimiento experimental

-La cita elogiosa del pensamiento marxista o psicoanalítico.

-La exaltación del iluminismo y de la Ilustración.

-El rechazo por el Antiguo Régimen.

-La Edad Media denostada o tachada de oscurantista.

-La duda respecto a dogmas católicos.

-La desesperación.

-El ataque antihumanista.

-El ecologismo.

-La cita a otras tradiciones culturales y religiosas parangonadas con la Iglesia o con desprecio de Ella.

-El ateísmo explícito o sugerido.

-El materialismo.

-El espiritualismo exacerbado.

-El cientificismo.

-El hedonismo.

-El fideísmo.

-El inmaterialismo y fenomenismo.

-La crítica a las ideas metafísicas clásicas.

-El relativismo moral.

-El antropocentrismo.

-El desprecio por el sentido común y por la noción clásica de realidad.

-El lenguaje impío de sus autores.

Creo que estos son algunos criterios sencillos y válidos para seleccionar entre los libros que escogeremos para nuestra formación.

A modo de colofón, ¿qué consejo nos daría para pensar rectamente y estar bien formados?

Sólo recomendar algunos buenos libros: nuevamente, los catecismos y las encíclicas antiguas son ya de algún modo obras filosóficas y teológicas, así que son por supuesto, mi primera recomendación. En ellas no hay ningún veneno, y los papas han tratado todos los temas con gran rigor. Luego, obras teológicas que suponen la filosofía cristiana, como las de Garrigou-Lagrange o Royo Marín. De los filósofos neotomistas, el más recomendable es Josef Pieper. Contemporáneos nuestros: Mariano Artigas y Leonardo Polo. Jordán Bruno Genta, Hugo Wast y el Padre Castellani, entre mis paisanos. Obras literarias de valor filosófico realista: las de Dostoievski, Tolkien y Lewis.

Pero, sobre todo, es necesario animarse a profundizar los estudios filosóficos, y por tanto abordar la lógica y metafísica clásica. Hay que leer con sentido crítico las obras de Platón, Plotino y Aristóteles. Y al mismo Santo Tomás de Aquino, con la reverencia que corresponde al máximo Doctor de la Iglesia. No hay mejor forma de reforzar nuestro pensamiento católico.

Javier Navascués

Javier Navascués

Ha trabajado como redactor en el Periodico de Aragón y Canal 44 de Zaragoza y como locutor y guionista en diferentes medios católicos como NSE, EWTN, Radio María etc…y últimamente en Agnus Dei.