ADELANTE LA FE

Evangelización pervertida = perros mudos

Mientras el trabajo evangelizador –la búsqueda de conversiones a la Verdadera Fe- ha sido siempre el toque de nuestra catolicidad, Jorge Mario Bergoglio en una de sus famosas entrevistas concedidas a Scalfari, afirmó que «el proselitismo es una solemne tontería».

Siguiendo esa lapidaria afirmación, muchas de las órdenes y congregaciones misioneras de la Iglesia, y muchos de los movimientos y asociaciones seglares ya no tendrían razón de ser.

Para quienes estamos inmersos en el apostolado evangelizador católico desde hace mucho tiempo, esa afirmación no es nueva, y por lo tanto no resulta un exabrupto, sino la confirmación pontificia de un proceso que se vino desarrollando muy particularmente desde finales del Vaticano II, aunque iniciada ya en el siglo XIX.

1. «Anunciar el Evangelio a toda criatura»

Podríamos decir que la consigna dada por Nuestro Señor Jesucristo a su Iglesia es la de: buscar, primero el reino de Dios y su justicia, y lo demás vendrá por añadidura[1], es que el compromiso temporal surge automáticamente en cuanto se vive el eternal en su plena dimensión humana.

En el Monte de los Olivos aquel día de su Ascensión a los Cielos, el Señor mandó a su Iglesia:

«Id por el mundo entero, predicad el Evangelio a toda la creación. Quien creyere y fuere bautizado, será salvo; mas, quien no creyere, será condenado».[2]

La Iglesia naciente, fiel a la sentencia dada por Nuestro Señor Jesucristo a sus discípulos no lo vio de otra forma, y actuó de acuerdo a ese inexcusable mandato.

De ahí que ante el problema de la naturaleza del trabajo de la Iglesia que se presentó ya en sus inicios, los Apóstoles clarificaron las prioridades de su apostolado, como podemos leer en los Hechos de los Apóstoles (6, 1-6).

El claro e inequívoco juicio que emitieron los Doce fue:

«No es justo que nosotros descuidemos la palabra de Dios para servir a las mesas».[3]

Nótese la importancia primordial que ya los Apóstoles atribuyen al ministerio de la predicación evangélica, aún por encima de la atención de los pobres. Recordemos la célebre exclamación de San Pablo: ¡Ay de mí si no predicare el Evangelio! [4]

Primero: el trabajo esencial y característico de la Iglesia, la comunicación del Evangelio.

Segundo: el cuidado y la recuperación de los hermanos más débiles.

Tercero: el cuidado de las necesidades materiales.

Así, el anuncio explícito del Evangelio siempre ha sido el trabajo principal de la Iglesia, siendo por lo tanto los demás servicios, apostolados secundarios.

Consecuentemente, entre sus deberes, un bautizado tiene también la obligación de evangelizar. La Sagrada Biblia nos recuerda que nuestra nobleza de cristianos nos obliga al apostolado:

«Pero vosotros sois un linaje escogido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo conquistado, para que anunciéis las grandezas de Aquel que de las tinieblas os ha llamado a su admirable luz».[5]

Incluso los Papas postconciliares insistieron en el deber de la evangelización, así Paulo VI en 1974 convocó a un Sínodo de Obispos que trató el tema de la evangelización en el mundo contemporáneo, y Juan Pablo II reiteradamente llamó a la re-evangelización de Europa y a una nueva evangelización.

El mismo Papa Wojtyla escribió la carta encíclica Redemptoris missio, sobre la permanente validez del mandato misionero.

Empero, ya en la década de los 1970 el fundador de la Legio Mariae afirmaba lo siguiente:

¿Cómo es posible pues, que los católicos lleguen a eximirse de lo que Jesús tan encarecidamente les mandó? La única explicación es que consideran a los no católicos como si estuvieran bien donde están. Pero en esta explicación se da el fallo fatal de que tampoco muestran inclinación alguna a convertir a los no cristianos.

Cualquiera que sea la concepción que del Catolicismo puedan tener aquellos que no trabajan por la conversión de los demás, su política se ha impuesto por ahora en la Iglesia.

Yo pregunto: ¿Qué efectos están produciendo estos sacerdotes en los católicos? Contestación: los están destruyendo. Los están pervirtiendo. Si observamos este criterio en el pastor, ¿cuál será el del rebaño? En tales circunstancias, el Catolicismo sólo podría sobrevivir como una creencia parcial sin ninguna confianza en sí mismo. Si la mayoría no se apartan de la Iglesia, pronto lo harán.

Estas cosas demuestran indiferencia por las almas, y los que las perpetran son barrera para la Iglesia. Estos dicen “PARAD”, donde Jesús dice “ID”. [6]

Hemos atribuido al presente declive del catolicismo al alejamiento de su propio fin primario para aplicarse a la perfección mundana del hombre… Ha asumido con el Vaticano II la toma directa de partido en el perfeccionamiento temporal, y así ha intentado hacer entrar el progreso de los pueblos en la finalidad del Evangelio.[7]

2. Sólo la Iglesia Católica contiene la plenitud de la verdad.

Las sectas falsas alegan que han surgido por obra del Espíritu Santo, se dicen inspiradas y proféticas, dicen realizar «sanaciones de enfermos, tienen el don de lenguas», una parodia de lo ocurrido en Pentecostés, ya que entonces, los apóstoles hablaron auténticas lenguas a gentes de otras nacionalidades. Se repite el caos de Babel y no el de Pentecostés.

Y son esos grupos sectarios los que verifican, especialmente en los países de mayorías católicas, una permanente labor proselitista, muy ajena a la evangelización auténtica.

Sin embargo, en contra del deber evangelizador de la Iglesia, argumentan los modernistas, que las otras religiones tienen algo que enseñarnos y que es preciso que las escuchemos para así aprender de ellas.

No obstante el llamado de los Papas del siglo XX al ejercicio del apostolado por parte de los laicos, y no obstante el surgimiento de asociaciones y movimientos misioneros y evangelizadores, hemos tenido uno de los laicados más mediocres de la humanidad.

Los laicos en grandísima parte, han organizado el protestantismo que paraliza a la Iglesia católica en tantas naciones. El comunismo ha creado el imperio más grande de la historia, el gran imperio rojo, y el comunismo está constituido sólo por laicos.[8]

Los bautizados, llamados a ser apóstoles por su condición de miembros del Cuerpo místico de Cristo, se constituyen hoy más que en un ejército para conquistar el mundo para Cristo, en una masa amorfa, o muerta.[9]

Distinguió claramente el Papa Pío XII: «Pueblo y multitud amorfa, o, como suele decirse, masa, son dos conceptos diferentes. El pueblo vive y se mueve por su vida propia; la masa es de por sí inerte y sólo puede ser movida desde afuera. El pueblo vive de la plenitud de vida de los hombres que lo componen, cada uno de los cuales, en su propio puesto y según su manera propia, es una persona consciente de su propia responsabilidad y de sus propias convicciones. La masa, por el contrario, espera el impulso del exterior, fácil juguete en manos de cualquiera que explote sus instintos o sus impresiones, presta a seguir sucesivamente hoy esta bandera, mañana otra distinta».[10]

Hay que infundir en cada bautizado una mística de conquista alma por alma, de corazón a corazón. Fue la táctica de los primeros cristianos. Es la de las ideologías, la de las sectas, y es la de los jóvenes, ellos, sin advertirlo arrastran a sus compañeros al vicio y a la incredulidad.

«En la lucha contra el materialismo, se ha de lanzar esta consigna obligatoria: volvamos al cristianismo de los orígenes. Los cristianos de los primeros siglos se opusieron a una civilización pagana y materialista que se enseñoreaba sin oposición. Se atrevieron a atacarla, y al final, se impusieron, gracias a su tenacidad constante y mediante gravísimos sacrificios».[11]

III. Perros mudos

El apostolado evangelizador exige también el deber de hablar: No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio.[12] Nuestro Señor no nos manda a convertir, sino a predicar el Evangelio. Evangelizar no es disputar con nadie, la evangelización es un mandato divino, es la voluntad de Dios: el cual quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.[13]

«¿Cómo invocarán a Aquel en quien no han creído? Y ¿cómo creerán en Aquel de quien nada han oído? Y ¿cómo oirán, sin que haya quien predique? Y ¿cómo predicarán, si no han sido enviados? según está escrito: “¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian cosas buenas!”  Pero no todos dieron oído a ese Evangelio. Porque Isaías dice: “Señor, ¿quién ha creído a lo que nos fue anunciado?” La fe viene, pues, del oír, y el oír por la palabra de Cristo».[14]

Vivimos en un mundo paganizado en el que imperan las ideologías: «Nos encontramos en un mundo que ha recaído casi en el paganismo».[15] «El laicismo ha hecho aparecer cada vez más claras las señales de un paganismo corrompìdo y corruptor».[16]

Ningún bautizado puede eximirse del sagrado deber de evangelizar, es más, nadie puede eximírnoslo o prohibírnoslo. No es la hora de un cristianismo conformista, sí de la lucha valiente.

Mientras los modernistas esgrimen un argumento sustentado en razones de respeto y tolerancia para no proponer la Fe a otros, esos otros atribuyen esa cobardía apostólica a la falta de Fe de los católicos.

Ahora nos encontramos justamente ante la verificación de una «eclesiología militante», consigna sustentada por Leonardo Boff uno de los más preclaros exponentes de la izquierda católica: «Del Cuerpo Místico de Cristo, digamos que, una vez anulada por la Teología de la Liberación toda dualidad de naturaleza y gracia, una vez absorbida la gracia en la historia “total” de la humanidad, ese Cuerpo (la Iglesia) ya no tiene razón de ser: es cósmico y lo abarca todo».[17]

Dice el Profeta Isaías: Todas las bestias del campo, venid y comed, y vosotras, todas las fieras del bosque. Los atalayas de (Israel) son ciegos todos, no entienden nada; todos son perros mudos que no pueden ladrar; soñolientos, dormilones que aman el sueño.

Y estos perros son voraces, jamás se hartan; los mismos pastores no entienden, cada uno de ellos sigue su propio camino; cada cual va tras su propio interés, hasta el último.[18]

Germán Mazuelo-Leytón

[1] SAN MATEO 6, 33.

[2] SAN MARCOS 16, 15-16.

[3] HECHOS 6, 2.

[4] 1 CORINTIOS 9, 16; 1, 17.

[5] 1 PEDRO 2, 9.

[6] DUFF, FRANK, Evangelización.

[7] Cf.: AMERIO, ROMANO, Iota unum.

[8] MORALES, TOMÁS, S. J., Laicos en marcha.

[9] Cf.: MAZUELO-LEYTÓN, GERMÁN, La «masa muerta», http://adelantelafe.com/la-masa-muerta/

[10] PIO XII, Benignitas el humanitas, Radiomensaje de Navidad de 1944.

[11] PIO XII, Radiomensaje al Katholikentag de Friburgo, 16-05.1954.

[12] 1 CORINTIOS 1, 17.

[13] 1 TIMOTEO 2, 4.

[14] ROMANOS 10, 14-17.

[15] PÍO XI, Encíclica Quadragesimo anno, nº 141,

[16] PIO XII, Encíclica Sponsa Christi.

[17] BOFF, LEONARDO, Iglesia, carisma y poder, pág. 241.

[18] ISAÍAS 56, 9-11.

Germán Mazuelo-Leytón

Germán Mazuelo-Leytón es conocido por su defensa enérgica de los valores católicos e incansable actividad de servicio. Ha sido desde los 9 años miembro de la Legión de María, movimiento que en 1981 lo nombró «Extensionista» en Bolivia, y posteriormente «Enviado» a Chile. Ha sido también catequista de Comunión y Confirmación y profesor de Religión y Moral. Desde 1994 es Pionero de Abstinencia Total, Director Nacional en Bolivia de esa asociación eclesial, actualmente delegado de Central y Sud América ante el Consejo Central Pionero. Miembro de la Fundación «Vida y Familia» de su diócesis. Difunde la consagración a Jesús por las manos de María de Montfort, y otros apostolados afines

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