ADELANTE LA FE

Exaltación de la Santa Cruz

Queridos hermanos, se instituyó, el 14 de septiembre,  la fiesta de la Santa Cruz para celebrar la memoria de aquel día en que el sagrado madero, sobre el cual el Salvador del mundo Jesucristo consumó la gran obra de la Redención, fue solemnemente restituido por el emperador Heraclio a Jerusalén, donde catorce años antes la había sacado Cosroes, rey de Persia. Atenta siempre la Iglesia, y siempre solícita en rendir a este precioso instrumento todo el culto que por tantos títulos se le debe, instituyó esta fiesta en reverencia a la Santa Cruz, celebrando todos los años las maravillas que obró en semejante día, que con razón se puede llamar el día de su triunfo.

Fue en el año 629 cuando el emperador Heraclio quiso restituir él mismo  el santo madero a Jerusalén. Cargó con el sagrado peso de la Cruz dirección al Calvario vestido con  las más ricas y más magníficas galas imperiales. Pero llegando a la puerta  que sale al Calvario, quedó paralizado sin poder continuar. Viendo que no podía dar un paso, quedaron todos asombrados del extraño suceso. Pero el Patriarca Zacarías de Jerusalén advirtió las razones del tal hecho, y dijo al emperador: Considerad, señor, si quizá esa púrpura imperial y esas pomposas galas que os adornan son menos conformes al pobre y abatido traje con que Jesucristo llevó esa misma Cruz, y salió por esa misma puerta para subir al Monte Calvario. Desnudado el emperador de sus galas imperiales, descalzo, y cubierto con una humilde túnica, descubierta la cabeza y desprovisto de todo signo imperial, caminó sin dificultad hasta el Calvario.

Dijo Jesús a las turbas de los judíos: Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este será arrojado fuera, y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mi (Jn. 12, 31-32). Exaltado no externamente, como piensan los impíos, los enemigos de la Cruz de Cristo, los que creen que es necedad y locura, sino exaltado por su triunfo sobre el pecado a través de su muerte en Cruz. Inimaginable forma de vencer al príncipe  este mundo, al príncipe de las tinieblas, verdadera locura de amor que ha destrozado al mismo infierno. Cristo no ha vencido con las armas de la fuerza, sino con las armas del Amor, con sus sacratísimas Llagas. Es la fuerza imparable del Amor de Dios. Verdadero locura de amor de Dios.

Quien desprecia la Cruz de Cristo desprecia al Amor de Dios, es más, desconoce quién es Dios. Quien desprecia la Cruz de Cristo se alía con el príncipe de las tinieblas, porque sólo el demonio odia la Cruz de Cristo y con él, todos los demás. Como dice un santo Padre, la mano que extendió Adán para coger el fruto prohibido supuso la muerte, más la mano que extendió el Señor en la Cruz dio la vida al mundo. Despreciar la Cruz es despreciar la vida eterna, es abrazar la condenación del alma. La Santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo se alza hacia el Cielo, con su asiento en la tierra, para indicarnos que ella es el camino de la salvación del alma, el camino de la resurrección eterna, la puerta estrecha de quienes quieren seguir, con su propia cruz, la Cruz del Redentor.

Dice el Señor por boca del  profeta Jeremía (31, 3): In caritate perpetua dilexit; ideo atraxi te in misericordia. Con amor eterno te amo, por eso te mantengo mi gracia; o también: por eso te atraigo con mi misericordia. Porque en la Cruz nos ha atraído hacia Él por su infinito Amor. Y por medio del profeta Oseas (11, 3-4) dice: Los tomaba en  mis brazos pero ellos no sabían que Yo los cuidaba. Con vínculos de afecto los atraje, con lazos de amor. Ya los profetas profetizaban que con  amor eterno el Señor nos atraería hacia Sí, y esa atracción iba a ser por medio de la Santa Cruz. Extiende sus brazos en la Cruz y así abraza a todos en el abrazo más tierno, dulce y amoroso que pueda haber sobre la tierra; y en sus santas Llagas nos transmite el infinito amor y dolor, amor por todas las almas, dolor por las que se pierden eternamente.

En el santo Sacrificio del Altar hacemos presente el misterio de la Cruz, del Calvario, de su muerte expiatoria y redentora, que nos ha traído la salvación al mundo. Nos dirigimos al Calvario cuando nos dirigimos a la Santa Misa. Vamos a Misa, vamos al Calvario. Vamos a Misa, vamos a la Cruz de  Cristo. Vamos a Misa, vamos a recorrer el camino de la Cruz. Vamos a Misa, vamos a morir con Cristo al mundo, al demonio y a la carne. Vamos a Misa, vamos a reparar las ofensas a la Santa Cruz. Vamos a Misa, vamos a ser víctimas con Cristo.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.