ADELANTE LA FE

Examen de conciencia nocturno

Queridos hermanos, es un medio muy eficaz para purificar nuestra alma de sus vicios el examen de conciencia cada día antes de acostarse. Hablaremos del examen de conciencia siguiendo a San Ignacio de Loyola en los cinco puntos que enseñó,  que son una forma excelentísima de retrospección interior, y a su vez de oración, pues el examen de conciencia bien hecho es también una forma de orar.

Hemos de tener muy presentes dos cosas: los innumerables beneficios que recibimos del Señor cada día, y los innumerables pecados que contra Él cometemos diariamente. Es justo, pues, que cada día, al final de la jornada, tengamos en cuenta ambas cuestiones, algo así, como deudas con Dios; deuda por falta de agradecimiento, deuda por ofenderle pecando. Al hacer el examen de conciencia, de alguna forma queremos saldar esas deudas; porque lo que buscamos sinceramente es la mayor  gloria de Dios, amarle por encima de todas las cosas, y desterrar el mal olor de nuestros pecados, que tanto le ofenden y que tan ingratos son con un Dios tan bueno con nosotros.

Punto primero: Dar gracias a Dios por los beneficios recibidos.

El primer punto será traer brevemente a la memoria los beneficios que he recibido del Señor, así hayan sido de forma general como particular en el día en cuestión; dándole gracias de corazón por todos ellos, reconociendo sus beneficios, lo grandes que son, así como reconociendo la grandeza de quien me los da con tanto amor, por la pequeñez y vileza de quien los recibe.

Punto segundo: Pedir a Dios luz para conocer y gracia para aborrecer los pecados.

El segundo punto será pedir a nuestro Señor con insistencia luz para conocer mis pecados y gracia para dolerme sinceramente de ellos. Tendré muy presente tres aspectos de mi gran necesidad y miseria: el primero, es el gran olvido de mi memoria; el segundo, la ceguera de mi entendimiento; el tercero, la gran frialdad de mi voluntad. Causa de lo cual el demonio me tiene fuertemente atado con la cuerda de mis pecados, la cual difícilmente puedo romper; porque de unos pecados me olvido fácilmente, otros los desconozco por ignorancia, y los que conozco no los lloro como debo, por mi gran tibieza.

Punto tercero: Examinar la conciencia.

Hecha la petición anterior, levantaré mi corazón a Dios, mirándole como a Juez, que me ha de juzgar con rigor, escudriñando, como  dice el profeta Sofonías (1, 12): Sucederá aquel día que escudriñaré a Jerusalén con linternas y haré justicia en los que se sientan sobre sus heces, diciéndose en su corazón: No hace el Señor ni bien ni mal. Así escudriñará mi alma y sus sentidos y potencias con su Luz divina, descubriendo todas las culpas que hubiere en ellas, por pequeñas que fueren, y examinando como dice el salmista (74, 3): Cuando me tome yo el tiempo oportuno, juzgaré justamente; es decir, no juzgará sólo las injusticias, sino también las justicias y obras buenas, con las cuales suelen mezclarse las malas.

Tras esta consideración, comenzaré a examinar todos los pecados que he cometido en el día de pensamiento, palabra y obra, y por omisión o negligencia, y con más atención procuraré averiguar si tengo algunos pecados ocultos, cometidos por ignorancia o por inadvertencia culpable, o por engaño del demonio, teniéndolos por actos virtuosos lo que en realidad son pecados.

Para este examen ayudará mucho tener muy presente los siete vicios capitales (soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza)  y los mandamientos de la Ley de Dios, porque aquí está todo lo que puede ser materia de un concienzudo y diligente examen de conciencia. La forma de hacer el examen será dividiendo el día en partes y mirando lo que hice en las dos primeras horas del día; luego en las otras dos, apartando lo bueno de lo malo; lo bueno lo atribuiré a Dios con agradecimiento, y lo malo lo atribuiré al mal uso que he hecho de mi libertad, y de todo junto haré una humilde confesión delante de Dios con vergüenza y contrición profunda, cumpliendo lo que dice el salmista (31, 5): Te confesé mi pecado y te descubrí mi iniquidad, que es lo mismo que decir: “Yo he confesado mis pecados delante de Dios, no para excusarme, sino para acusarme, no aligerando mis culpas, sino agravándolas y ponderando mucho la injusticia que hice contra Dios en cometerlas”, porque este es el camino para alcanzar la perfección de ellas (Por la gloria de tu nombre, ¡oh Señor!, perdona mis culpas, por grandes que son. Sal. 24. 11).

Punto cuarto: Dolor de los pecados.

1º. El cuarto punto será procurar un gran dolor de los pecados, que llegue a ser contrición, doliéndome de ellos principalmente por ser ofensas de Dios, sumo bien mío, a quien deseo amar y amo sobre todas las cosas; porque con este dolor tan perfecto se perdonan las culpas, haciendo propósito de confesarlas a su tiempo, como dice el Salmo (32,5): Te confesaré mi pecado, y te descubrí mi iniquidad. Confesaré al Señor mi pecado, y tú perdonaste mi iniquidad. En cuanto David dijo al profeta Natán: He pecado contra el Señor (2 Sam. 12, 13), Natán le respondió: El Señor ha perdonado tu pecado, no morirás (2 Sam. 12, 13). De tal forma que si en el examen de la noche digo a Dios de todo corazón: “Me pesa, Dios mío, haberte ofendido, porque te amo sobre todas las cosas creadas, y antes hubiera querido perderlas que haber pecado, y con tu gracia propongo confesar todas mis culpas, con firme determinación de no volver a pecar”, al momento quedo justificado. Y si aquella noche el  Señor me llamase a su seno, sin poder confesar, aunque hubiese hecho pecados mortales, no me condenaría por ellos. Por lo que se ve la importancia de este dolor de contrición antes de acostarme.; porque si he pecado mortalmente y la muerte me asalta de noche, como a muchos, con este dolor me salvaré y sin él me condenaré.

2º. Para poder tener esta contrición, me ayudará mucho comparar los grandes beneficios que en este día Dios me ha hecho, con los pecados que he cometido, avergonzándome de haber ofendido a Dios, infinitamente bueno y complaciente conmigo; y doliéndome  de haber respondido a tales beneficios con tales ofensas.

Punto quinto: Propósito de enmienda.

El quinto punto es hacer un propósito muy eficaz, con la divina gracia, de enmendarme el día siguiente, y no caer en las culpas semejantes, con la determinación del Salmo (118, 106): He jurado, y quiero cumplirlo, guardar los decretos de tu justicia, no un día, ni dos, sino toda la vida, y por toda la eternidad. Y para que este propósito sea tal, es necesario haber examinado las ocasiones que tuve de caer por razón de tal lugar o de tal persona o de tal negocio, y proponer apartarme de esta ocasión, si puedo dejarla, y si no, proponer tener mayor cuidado y prevención. Pero como nuestros propósitos son muy frágiles y cambiantes si nuestro Señor no los fortifica con su gracia (Pues Dios es el que obra en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito. Flp.2, 13), tengo que suplicarle que, pues me dio tal propósito, también me dé la gracia para cumplirlo.

Reconozco, Dios mío, las dos deudas de que estoy cargado, por tus beneficios y por mis pecados; todo cuanto aquí he hecho es poco para pagarlas; por lo que me falta, te ofrezco la sangre preciosísima de tu Hijo, derramada con infinito amor y agradecimiento, y con excesivo dolor y pena. Por lo cual te suplico perdones las deudas de mis pecados y me ayudes para no volver más a ellos. No permitas que caiga en las tentaciones que me sobrevengan; más líbrame de todo mal, por la gloria de tu santo Nombre. Amén.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.