ADELANTE LA FE

Examen particular en tres momentos del día

Queridos hermanos, además del cuidado que hemos de tener con limpiar nuestra alma de todos los pecados y vicios, es muy conveniente en poner particular cuidado en arrancar uno, el que más daño suele hacernos; porque con este cuidado tan especial se vencerá más fácilmente, y vencido éste, podemos vencer los demás. Para este fin enseñó San Ignacio de Loyola un  modo de hacer examen particular de un vicio; en el cual está encerrado un modo de orar muy provechoso, repartido en tres momentos del día, a saber: por la mañana, al medio día y a la tarde; dice el salmista (Sal, 54, 18): A la tarde, y a la mañana, y al medio día contaré a Dios mis miserias, esperando que me oirá y librará de ellas. Y de Daniel dice la Escritura que en tres momentos del día se arrodillaba y adoraba a Dios, haciendo delante de Él confesión (Dan. 6, 10) de las alabanzas divinas y de los pecados propios. Según esto dividiremos este modo de orar en tres puntos, que sirven para cada uno de los momentos del día.

Punto primero: Primer tiempo del examen particular.

1º. Lo primero, por la mañana al levantarme, poniéndome de rodillas, como Daniel, y puesto en la presencia de Dios, le adoraré, dándole gracias por la vida, quietud y sueño que me dio la noche anterior y por los peligros de que me libró; examinando si después de acostado, durmiendo o velando, me has sucedido algo que sea culpa mía, doliendo de ello con todo el corazón.

2º. Luego haré un ofrecimiento a nuestro Señor de todas las cosas que en aquel día haga, ordenándolas para su honra y gloria, pidiéndole perseverancia y pura intención hasta el final del día, y de mi vida, y suplicándole acepte mis obras en unión de las que su Hijo unigénito le ofreció en esta vida por mí.

3º. Después de esto haré un propósito muy firme y determinado de apartarme en este día, con la divina gracia, de todo género de pecado, al modo que dice el salmista (Sal. 100,8), que de mañana haré perecer a todos los impíos de la tierra, no con el cuchillo de acero, sino con el propósito muy firme y fuerte de destruirlos todos en cuanto son contrarios a Dios, deseando que en la ciudad de mi alma no viva nada que le ofenda lo más mínimo. Pero en particular, he de proponer con más fuerza apartarme de aquel vicio que deseo desarraigar de mi corazón, concibiendo un verdadero desprecio contra él por el daño que me hace.

4º. Para que este propósito sea eficaz, ayudará mucho no hacer consideraciones muy generales sobre lo que haré en el día, sin reconocer las dificultades que se van a presentar, sino prevenirlas con prudencia, y ya por la mañana prever  todas las dificultades, inconvenientes, desprecios y ocasiones de tropezar que probablemente se me puedan ofrecer en ese día, teniendo muy presente  lo que haré, con quien me relacionaré y con las personas que habré de tratar. Y habiendo visto lo que pueda ocurrir, procuraré aceptar de buena gana, por amor a Dios nuestro Señor, todo lo que me sucediera contra mi gusto, proponiendo, con la divina gracia, que en tales ocasiones no falte a la humildad ni a la paciencia, ni cometa falta o pecado; fundando este propósito, no en mis fuerzas, sino en las que Dios me dará, y en algunas fuertes razones que me animen a afrontar tales situaciones; al modo que el Señor, en el Huerto de Getsemaní, puso delante de sus ojos todos los tormentos que el día siguiente había de padecer, y, aceptándolos con gran amor, luchó contra los temores y tristezas con razones y oraciones.

5º. Si alguno se siente más fervoroso y quiere hacer más y subir en virtud, puede imaginar dolores, injurias, desprecios y aflicciones venidos por manos de sus enemigos, o de sus compañeros, aceptándolos de buena gana, y aún desear que les ofrezcan más, pidiéndolo al Padre celestial con aquellas palabras del Salmo (25. 2-3): Ponme a prueba, ¡oh Señor!, y examíname, acrisola mis entrañas y mi corazón. Porque tengo siempre ante mis ojos tus misericordias y ando en tu verdad.

Con estos propósitos aumentan mucho las virtudes, y el corazón queda reforzado para resistir los vicios. Aunque los imperfectos y tibios han de ir con cuidado con tales propósitos, porque quizá por su flaqueza, se les convertirá en tentación,  lo que debía ser medio de superarse.

Punto segundo: Examen de mediodía.

1º. Lo segundo al mediodía, antes de comer, puesto en presencia de Dios, y habiéndole pedido luz para conocer mis culpas, examinaré las que he cometido aquella mañana en aquel vicio particular; y si fueran muchas, he de avergonzarme por no haber cumplido con el propósito que hice por la mañana, ni guardado la palabra que di a Dios, acusándome de no haber sido fiel, de haber sido inconstante y voluble, y doliéndome  de la culpa que en esto he tenido, por ser contra un Dios que tan fiel y constante en hacerme el bien, y en cumplir lo que se propone. También examinaré la causa y ocasión de haber faltado, para huir de ella y que no se vuelva a repetir, previniéndome para ello, y proponiendo enmendarme para lo que queda del día.

2º. Me puedo acordar en este momento cómo Cristo nuestro Señor al mediodía fue crucificado, y perseveró gran parte de la tarde padeciendo horribles dolores en la cruz, con grandísima constancia, hasta que expiró; y en agradecimiento de este beneficio he de proponerme  ser muy constante en no dar gusto a mi carne, ni a mi voluntad en aquel vicio, hasta que muera en mí, y yo muera peleando contra él para vencerle. Otras veces puedo acordarme cómo también Cristo nuestro Señor al mediodía subió a los cielos a gozar el fruto de sus trabajos, y con esta consideración animarme a luchar de nuevo contra mis pasiones.

Punto tercero: Examen de noche.

Por la noche, antes de dormir, haré otro examen semejante al que hice antes de comer, teniendo en cuenta las veces que falté por la mañana y las que falté por la tarde; y si éstas fueren menos, daré gracias a Dios por esta enmiendo que ha habido en mí, pues ha sido por su gracia. Pero si fuesen más, me afligiré de ver que en vez de ir adelante, vuelvo hacia atrás; pero no me he de desanimar, sino proponerme de nuevo vencer las tentaciones, los vicios que aún permanecen arraigados en mí, porque con tales firmes resoluciones se consigue la victoria final. Por esto dice el Espíritu Santo en el libro de los Proverbios (24, 16) que el justo cae siete veces al día, y se levantará; dando a entender que con las caídas y superaciones, al final vencerá con el auxilio de la gracia divina.

También me ayudará darme un golpe de pecho al recordar la fala en la que caí; primero, para recordar las veces que he faltado, y segundo, para dolerme de la falta y alcanzar perdón de ella. Porque también dijo el Espíritu Santo: Siete veces al día cae el justo y se levantará, dando a entender que cuando uno  cae tiene luz para conocer que ha caído; y si cae cuando es de día, no aguarda a levantarse cuando es de noche; antes, si siete veces cae, siete veces se levanta después  de haber caído, doliéndose de la caída y proponiéndose cambiar. Y de esta manera la frecuencia de las caídas se convertirá en frecuencia de oración y de buenos afectos y propósitos que reparen el daño de la caída con nueva gracia.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.