ADELANTE LA FE

El sentido y el fin de la existencia cristiana

(Moral Católica 2.4)

Para descubrir y profundizar en el sentido y el fin de la existencia del cristiano procederemos en tres etapas:

1.- Probando la existencia de Dios y la creación de seres dotados de un alma espiritual (ángeles y hombres).

2.- Respondiendo a las preguntas ¿por qué Dios creó al hombre? Y ¿Para qué lo creó?

3.- Analizando el hecho de que el hombre, gracias a la redención de Cristo, es hecho una nueva criatura; y con ello, elevado al orden sobrenatural y transformado en hijo de Dios. A esa nueva criatura le corresponde un nuevo modo de actuar. Lo cual le da un sentido mucho más profundo a la existencia del hombre sobre la tierra.

1.- El sentido de la existencia del hombre

¡Cuántas personas deambulan sin rumbo durante gran parte de su vida! ¡Cuántas personas nunca descubren el sentido de su existencia! Descubrir el sentido de nuestra existencia es una de las tareas más importantes que tenemos que realizar en nuestra vida, pues de eso dependen nuestra felicidad en la tierra y luego el premio eterno del cielo. Es, por otro lado,  una tarea personal. Otras personas nos podrán orientar, ayudar, encaminar, pero al fin y al cabo, será un descubrimiento personal; pues junto a una iluminación de nuestro intelecto para conocer cuál es el sentido de nuestra existencia, deberá acompañarle una aceptación de la voluntad para seguirlo.

Hoy día, debido al materialismo reinante, al desprecio de todo lo espiritual, a la ausencia de modelos que nos inspiren para seguir el buen camino, a la falta de una Iglesia que nos enseñe claramente el rumbo…, vivir toda la vida sin haber descubierto su sentido es lo más habitual. Y ya sabemos lo que ocurre si el hombre no descubre el sentido de su vida; si Dios no ocupa el primer lugar en su corazón, pronto, otras cosas vendrán a tomar su lugar, y el hombre sólo buscará ser lo más feliz posible en el único mundo que él conoce: éste.

Hay dos conceptos previos que tenemos que analizar y que nos ayudarán a descubrir el sentido y la finalidad de nuestra vida: la existencia de Dios y la espiritualidad del alma.

a.- Prueba de la existencia de Dios

Descubrir y conocer a Dios es el primer paso que ha de dar el hombre para encontrar el sentido de su existencia. ¿Existe Dios? ¿Es Dios un ser real o ha sido inventado por nosotros? El hombre llega a descubrir a Dios cuando se pregunta por el origen del mundo que le rodea.  ¿Quién hizo este mundo? ¿Es la materia eterna o tiene un principio?

Si el hombre es intelectualmente sincero consigo mismo, pronto descubre que la materia no es eterna, por lo que ha debido tener un principio; pero ese principio del cual procede no puede ser material, pues si fuera material también habría tenido un principio, luego ha de ser espiritual.

Ese ser espiritual —principio de todo lo material— ha de ser especial, pues ha de ser capaz de crear (hacer algo de la nada). Como dice el adagio filosófico, “de la nada, nada sale”. Si existe el ser y no la nada es porque lo que existe ha tenido que ser creado. Al ser que crea le llamamos “creador”; y por ser creador, también es omnipotente.

Ahora bien, por pura lógica, no pueden haber dos seres omnipotentes sino sólo uno, y a ese ser con capacidad de crear y que es omnipotente lo llamamos Dios. De Él procede todo cuanto existe, y sin Él no existiría nada de lo que ha sido creado:

“En él fueron creadas todas las cosas en los cielos y sobre la tierra, las visibles y las invisibles, sean los tronos o las dominaciones, los principados o las potestades. Todo ha sido creado por él y para él. Él es antes que todas las cosas y todas subsisten en él” (Col 1: 17-18).

El hombre es capaz de descubrir por su mera razón la existencia de Dios (Rom 1: 20-21). Para ello, los filósofos siguen diferentes vías. Las más famosas fueron las Cinco Vías de Santo Tomás de Aquino. Santo Tomás, partiendo de conceptos como la contingencia y la necesidad, el orden, la causa eficiente, el movimiento y las perfecciones, llega al descubrimiento de un Ser que es principio de todo y de quien todo depende.

El hombre puede probar con el mero uso de su razón que Dios existe. En cambio, nadie es capaz de probar que Dios no existe. Es por ello que, cuando una persona niega la existencia de Dios nunca lo hace como resultado de un razonamiento, sino un acto de la voluntad. El hombre rechaza a Dios porque prefiere convertirse en su propio dios. Pero dado que esta actitud es fruto del egoísmo, del propio engaño y de la mentira, nunca puede llevar a buen término y mucho menos proporcionarnos la felicidad.

El intelecto, si es honesto, descubre un Creador que es bueno, eterno, omnisciente, omnipotente. Ahora bien, este descubrimiento no es el causante de nuestra feLa fe es un don de Dios, y Éste se lo da a los que conociéndole, abren su voluntad a Él y no le ponen obstáculo.

Dios, en su misericordia, ha querido venir en ayuda de los más débiles para que así pudieran fácilmente descubrirle, y con ello aceptarle y hallar el sentido de la vida. El hombre tiene capacidad para encontrarlo por las meras luces de su razón, pero muchas veces con deficiencias, limitaciones y errores, es por ello que Dios viene en ayuda nuestra a través de sus propias enseñanzas y del Magisterio de la Iglesia. El concilio Vaticano I lo definió claramente:

La santa Iglesia, nuestra madre, mantiene y enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana a partir de las cosas creadas”.[1]

b.- Nuestra alma es espiritual

La psicología conductista y la ciencia experimental moderna más heterodoxa rechazan la existencia de los seres espirituales. De hecho suelen afirmar, sin tener prueba científica alguna para ello, que el espíritu es una “evolución” de la materia. Por lo que reduce el alma del hombre a una “materia evolucionada” que adquiere ciertas facultades especiales, a saber: el entendimiento y la voluntad.

Al haber reducido el alma a materia, ésta sería corruptible, y como consecuencia de ello, una vez acontecida la muerte de la persona, no perduraría ya nada; con la muerte acabaría todo. Como consecuencia de ello, la existencia del hombre acabaría con esta vida; y hablar de premio o castigo no tendría sentido, pues no habría nadie a quien premiar o castigar.

Como podrán entender, la consecuencia práctica de esta forma errónea de entender el mundo y el hombre es evidente: si esta es la única vida para el hombre, fabriquémonos un paraíso en este mundo y vivamos lo mejor que podamos sin hacer daño a los demás. ¿No les es familiar esta “filosofía” de la vida? Como podrán ustedes mismos concluir, es una filosofía materialista y atea. Las conclusiones a las que llegan no son en absoluto científicas, sino que son el resultado lógico de haber rechazado en primer lugar a Dios. Al no existir Dios, eliminan también a todos los seres espirituales; todo lo reducen al mundo material.

Frente a esa forma de pensar, nosotros los cristianos defendemos que: Dios existe; y al conocimiento de su existencia llegamos mediante el uso de la razón y de la revelación.

También defendemos que Dios, en el culmen de su amor por las cosas creadas, no sólo creó el mundo material sino también los seres espirituales; unos seres que fueron hechos a su imagen y semejanza (Gen 1:26).

Dios creó seres puramente espirituales: los ángeles; y también creó otros seres que eran una composición de materia y espíritu: el hombre. A todos estos seres, Dios les dotó de inteligencia y voluntad, para que así lo pudieran conocer y amar libremente.

El hombre, al estar dotado de entendimiento, voluntad y libertad, es un ser responsable de sus actos, por lo que ha de dar cuenta de sus acciones a Aquél que le creó (Lc 13: 23-27; Mt 13: 47-50; Rom 2: 5-11; Apoc 22: 12).

El hombre dispone de toda su existencia en la tierra para demostrar a su Creador cuál es su actitud respecto a Él; sabiendo que, al final de sus días será juzgado. Aquellos que rechazaron el pecado y eligieron amar y servir a Dios y a sus semejantes, recibirán un premio eterno (Mt 25: 31-34).

c.- De todo ello concluimos

El sentido pues de la vida humana parte del hecho de:

  • existir un Creador que lo hizo todo;
  • nos dio un alma espiritual dotada de libertad y con la facultad de poder elegir;

Buscar el sentido de esta vida eliminando a Dios de ella, no puede llevar sino al fracaso, al vacío y a la desesperación. Para San Agustín, encontrar a Dios y el sentido de la vida fue el resultado de una búsqueda que le ocupó muchos años:

“Oh verdad tan antigua y tan nueva, ¡qué tarde te conocí! ¡Qué tarde te amé!”.

O como él mismo también nos dice:

“Nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.[2]

2.- ¿Por qué Dios creó al hombre?

Una vez que hemos respondido a las dos primeras preguntas: La existencia de Dios y la realidad de que tenemos un alma espiritual inmortal, hemos de dar un paso más en nuestro descubrimiento del sentido y del fin de nuestra existencia. Para ello, deberemos encontrar también la respuesta adecuada a otras preguntas que son esenciales: ¿por qué Dios creó al hombre? ¿Por qué existe el hombre? ¿Es el hombre un mero accidente en medio de un mundo sin sentido? ¿Hay algún “diseño”? ¿Tiene algún sentido que Dios creara al hombre?

El mero hecho de que Dios creara seres espirituales -que una vez creados ya iban a existir para siempre-, nos hace pensar en un “plan” de Dios con respecto a esas criaturas.

Como nos dice la teología clásica, Dios creó a los seres que son espirituales (a los ángeles y a los hombres), primeramente para darse gloria a sí mismo. Y es lógico, pues antes de la creación del mundo no existía nada, y dado que las obras de Dios siempre tienen un fin, y al no haber previamente nada sino solo Dios, el fin de esa primera creación es su propia gloria. Pero dado que, tanto los ángeles como los hombres están dotados de entendimiento y voluntad,  son capaces de captar la bondad de las cosas creadas (Gen 1:31), apetecerlas, y desde ellas, elevarse al creador de las mismas. Las cosas creadas muestran la bondad de Dios; y a través de ellas, Dios comparte su infinita bondad y alegría con nosotros. Así pues, Dios creó para darse gloria a sí mismo, para mostrar su bondad y para compartir su alegría con nosotros.

Ahora bien, dado que este mundo es temporal y tanto los ángeles como los hombres tienen una “semilla de eternidad”, la relación con su Creador nunca se interrumpe: ya sea para amarlo o ya para rechazarlo. Para algunos ángeles esa dicha sin fin ya comenzó al salir victoriosos de su prueba inicial; para otros, aquellos que se rebelaron contra su Creador, la vida sigue pero en el mundo de los condenados – el infierno. Y en el caso de los hombres, dado que su alma espiritual no puede morir, su existencia no puede acabar con este mundo, sino que luego deberá pasar a gozar de la dicha o del castigo eterno en el mundo venidero.

Sabiendo el hombre lo que le espera, ha de vivir esta vida orientándola continuamente hacia su Creador, para servirle, adorarle, amarle y darle gracias; siendo plenamente consciente de que si es fiel a Dios, acabados sus años en este mundo, Él lo tendrá para siempre junto a sí en su reino (Mt 25:34; Jn 14: 2-3).

La vida del hombre adquiere su sentido del fin para el cual fue creado. No hay criatura sin Creador. Y el Creador no sólo creó todo lo que existe sino que también lo mantiene y cuida a través de su providencia y de su amor.

Conociendo Dios que la naturaleza del hombre estaba herida por el pecado original, y que como consecuencia de ellos no todos los hombres serían capaces por sí mismos de descubrir sin error su fin último; y sabiendo también que el hombre podría ser atrapado fácilmente por las criaturas en lugar de orientarse hacia su Creador, les dio una serie de medios para ayudarle a descubrir, conocer y alcanzar este fin último para el cual fueron creados.

Para poder, pues, alcanzar nuestro fin último que es la unión con Dios en el cielo, debemos comenzar por unirnos a Él aquí en la tierra. Ahora bien, para amar a Dios debemos conocerlo; y para amarlo y conocerlo, necesitamos la gracia, los sacramentos, la vida de oración, practicar las virtudes, leer buenos libros religiosos, recibir la adecuada catequesis, practicar obras de misericordia…

3.- Nuevas criaturas por el Bautismo

¿Quién enseñará al cristiano lo que debe hacer para descubrir el sentido de su existencia y así alcanzar el fin último para el cual fue creado? Primero de todo, Cristo a través de su propia persona, de sus enseñanzas y de sus sacramentos; y luego, aquéllos designados por el mismo Cristo para cumplir esta misión.

La felicidad del cielo consistirá en poseer a Dios y ser poseído por Él. Una unión tan perfecta que no nos podemos imaginar ahora. Unión, que por estar basada en el amor, en ningún momento será “fundirse y desaparecer el uno en el otro” como defienden el budismo y otras religiones orientales, sino que seguirán existiendo el yo y el tú, el tú y el yo, para que el amor sea posible. Amado y amante se entregarán y pertenecerán el uno al otro por toda la eternidad.

Dado que el cristiano está llamado a participar de esa felicidad sin límites con su Dios, las cosas del mundo son un mero reflejo de su Creador, pero en ningún momento le colman ni satisfacen. El cristiano se desprende de las cosas del mundo porque no quiere tener su corazón atado (Col 3: 1-2). En ningún momento renuncia a ellas porque sean malas (Gen 1:7.10.12.18.21.25.31), sino porque tiene su corazón fijo en quien ama y de quien recibe todo amor. Las cosas del mundo son para un cristiano un a modo de huellas que le marcan por dónde ha pasado su Amado.

Ahora bien, Dios nunca dará a nadie algo que no quiera; y en cambio, dará a cada uno lo que él se merezca. Es por ello que quien haya vivido esta vida sin “querer” a Dios, nunca Dios le llevará a estar con Él en el cielo, por la sencilla razón de que nunca lo buscó aquí en la tierra. Para poder saber lo que Dios nos dará en la otra vida lo único que tenemos que hacer es sencillamente examinar lo que nosotros queremos en ésta. Si amamos a Dios sobre todas las cosas podemos estar seguros que lo seguiremos haciendo en el cielo. Ahora bien, si en esta vida hemos preferido poner a Dios al margen; o dicho con palabras más directas, vivir separados de Dios, lo seguiremos estando en la vida venidera; y esto no tiene otro significado que el infierno eterno.

Dios llama a todos los cristianos a la maravillosa aventura de la santidad. Es una propuesta que hace a cualquier persona con un poco de sensibilidad y un corazón limpio y grande. Para que esas ilusiones y aventuras se puedan hacer realidad, Dios realiza sobre cada uno de nosotros una transformación casi milagrosa en el momento del Bautismo; pues el cristiano es dotado de una nueva vida – la vida sobrenatural -, con unos nuevos “poderes”, una nueva forma de “vivir y ver la vida” (2 Pe 1:4). En una palabra, somos realmente transformados en un nuevo ser: somos una nueva criatura (2 Cor 5:17)al principio sólo en ciernes, como una semilla, pero que si la cultivamos debidamente se transformará, como grano de mostaza, en un gran árbol capaz de cobijar a muchos.

Cuando un cristiano vive su fe mediocremente suele pensar que Dios es muy exigente, pues ha de buscar la santidad (Mt 5:8), rechazar el pecado (Mt 5:48), ser fieles (Lc 16:10), perdonar al hermano (Mt 18: 15-22), cargar con la cruz cada día (Mt 16:24). Pero si pensamos que Dios es muy exigente se debe a un doble motivo: primero porque no somos conscientes de la nueva dimensión sobrenatural que hemos adquirido a través del Bautismo; y segundo, porque nuestro corazón y nuestra mente se han achicado de tal modo, que la aventura de la santidad nos parece demasiado grande para nosotros.

El Bautismo añade a nuestra vida natural una nueva dimensión, la sobrenatural (Rom 6: 1-11). Es por ello que en todo bautizado hay realmente dos vidas: una vida natural y otra sobrenatural. Desde el momento en el que somos bautizados, ambas vidas formarán parte del cristiano; y éste deberá proveer la formación, alimentación y cuidado de ambas.

El Nuevo Testamento nos confirma en multitud de pasajes la existencia de estas dos vidas en el cristiano:

  • “Por tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva criatura: lo viejo pasó, ya ha llegado lo nuevo” (2 Cor 5:17).
  • “Porque ni la circuncisión ni la falta de circuncisión importan, sino la nueva criatura” (Gal 6:15).
  • Esta nueva vida es la vida de Cristo en nosotros: “Con Cristo estoy crucificado. Vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2:20).
  • Que lleva al mismo tiempo a renunciar, por amor, a vivir nuestra propia vida (natural); es decir nuestros propios planes, para asumir los de Cristo (sobrenatural): “El que ama su vida la perderá, y el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna” (Jn 12:25).
  • Nueva vida que se recibe en el Bautismo“Pues fuimos sepultados juntamente con él mediante el Bautismo para unirnos a su muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva” (Rom 6:4).
  • Una vida sobrenatural que hemos de hacer crecer a través de las oraciones, sacrificios, y en especial, a través del mismo Cristo: “El que me come vivirá por mí” (Jn 6:57). Aunque en el fondo quien nos hace crecer es el mismo Dios si nosotros no ponemos obstáculo: “El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo” (Mc 4: 26-27; Mt 13: 24-30).
  • Esta nueva vida es en realidad un regalo de Dios que nos llega a través del Espíritu Santo: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5:5).

a.- A esa nueva vida del cristiano le corresponde un nuevo modo de obrar

Como nos dice el adagio filosófico: “operare sequitur esse” (el obrar sigue al ser). Es decir, cada individuo actúa de acuerdo a su naturaleza. Es propio del perro, ladrar; del gato, maullar, etc… A esta nueva naturaleza que recibimos en el Bautismo le corresponde un modo de actuar que le es propio. Ya no es un modo de actuar meramente natural o humano, sino sobrenatural o divino.

Precisamente por esta nueva naturaleza que recibe, y que le hace partícipe de la naturaleza divina (2 Pe 1:4), el cristiano es capaz de amar y de perdonar como Cristo:

  • “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros” (Jn 13:34).
  • “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23:34).
  • “Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos?” (Mt 5: 44-47).

Si así lo hacemos, nuestra vida comenzará a dar los nuevos frutos del Espíritu:

“Los frutos del Espíritu son: la caridad, el gozo, la paz, la longanimidad, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre, la continencia. Contra estos frutos no hay ley. Los que son de Jesucristo han crucificado su carne con sus pasiones y concupiscencias. Si vivimos por el Espíritu, caminemos también según el Espíritu” (Gal 5: 22-25).

b.- Unidos a Cristo para poder dar fruto

Ahora bien, para obrar así debemos permanecer unidos a Cristo, pues si nos separamos “morimos”; y sin Él no podemos hacer nada:

  • “Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí” (Jn 15:4).
  • “El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15:5).

Si no damos fruto es porque nos hemos separado de Él; y entonces, lo único que nos espera es la perdición eterna:

  • “Si alguno no permanece en mí es arrojado fuera, como los sarmientos, y se seca; luego los recogen, los arrojan al fuego y arden” (Jn 15:6).
  • “Apartaos de mí todos los servidores de la iniquidad. Allí habrá llanto y rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán y a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras que vosotros sois arrojados fuera” (Lc 13: 27-28).

Conforme el cristiano va creciendo en su vida espiritual va descubriendo nuevas dimensiones en su vocación, pues no sólo es todo lo dicho anteriormente, sino que también es hecho hijo de Dios en Cristo (“Padre nuestro que estás en los cielos… Lc 11:2); templo del Espíritu Santo (“¿Acaso no sabéis que sois templos de Dios y el Espíritu Santo habita en vosotros?” 1 Cor 3:16); goza de la misma vida de Cristo (“Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2:20). Todo lo cual le va dando un más profundo sentido y fin a la vida del cristiano.

De todo ello concluimos que el cristiano es una nueva criatura gracias al Bautismo. Que mediante la naturaleza “divina” que recibe es capacitado para realizar actos sobrenaturales. Estos actos sobrenaturales le hacen permanecer unido a Cristo y dar fruto. Y esta unión realiza un intercambio de vidas, de tal modo que el cristiano “vive por Cristo” (Gal 2:20) y sin Él su vida no tiene ya ningún sentido (Fil 1:21).

¡Qué pocos cristianos son conscientes de todas estas realidades! Y menos todavía, los que las viven. Los santos fueron aquéllos que las atesoraron en su corazón, las vivieron, y las enseñaron a otros. Un cristiano que las viva, se podría decir que ya está viviendo el cielo aquí en la tierra.

Si has tenido el tesón y la paciencia para terminar de leer este artículo, creo que ahora entenderás más claramente cuál es el sentido y el fin de la existencia del cristiano. Hacia ellos debemos tender ayudados por la gracia de Dios y nuestro buen obrar.

Padre Lucas Prados


[1] Concilio Vaticano I, Constitución dogmática Dei Filius, c.2: DS 3004.

[2] San Agustín, Confesiones 1,1,1

Padre Lucas Prados

Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a [email protected]