ADELANTE LA FE

El gran pecado de legislar contra la ley de Dios

El derecho natural, basado en la ley de Dios, es la fuente de todo derecho por encima del derecho positivo y el consuetudinario. Hoy en día en la mayoría de naciones el derecho natural es papel mojado y se legisla impunemente contra Dios. D. Eleazar Mendoza González, es abogado en ejercicio, licenciado en derecho y maestro en derecho de los consumidores por la U.L.P.G.C. Analiza la legislación moderna, que no respeta el derecho natural y sus nefastas consecuencias. 

¿Por qué Dios ha querido que se tenga en cuenta su ley a la hora de legislar?

Para dar respuesta a esta cuestión, debemos tener presente, lo que la doctrina pontificia nos ha explicado. La ley y la justicia no derivan de la voluntad del hombre, condenando así el positivismo, sino que existe un derecho natural. La conciencia humana, con la luz de la razón, puede leer escrito por Dios el orden natural ínsito en su obra creadora, y que conduce al bien común. Toda autoridad debe respetar la ley eterna, ateniéndose a ese orden y completándolo cuando sea preciso. Las leyes que no se ajustan al mismo son injustas, y, por ende, puede llegar a ser legítima la resistencia en contra de las mismas.

El hombre ha sido creado por Dios, y dotado de un alma inmortal destinada a la vida eterna, a salvarse. Todos somos iguales en esencia, aunque la naturaleza nos enseña que somos, y que es bueno, y hasta necesario que así sea, diferentes, en circunstancias y accidentes. Dios hizo al hombre, rey de su creación. Puede, por ende, éste, utilizar, ordenar y mejorar la naturaleza, pero no desconocerla, ni sustraerse de ella, obrar como si estuviera en el vacío. La fórmula básica ars addita naturae, expresa claramente esta posición.

Santo Tomás de Aquino considera la ley natural como un aspecto inseparable de la creación de seres inteligentes y libres, y por ello la entiende como la participación de la sabiduría creadora de Dios en la criatura racional…

Esta ley, dice Santo Tomás, “no es otra cosa que la luz de la inteligencia infundida en nosotros por Dios. Gracias a ella conocemos lo que se debe hacer y lo que se debe evitar”. Con estas palabras se quiere afirmar que la inteligencia humana tiene la capacidad de alcanzar la verdad moral, y que cuando esta capacidad se ejercita rectamente y se logra alcanzar la verdad, nuestra inteligencia participa de la Inteligencia divina, que es la medida intrínseca de toda inteligencia y de todo lo inteligible y, en el plano ético, de todo lo razonable. En virtud de esa presencia participada, nuestra inteligencia moral tiene un verdadero poder normativo, y por eso se la llama ley.

Los juristas debemos tener muy presente, que el derecho sólo ocupa una parcela de la vida social del hombre, y que no debe, ni puede ocupar más. Una parcela inmersa entre las del Amor y la fuerza o el poder, y, además, necesita de ellas para desarrollar su actuación. Sin poder suficiente para imponer lo justo coactivamente, a quienes no lo respeten, se caerá necesariamente en la anarquía y el desorden.

Sin amor, el derecho debería ser impuesto siempre por la fuerza, pero sin amor (a Dios, a la patria, al prójimo, a la justicia), el mismo poder conculcaría el derecho, en cuanto no le convinieren sus normas, así se haría arbitrario. Sí el derecho necesita del poder, en cambio, el poder y derecho no pueden confundirse. Sociedad y derecho son anteriores al estado. Antes de existir estado, había sociedad, y desde que hubo sociedad, existió el derecho. Así pues, el estado debe aplicar su poder para hacer cumplir el derecho, pero a su vez, éste no puede confundirse con la fuerza de ese poder, ni está en manos del estado hacerlo arbitrariamente.

La vida nos enseña que se legislan normas justas, pero también normas injustas… 

Así es. Antígona lo dijo a su tío Creón. Nos lo dice el sentimiento que Dios ha puesto en el corazón del hombre, según escribió San Pablo, por lo menos, si no está cegado por la pasión o por el pecado. Cicerón lo había comprendido y explicado hace sobre dos mil años, “es absurdo pensar que sea justo, todo lo determinado por las costumbres y leyes de los pueblos, ¿acaso también si son leyes de tiranos?”.

Tampoco podemos reducir la naturaleza a un concepto material y estático. Hay que verla viva, con alma, así lo justo no se reduce a puras causas materiales y eficientes, sino también a las causas formales, y en especial, las finales.

Por esto, este orden al que hemos hecho referencia, el orden ínsito por Dios, en su obra creadora, no lo conocemos en su totalidad, tal vez no lo alcancemos a conocer nunca, lo estamos descubriendo siempre, y a veces olvidándolo. Pero sí conocemos lo esencial, para regular el orden provisorio de este mundo: distinguiendo lo universal y lo particular, lo que permanece y lo que cambia, el ser, el devenir, lo sustancial y lo accidental.

La justicia general no puede separarse en los gobernantes y súbditos de las demás virtudes cardinales: la prudencia, la fortaleza y la templanza…como escribió Salomón, en su libro de la Sabiduría.

La soberbia del hombre, que es el primer pecado, el querer ponerse en el lugar de Dios, determinando el bien y el mal, lo justo e injusto, la cual se ve acrecentada hoy por los poderosos adelantos técnicos conseguidos, le impulsan a pretender cambiar el mundo a su arbitrio, a cambiarlo todo, a cambiarlo todo de una vez y enseguida. También los juristas lo han pretendido, pretenden arreglarlo todo, dictando normas…olvidando que el derecho sólo ocupa una parcela de la vida social, que en otras sólo puede suavizar algo con unas gotas de aceite, que en otras sólo puede liquidar situaciones, pero no arreglar nada. Hay un error básico de perspectiva, de conocimiento de la realidad, y de las posibilidades…Se olvidan el amor y la fuerza, la caridad y la fortaleza…y con ello la prudencia, desconociendo así la verdadera justicia. 

¿Hasta qué punto es grave no respetar el derecho natural?

Hay que destacar la Declaración de 1948 sobre los derechos humanos. En su preámbulo, leemos que vienen a ser una ley superior, común para todos los seres humanos, y no algo que puedan cambiar los políticos a su antojo. Los autores de la Declaración quisieron reconocer solemnemente el valor de la dignidad humana, y explicitaron que los derechos humanos son: indivisibles, inviolables e inherentes, y así nadie puede cambiarlos a su antojo, porque son innatos, porque pertenecen a todos los hombres, por el hecho de pertenecer a la especie humana.

Pero esos derechos inherentes a la naturaleza humana, se cambian, se reformatean, se redefinen, se desnaturalizan, se despojan de sentido según el antojo del politiquillo de turno, así por ejemplo el derecho a la vida, piedra angular de la Declaración, se conculca a través de códigos legales que admiten el aborto, el derecho al matrimonio para todo hombre y mujer, se desvirtúa mediante la legalización de uniones de personas de igual sexo, el derecho del niño a conocer a sus padres naturales y a ser criados por ellos, o en su defecto por los padres adoptivos que restauran los vínculos de filiación, de maternidad y paternidad, se conculca cuando los niños nacen de donantes anónimos o son adoptados por parejas de igual sexo. La Declaración proclama los derechos de la madre y el hijo a disfrutar de una protección social especial, pero la maternidad es fuente de discriminación en los mercados laborales, también proclama la Declaración el derecho a practicar la religión de forma pública, pero el laicismo rampante está obsesionado en relegar su práctica a esferas privadas, y así podíamos continuar hasta adivinar que no hay derecho humano que no esté siendo desnaturalizado.

Y mientras triunfa esta desvirtuación de los derechos humanos, quienes propugnan una definición objetiva de tales derechos, son tachados de fundamentalistas. Ya no se reconoce la existencia de una racionalidad ética, capaz de determinar lo que es justo y lo que es injusto en razón a la dignidad humana, es el voto de la mayoría, el que en cada coyuntura determina lo que es justo o injusto.

Nos hallamos, en definitiva, ante la emergencia de una nueva forma de totalitarismo, aunque esta vez, a diferencia de los totalitarismos clásicos, tan ceñudos y despóticos, se disfrace de aritmética parlamentaria, y filantropía. La satisfacción de apetencias, de anhelos, de pulsiones, incluso de caprichos, convenientemente disfrazada con los ropajes de la emotividad, se erigen en coartada para la formulación de nuevos derechos. Y aquí podíamos recordar lo que Aristóteles escribió en su “Política”, las verdaderas formas de gobierno, son aquellas en las que el individuo, gobierna con las aspiraciones del bien común, los gobiernos que se rigen por intereses privados, son perversos”.

Los derechos humanos se han convertido en instrumentos de esta perversión política… 

Efectivamente y la labor que desempeñaban como límite a la actuación de los poderes públicos, como garantía de una vida digna, se ha disuelto por completo. Ahora es el poder mismo el que determina que derechos deben ser reconocidos. Han dejado de ser una propiedad innata de los seres humanos, para convertirse en concesiones graciosas del gobernante de turno, que así nos ha convertido en esclavos. Pues sólo se puede calificar de esclavos, a quienes renuncian a sus prerrogativas humanas, con tal de satisfacer sus caprichos.

Está el derecho a ocupar cargos públicos en atención a la capacidad, sin otra distinción que la de la virtud y el talento, algo semejante decía Santo Tomás de Aquino, cuando afirmaba, “el gobierno tiene que estar en manos de los virtuosos, y de los inteligentes”. Lo malo es cuando está en manos de los incapaces”, y de los huérfanos de virtud y de talento, como sucede hoy.

Volviendo a la Declaración, podíamos afirmar que está en el origen, el “veneno” de la Declaración. Maritain, declaró con impudicia en 1947, cuando se estaba debatiendo el proyecto de la Declaración, habida cuenta de que no se podían poner de acuerdo sobre el fondo, sobre el fundamento, que “bastaría que se pusieran de acuerdo sobre cuestiones meramente prácticas, sobre su garantía”. Es decir, que había una renuncia, una renuncia a fundar los derechos, y a encontrar un fundamento de esos derechos. Esa renuncia no se puede calificar de un modo benévolo, porque implica una prohibición de preguntar, implica un cerrar los ojos, implica una asunción irracional.

Un mal de la declaración, se encuentra en el concepto de libertad, concepto que de forma muy esquemática y burda se refleja en esa frase tan manoseada, de que los hombres son libres para todo aquello que no perjudique a otros. Pero claro cuando tú dimites de la racionalidad ética, y de la capacidad para enjuiciar si unos actos son justos o injustos, y el ser justos o injustos, depende única y exclusivamente de que perjudiques o no, a otro, desde ese momento ya te estás haciendo a ti mismo una trampa, porque tú siempre te vas a convencer de que tus actos no perjudican a otro. La tesis de Kant, es la libertad negativa, la libertad sin reglas, que está en el origen de tantas declaraciones, o sin otra regla que no sea la propia libertad, la autonomía personal para dirimir lo que es bueno y lo que no, guiándote única y exclusivamente en último término por tu beneficio y tu interés, derivando todo ello en última instancia en el relativismo moral, predominante hoy.

Los derechos humanos no son nada, mientras no son concretados en una legislación, y en una jurisprudencia…

Sí, pero al final, éstas son inspiradas por la ideología dominante, (ya sea ésta a través de los medios de comunicación, instancias políticas, medios culturales…) Son quienes acaban determinando la esencia de esos derechos, los límites, el ámbito de aplicación, hasta donde llegan, a que concepto de persona humana responden etc. Lo que habría es que ver el concepto de naturaleza humana, para concretar el concepto de derechos humanos y su desarrollo.

Todo esto, porque España fue invadida en 1808 en nombre de la Declaración del Hombre y del ciudadano, y hubo muchos fusilados al amparo de aquella declaración, así que ojo, porque esas declaraciones esconden detrás una ideología determinada, no tan inocente como pudiera parecer.

Así que, a la luz del preámbulo de la declaración, vemos un racionalismo constructivista. Así cada promesa de utopía ha provocado un cataclismo, un crimen, y un genocidio. La primera, la revolución francesa, mientras se estaba proclamando, estaba masacrando a la población vandeana, por el delito de ser fieles a su rey, y a su religión. Y no olvidemos el reguero de sangre y los millones de muertos que han dejado detrás, y así la declaración se convierte en un nuevo “catecismo utópico”, sustitutivo del planteamiento religioso, inunda ese plano de la personalidad y acota más el plano de la religión hasta perseguirlo. Viene a ser una nueva ley universal, un nuevo decálogo, y para saber si te mueves en lo lícito, debes asomarte a él, y si no corregirte y enmendarte.

A menudo se redefinen los derechos humanos bajo fines bastardos, como en mayo del 68…

Esto sucede porque aquellos no están fundamentados en otra cosa que no sea el poder político, que es quien, en 1948, dicta este catecismo laico, y este catecismo laicista, así ya no hace falta otro planteamiento, no hace falta religión. Una aseveración y aceleración del proceso nihilista disolvente que está en la base de los derechos humanos, a partir de lo que se ha denominado la posmodernidad, y con su concreción en el hecho histórico del mayo del 68. No obstante, detrás de la declaración, como de tantas otras de la época está el consenso democristiano y socialdemócrata que se instaura por los vencedores de la II guerra mundial.

Aunque es curioso el caso italiano, en su constitución del 47, el principio de la demolición del orden social católico, de lo que quedaba en Italia, no se produce después de mayo del 68, en Italia vemos que la democracia cristiana es el partido que efectúa la descristianización de Italia.

Así las Declaraciones de 1789 y de 1948, se basan sobre un pseudoderecho, que lo encontramos en el artículo 21 de la Declaración, que es que no hay autoridad que no derive del sufragio universal, es decir, que no hay autoridades naturales, que tengan un fundamento diferente de la voluntad humana, entonces no existe la autoridad del marido sobre la mujer en el matrimonio, no existe la autoridad de los padres sobre los hijos en la familia, no existe la autoridad del maestro sobre los estudiantes en la escuela, etc.

A esto se llama la democratización, porque se dice que la democratización nunca está completa, pues aquí en España hubo un momento en que se acuñó una frase que decía que “la transición estaba inacabada”, y ¿por qué?, porque no podía acabar, porque pasa como con la democratización, que nunca termina el proceso de democratización, porque el proceso de democratización es el proceso de demolición de las autoridades naturales, pero lo que sucede es que la naturaleza emerge, y la naturaleza reacciona, y entonces existe una lucha en la que la falta de claridad en la visión del problema por muchas instancias hace que no sea tan definida y decidida como pudiera, pero la lucha continúa, y es un poco como la metáfora de Maeztu, de la hiedra y de la encina, la hiedra no termina de sofocar la encina. 

¿Qué debe suceder para que se vuelva a respetar el derecho natural?

El futuro que nos espera con una legislación que desconoce a DIOS, y manipula, tergiversa, distorsiona y cosifica las distintas instituciones, como el matrimonio, que vienen del derecho natural, es muy negro, y esto porque, obviamente vivimos una época, de “ampliación de derechos”, es paradójico, pero es así, ya existe el divorcio express, el sodomonio entre maricas, o no extrañe que aparezca un tercero en breve, ya Colombia quiere tomar la delantera, el aborto prácticamente de facto, es legal, universal, libre, gratuito, la manipulación con células madre está al orden del día, fecundación in vitro, la legislación sobre la pena de muerte en occidente es casi unánime, curioso porque el V mandamiento es “no matarás al inocente”, sin embargo al inocente se le asesina en la intimidad de un quirófano, y al culpable (terroristas, violadores, asesinos en serie…), que tienen el corazón y las manos manchadas de sangre, se les respeta el derecho a vivir.

II

Nos falta, al menos en España, por ver como se legislan: los vientres de alquiler, la eutanasia en sentido amplio, incluso veremos algún día, no muy lejano, como se podrán pedir los hijos “al gusto”, rubios, ojos verdes, metro ochenta. Por otro lado, veremos como el animalismo, logrará avanzar en hacer sujetos de derecho a los animales, lo cual, nos afecta especialmente con la fiesta nacional, cuando los animales no tienen deberes, contrapartida de un derecho.

Veremos que se incluirán asignaturas que aborden más hondamente la ideología de género, si cabe, con los colectivos ya conocidos. Aun la tibia asignatura de religión desaparecerá, es cuestión de tiempo, incluso ya parece que la ONU, entiende que llevar los niños a misa, atenta contra los derechos humanos. Vamos, en suma, a un régimen capitalista en lo económico, pero con los campos de la cultura y la educación controlados y dominados por un marxismo barnizado, que aplica sin disimulo las teorías de Gramsci, que triunfan inapelablemente.

En 1885 León XIII, remachó, en la encíclica Inmortale Dei, que “es obligación grave de las autoridades honrar el santo nombre de DIOS”.

Entre sus principales deberes deben colocar la obligación de favorecer la religión, defenderla con eficacia, ponerla bajo el amparo de las leyes, no legislar nada que sea contrario a la incolumidad de aquélla. La religión es, obviamente, la católica, no el hecho religioso indiferenciado.

Pues bien, lo vital, es que la Iglesia vuelva a esta concepción, abandonada tras el Concilio Vaticano II. Ejemplo de ello, fue el trato hostil dado por Pablo VI, al régimen del General Franco, último estado católico, incluso amenazando con la excomunión, para cuyo fin, utilizó a Monseñor Tarancón, gran artífice, de que, a la muerte del general, llegase a España, una constitución donde falta DIOS, y sobran nacionalidades. Hay que decir que, ni el régimen de cristiandad (mil años), ni el llamado nacionalcatolicismo, fueron perfectos como expresión del principio católico, pero fueron expresión del principio católico. 

Javier Navascués

Javier Navascués

Ha trabajado como redactor en el Periodico de Aragón y Canal 44 de Zaragoza y como locutor y guionista en diferentes medios católicos como NSE, EWTN, Radio María etc...y últimamente en Agnus Dei.