ADELANTE LA FE

Grandes santos sintieron el aburrimiento de las cosas de Dios

“El que ora ciertamente se salva, el que no ora ciertamente se condena” (San Alfonso María de Ligorio).

El tiempo Pascual es un tiempo de profunda alegría porque celebramos la resurrección de Cristo y su victoria sobre el pecado y sobre la muerte. Pero esa alegría que traza sabiamente la Liturgia no corresponde muchas veces con nuestro estado anímico real, a veces invadido por el tedio y el hastío de las cosas de Dios, que suele verse acompañado de una profunda tristeza.

La Virgen pidió en Fátima oración y penitencia. Con frecuencia la misma oración, para el alma en aridez, suele ser una gran penitencia. Es un gran error pedagógico afirmar que la oración es algo muy sencillo, que consiste simplemente en hablar con Dios con naturalidad, como cuando hablas con un amigo o con tus padres.

La oración es un acto sobrenatural y generalmente requiere esfuerzo y concentración, tiempo y predisposición de alma, paciencia y confianza. Dejar que la gracia actúe, aunque no sintamos nada. La oración en sí no es difícil, lo que es complicado es lograr la predisposición mental necesaria para la oración y esto requiere mucha mortificación.

«La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. Los grandes orantes de la Antigua Alianza antes de Cristo, así como la Madre de Dios y los santos con Él nos enseñan que la oración es un combate. ¿Contra quién? Contra nosotros mismos y contra las astucias del tentador que hace todo lo posible por separar al hombre de la oración, de la unión con su Dios. El “combate espiritual” de la vida nueva del cristiano es inseparable del combate de la oración.»

¿Por qué se nos hace difícil la oración?

Recuerdo perfectamente una predicación del P. Molina, que me servirá de hilo conductor en la respuesta. No sabemos orar porque nunca nos hemos esforzado seriamente en conseguirlo. Nos falta mucho dominio sobre nosotros mismos, dominio sobre las pasiones desordenadas. Nos falta silencio interior, buscar sólo a Dios y su voluntad con un corazón entregado a Él y desapegado de las criaturas.

No sabemos dominar la imaginación, la loca de la casa en palabras de Santa Teresa, y por eso estamos dispersos y no encontramos sosiego en nuestra alma. Al intentar concentrarnos en la oración, de repente nos invade un torbellino de ideas, de imágenes, de recuerdos… La mayoría de las distracciones en la oración nos las causan las preocupaciones terrenas…

Al igual que Marta nos afanamos en muchas cosas y sólo una es necesaria. Debemos aprender a escoger la mejor parte, como hizo María. Las preocupaciones de la vida, la sensualidad, los malos hábitos…van desconectándonos de Dios. Y fuera del ambiente de Dios, sin recogimiento interior, es imposible psíquicamente la oración.

Dios puede ser para nosotros un ser vago, irreal, fuera de nuestra vida o al margen de ella. Por eso la oración nos aburre, nos hastía, nos parece algo artificial y sin sentido. La carne es aburrimiento de lo divino. Dios cansa y aburre porque no es objeto de nuestro entendimiento en este mundo. Con frecuencia nos invade el aburrimiento, la desgana, el desánimo…Si queremos rezar bien tenemos que pedirlo con humildad, esforzarnos y confiar en que la gracia se derrame sobre nosotros. Tenemos que confiar más en Dios, vencer la pereza mental y dejar de ver las cosas superficialmente.

A los santos también les costaba la oración

A los santos también les costaba rezar. Tuvieron que esforzarse en vencer su naturaleza caída y con la ayuda de la gracia, se dejaron transformar por Dios. Un gran místico, como San Juan de la Cruz, sufrió terriblemente la noche de los sentidos y la noche del espíritu, que tan perfectamente describe en su obra La noche obscura.

Pensemos en Santa Teresa de Jesús, antes de la conversión y de ser maestra de oración. Se le hacía eterno permanecer en la capilla rezando. No cesaba de mirar el reloj pensando en salir y reunirse con doncellas legas para hablar de vanidades. Santa Teresita de Lisieux, enferma y agotada, se quedaba dormida en el coro y cuenta en la Historia de alma que todos los retiros los hizo en profunda aridez.

San Rafael Arnáiz, también enfermo y en desolación, una semana antes de morir escribe: “Llevas un rato de oración, y ni un sólo pensamiento de Jesús, ni un sólo pensamiento de María. Sólo piensas en ti y en tu enfermedad, eres un pobre hombre hermano Rafael!”. La campeona en este ranking de la aridez fue Santa Juana de Chantal que estuvo 41 años en sequedad.

Los santos tuvieron que superar grandes dificultades en la oración, pero perseveraron en ella y alcanzaron la santidad. Aunque a nosotros también nos cueste mucho, luchemos con heroísmo, nunca tiremos la toalla. Esforcémonos en ser almas de oración. Está en juego no sólo nuestra santidad sino la propia salvación del alma:

“El que ora ciertamente se salva, el que no ora ciertamente se condena” (San Alfonso María de Ligorio).

Javier Navascués

Javier Navascués

Ha trabajado como redactor en el Periodico de Aragón y Canal 44 de Zaragoza y como locutor y guionista en diferentes medios católicos como NSE, EWTN, Radio María etc...y últimamente en Agnus Dei.