ADELANTE LA FE

Homilía: De la muerte de un ser querido

R.P. Luis María Canale

Cuando muere un ser querido el hombre moderno suele caer en dos grandes errores. Por un lado creer que no hay nada después y es algo terrible. Y por otro creer que el familiar, independientemente de la vida que haya llevado, va directamente al Cielo. Y por consiguiente dejan de rezar por él. Craso error, pues sólo santos muy señalados han evitado el trance del purgatorio. Y muchas almas han vivido habitualmente en situación de pecado.

El Credo cristiano —profesión de nuestra fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en su acción creadora, salvadora y santificadora— culmina en la proclamación de la resurrección de los muertos al fin de los tiempos, y en la vida eterna.

Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos (los que hayan llevado una vida santa o al menos hayan muerto en gracia de Dios) después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que Él los resucitará en el último día (cf. Jn 6, 39-40). Como la suya, nuestra resurrección será obra de la Santísima Trinidad:

«Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros (Rm 8, 11; cf. 1 Ts 4, 14; 1 Co 6, 14; 2 Co 4, 14; Flp 3, 10-11).

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