papa-pioxiiEl 1 de noviembre de 1950, en su Constitución Apostólica Munificentissimus Deus,  el papa Pío XII define, como un artículo de fe, que la Bendita Virgen María fue llevada corpóreamente al Cielo.

El 8 de diciembre de 1854, en la Constitución Ineffabilis Deus, el papa Pío IX definió el dogma de la Inmaculada Concepción de la Bendita Virgen María. Muchos no-católicos erróneamente creen que la Inmaculada Concepción se refiere a la concepción virginal de Jesucristo en el seno de su Madre. En realidad, este término se refiere a la concepción de la Virgen María en el seno de su madre, santa Ana. Por méritos de Jesucristo, la Bendita Virgen María recibió este singular privilegio de ser exenta de la ley universal del pecado desde el momento de su concepción. La definición del dogma se lee como sigue: “La más Bendita Virgen María…en el primer momento de su concepción, por un singular privilegio y gracia otorgadas por Dios, en vista de los méritos de Jesucristo, el Salvador de la raza humana, fue preservada exenta de toda mancha del pecado original.”

Como observa santo Tomás, el pecado consiste en un elemento de dos lados, principalmente el darle la espalda a Dios el voltearse a las criaturas desordenadas. El elemento formal del pecado original es la privación de la justicia original, que resultó en la voluntad alejándose de Dios. El elemento material es la concupiscencia, desde la cual la voluntad se voltea hacia las criaturas.[1]  Explica santo Tomás:

Cada cosa toma su especie desde su forma: y ha sido sentado que la especie del pecado original es tomada desde su causa. Consecuentemente el elemento formal del pecado original debe considerarse con respecto a la causa del pecado original. Pero las contrarias tienen causas contrarias. Por lo tanto, la causa del pecado original debe considerarse con respecto a la causa de la justicia original, que es opuesta a ello. Ahora, todo el orden de la justicia original consiste en la voluntad del hombre siendo sujeta a Dios, sujeción, la cual en primera instancia y principalmente estaba en la voluntad, cuya función es la de mover todas las partes al final, como se estipula arriba (pregunta 9, artículo 1), así es que, la voluntad estando de espaldas a Dios, todos los demás poderes del alma se tornan desordenados. Por consiguiente, la privación de la justicia original, por la cual la voluntad fue hecha sujeta a Dios, es el elemento formal con respecto al pecado original; mientras todo otro desorden de los poderes del alma es una especie de elemento material con respecto al pecado original. Ahora, lo desordenado de los otros poderes del alma consiste principalmente en que se vuelvan del desorden al bien mutable, cuyo desorden puede ser llamado por el nombre general de concupiscencia. De allí que el pecado original es concupiscencia, materialmente, pero privación de la justicia original, formalmente.”

En el bautismo, el elemento formal del pecado original es removido parcialmente por medio de la infusión de la gracia santificante y la caridad en el alma, pero debido a la pérdida del regalo pretematural de integridad corporal (lo que mantiene la naturaleza más baja del hombre perfectamente sujeta a su naturaleza más alta), el elemento material se queda, y debe ser combatido por la recepción de los sacramentos, del negarse a sí mismo, y a la práctica de la virtud. Por medio de un singular privilegio, la Virgen María fue preservada de toda mancha del pecado original—no solo el elemento formal sino el elemento material también.  Como tal, la Bendita Virgen María estaba libre de la concupiscencia, la cual impide el puro y perfecto amor a Dios, porque ella verdaderamente estaba “llena de gracia” (Lucas 1 28). “No estaba bien”, escribió santa Bernardina de Siena: ”Que el Hijo de Dios naciera de una virgen y que tomase su carne, si ella tuviera el grado más pequeño de la mancha del pecado original.”

Este privilegio le fue otorgado a la Bendita Madre por medio de los méritos de Su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, quien fuera en verdad su Salvador (Lucas 1 47), pero a diferencia de otros quienes son salvados por ser limpiados del pecado por los méritos de Cristo, la Bendita Madre fue salvada por medio de sus méritos al ser preservada del pecado. En cumplimiento de la profecía en Gén. 3 15—“Pondré enemistad entre ti y la mujer”—la Bendita Madre fue exenta de la ley universal del pecado que pasó a todos los hombres debido a la transgresión de Adán, el padre de la raza humana. Estaba bien que ella, quien estaba destinada a aplastar la cabeza de la serpiente—“ella aplastará tu cabeza” (Gén. 3 15)—deberá  estar libre de toda mancha de pecado, para que él, cuya cabeza aplastaría, no tuviera nunca ningún lugar dentro de ella. Refiriéndose a la Bendita Virgen María, San Juan Damasceno dijo: “La serpiente nunca ha tenido acceso a este paraíso.” Su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, no lo aceptaría de ninguna otra manera.

Ahora, puesto que la muerte corporal es consecuencia del pecado (Romanos 5 12), nos preguntamos: Si la Virgen María estaba exenta de la ley universal del pecado, ¿estaría ella también exenta de tener que sufrir la muerte corporal, especialmente  puesto que la preservación de la muerte corporal fue uno de los regalos preternaturos que Adán perdió?

El 1 de noviembre de 1950, en su Constitución Apostólica Munificentissimus Deus, el papa Pío XII definió como un artículo de fe, que la Bendita Virgen María fue asunta corporalmente al Cielo al final de su vida. Escribió: “Pronunciamos, declaramos y definimos que es un dogma revelado divinamente: que la Inmaculada Madre de Dios, la siempre Virgen María, habiendo completado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial.”

La pregunta de si la Bendita Madre murió antes de ser asunta al cielo fue específicamente evitada en la definición, puesto que el propósito era sólo definir la Asunción. Simplemente dijo que ella fue asunta al cielo después de: “Haber completado el curso de su vida terrenal.” En el mismo documento, sin embargo, el Papa indica en varios lugares que la Bendita Madre sí murió antes de ser asunta al cielo, y él cita múltiples fuentes para sostener esta creencia. Por ejemplo, él cita lo siguiente del sacramentario que el papa Adrián I le envió al emperador Carlomagno: “Venerable a nosotros, O Señor, es la festividad de este día en el cual la santa Madre de Dios sufrió la muerte temporal…”, así como la liturgia bizantina que dice: “Dios, el Rey del Universo, te ha otorgado favores que sobrepasan a la naturaleza. Como te mantuvo virgen durante el parto, así Él ha mantenido tu cuerpo incorrupto en la tumba y lo ha glorificado por Su acto divino de transferirlo desde la tumba.”  También cita a san Alfonso, quien escribió: “Jesús no quería que el cuerpo de María fuera corrupto después de la muerte…”, y a san Francisco de Sales quien preguntó: “¿Qué hijo no traería a su madre de vuelta a la vida y no la traería al paraíso después de su muerte si pudiera?”

Hay una tradición sólida, tanto en el Este como en el Oeste, de que la Bendita Madre sufrió la muerte antes de ser asunta al cielo. En el siglo VIII, san Juan de Damasco (749 d.C.) formuló la tradición de la Iglesia de Jerusalén como sigue:

San Juvenal, obispo de Jerusalén, en el Concilio de Calcedonia (451), hizo conocer al emperador Marciano y  Pulqueria quienes querían poseer el cuerpo de la Madre de Dios, que María murió en presencia de todos los apóstoles, pero que su tumba, cuando fue abierta, a petición de santo Tomás, fue encontrada vacía, de allí que los apóstoles concluyeron que el cuerpo fuera llevado al cielo.”

En la Ciudad Mística de Dios, la venerable María de Ágreda, recuenta los mismos eventos descritos arriba, pero agrega muchos más detalles, incluyendo un privilegio poco conocido que le fuera otorgado a la Madre Bendita. Los eventos concernientes a la Transición de la Madre Bendita le fueron revelados a ella en detalle. Ella vio a Nuestro Señor, “descender del cielo sobre un trono de inefable gloria, acompañados de todos los santos y de innumerables ángeles.” Él le habló a Ella con estas palabras:<<-Mi queridísima Madre, quien he escogido como mi lugar de residencia, la hora ha llegado en que pasarás de esta vida…a la gloria de Mi Padre y Mía, donde poseerás el trono preparado para Ti a mi derecha…Y entonces, por Mi poder y como Mi Madre, He hecho que entres al mundo libre de y exenta del pecado, por lo tanto tampoco la muerte tendrá derecho o permiso para tocarte al salir Tú de este mundo. Si no deseas pasar por ello, ven a Mi ahora para participar de mi gloria, que Tú has merecido.->> La Madre Bendita respondió: <<-Mi Hijo y Señor…Tú quien eres mi Verdadero Dios, has sufrido la muerte sin ser obligado a ello, está bien que como te he seguido en vida, también te siga en la muerte.->> El Señor aprobó esta petición, y la Bendita Madre pronunció las mismas palabras que Nuestro Señor cuando Él expiró sobre la Cruz: <<-En Tus manos, O Señor, encomiendo mi espíritu.->>–entonces cerró sus ojos y expiró. En el libro “Las Glorias de María” san Alfonso cita a Bernardina de Bustis como sigue: “María, por un privilegio singular no otorgado a ningún otro santo, amó y estaba siempre en verdad amando a Dios, en cada momento de su vida, con tal ardor que, como declara san Bernardo, se requería un milagro continuo para preservar su vida en medio de tales llamas.” (pág. 411). Lo interesante es, según la venerable María de Ágrega, que fue la suspensión de tal milagro que resultó en su muerte. Le fue revelado a ella que la Bendita Virgen María, “murió en el momento en que se suspendió el poder divino de asistencia, que hasta ese momento había actuado en contra del sensible ardor de su amor encendido para Dios. Tan pronto como esta asistencia milagrosa fue retirada, el fuego de su amor consumió los humores de vida de su corazón y causó así la cesación de su existencia terrenal.”

El Señor estaba tan complacido con este sacrificio final de Su madre, de seguirlo a Él en la muerte, que Él le otorgó un nuevo privilegio para el beneficio de sus hijos espirituales. La Bendita Madre explicó este privilegio con las siguientes palabras dichas a la venerable María de Ágreda:

<<-Hija mía, aparte de todo lo que has entendido y escrito de mi gloriosa Transición, deseo informarte de otro privilegio, que me fuera concedido por mi Divino Hijo en esa hora. Ya has escrito que El Señor me ofreció el escoger entrar a la visión beatífica con o sin pasar por los portales de la muerte. ….Escogí la muerte libremente para poder imitar y seguirlo. …Como yo había visto a mi Hijo y Verdadero Dios morir, no hubiera satisfecho el amor que le debo, si hubiera rehusado la muerte, y hubiera dejado una gran brecha en mi conformidad y mi imitación de mi Señor, el Dios-  hombre, mientras Él quería que yo soportara un gran parecido con Él en su más sagrada humanidad. … De allí que el que escogiera la muerte  fue tan placentero para Él, y mi amor prudente allí lo obligó a tal extremo, que a su vez, Él me concediera inmediatamente un favor singular en beneficio de todos los hijos de la Iglesia. …Fue esto, que todos aquellos devotos a mí, quienes me llamaran a la hora de su muerte, constituyéndome como su Intercesora en memoria de    mi feliz Transición y de mi designio de imitarlo a Él en la muerte, estarán bajo mi especial protección a esa hora, me tendrán como una defensa en contra de los demonios, como una ayuda y protección, y serán presentados por mi ante el tribunal de Su misericordia y experimentarán mi intercesión. En consecuencia el Señor me dio un nuevo poder y comisión y Él prometió conferir grandes ayudas de Su gracia para una buena muerte y para una vida más pura a todos aquellos quienes en veneración de este misterio de mi preciosa muerte, invocaran mi ayuda.”

Este privilegio, otorgado a la Bendita Virgen María, será aplicado a aquellos quienes la llamen a la hora de su muerte, en memoria de su feliz Transición y la muerte que ella quiso soportar. Una manera de acordarse de este privilegio, y beneficiarse por lo tanto de ello, es de formar el hábito de recordarlo cuando se dice el cuarto misterio glorioso del rosario (la Asunción). Además de ofrecer esta década por la gracia de una muerte santa, debemos ofrecerlo en honor del privilegio otorgado a la Bendita Madre, como resultado de su santa muerte, pidiendo la gracia de llamarla a la hora de nuestra muerte, porque “ellos serán verdaderamente salvados y reinarán en el cielo por quienes la Reina de la misericordia interceda.” (Benito Denis el Cartusiano).

Mi más Santa Virgen María, Madre de Dios, Madre en Intercesora mía. En honor de tu gloriosa Transición y de la muerte que soportaste por voluntad propia en imitación de tu Divino Hijo, y en honor del privilegio que recibiste por tu muerte, te suplico, que veas a bien asistirme a la hora de mi muerte, y que me presentes a tu Hijo Divino, pidiéndole a Él que sea misericordioso conmigo, como un favor a ti. Y si yo, en mi agonía final, me olvide de llamarte a ti, tú, O Más Santa Virgen María, te acuerdes de esta oración, y no te olvides de interceder por mí. Amén.

Robert J. Siscoe

[Traducido por Tina Scislow. Artículo original]

[1] “El pecado original es la concupiscencia, materialmente, pero privado de la justicia original, formalmente”. (ST, II-II q. 83, a. 3)