RORATE CÆLI

La cultura de la caridad en la Iglesia (y una nota sobre el reciente Motu Proprio)

Columnista invitada

La cultura de la caridad en la Iglesia: Regreso a la celebración completa del Rito Romano Tradicional

Los tesoros litúrgicos de la Iglesia quizás sean sus tesoros más grandes y sublimes. Estos bellísimos tesoros, desde el canto gregoriano a las vestimentas y el lenguaje del rito tradicional en sí, debieran ser reverenciados y preservados, tal como lo hicieron antes que nosotros muchos grandes santos del pasado. Somos muy conscientes de que en muchas parroquias y diócesis, si no en todas, la preservación de los tesoros litúrgicos de la Iglesia ha estado en declive desde el Concilio Vaticano Segundo. Con el Summorum Pontificum de Benedicto XVI, que declaró que el rito tradicional nunca fue abolido, vimos un aumento en las celebraciones de la liturgia romana tradicional—muchos recibieron en la Iglesia el coraje espiritual para preservar este rito litúrgico. En el décimo aniversario del Summorum Pontificum de Benedicto, vale la pena meditar por qué es tan importante mantener con reverencia y fomentar la celebración del rito romano tradicional. En particular, si observamos la perspectiva teológica del cardenal Charles Journet sobre la caridad en la Iglesia, comprenderemos mejor por qué es necesario mantener las antiguas tradiciones litúrgicas de la Iglesia.

En su obra La Teología de la Iglesia (San Francisco: Ignatius Press, 2004), Journet explica que la caridad es el alma creada de la Iglesia; afirma que esta alma es un alma de culto, sacramental, y dirigida (p. 170). En el presente artículo, me enfocaré en el aspecto del culto de la caridad. Respecto a la caridad como alma de la Iglesia, Journet explica, “Podemos definir esta alma diciendo que es una caridad crística y conformada con Cristo, que nació bajo la Nueva Ley.” (Ibid.). A través de la caridad, nos conformamos plenamente con Cristo, dado que deseamos unirnos a Él. Journet explica a quienes no están de acuerdo con que la caridad es el alma creada de la Iglesia, que la pertenencia a la Iglesia comprende dos elementos: la fe teológica y la voluntad de permanecer en la Iglesia (p. 171). Por eso, un pecador carece personalmente de caridad, pero en la propia Iglesia la caridad nunca puede estar completamente ausente (Ibid.). Tal como Journet describe luego, “Cuando la caridad de Cristo es completa, es decir, cuando es de culto, sacramental, y dirigida, el alma de la Iglesia está completa; la Iglesia, compuesta por los justos y los pecadores, se encuentra en un actuar perfecto o completo” (p. 172). Esta es una declaración sorprendente: la caridad de la Iglesia encuentra su actuación perfecta cuando la liturgia (culto) y sus sacramentos son pujantes. La caridad no está ligada principalmente a los esfuerzos humanitarios, las acciones de justicia social, el ecumenismo, u otra actividad externa. Antes bien, en la perspectiva de Journet, la caridad y la liturgia están ligadas íntimamente.

Por eso, Journet prosigue diciendo dos cosas. Primero, “Cuando la caridad de Cristo no está completa, cuando faltan ya sea el sacrificio de la misa, los sacramentos, o las directivas de la jurisdicción divinamente asistida, el alma de la Iglesia es imperfecta, o mutilada; la Iglesia se ve en una actuar inconcluso, o para ser más exactos, un actuar mutilado” (p. 172). Segundo, esta caridad es “absolutamente inseparable de la adoración cristiana. El suprimir el culto cristiano—para suprimir la misa o los sacramentos—sería al mismo tiempo suprimir la caridad, en referencia al acto redentor de Cristo; sería suprimir la caridad, en tanto que es cristiana” (p. 173). Esto no debiera sorprendernos: es del santo sacrificio de la misa, como representación del sacrificio de Cristo en la cruz, de donde fluye toda caridad. “Porque así amó Dios al mundo: hasta dar su Hijo único, para que todo aquel que cree en Él no se pierda sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16), y, “Y el amor de Dios se ha manifestado en nosotros en que Dios envió al mundo su Hijo Unigénito, para que nosotros vivamos por Él. En esto está el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:9-10). Por lo tanto, el propio hecho de que la misa sea un sacrificio revela la caridad de Cristo. Aquellos que intentan reducir la celebración de la misa a la celebración de una cena fraterna, pierden la totalidad del aspecto sacrificial, y por lo tanto la totalidad de la caridad de Cristo que se nos ofrece a través de la liturgia. Las palabras de Journet respecto a la conexión entre la caridad y la misa son fuertes: quienes intentan suprimir o reducir la misa, en última instancia, niegan la caridad que Cristo nos ofrece. La caridad de la Iglesia—el alma misma de la Iglesia—se reduce cuando fallamos en celebrar la misa y los sacramentos con debida reverencia, cuidadosa atención, y  debida diligencia.

A esta altura, alguno podría objetar que todo ser humano se encuentra caído y sujeto al pecado original. ¿En este caso, puede haber una celebración “perfecta” de la misa? Si bien es verdad que nuestra celebración de la misa suele ser insuficiente debido a una gran variedad de circunstancias y defectos, no es posible concluir que podemos descuidar la manera en la que celebramos y participamos en el sacrificio de la misa. Cualquier defecto en nuestra celebración, participación, atención a la oración, e incluso a lo externo de la misa (como la vestimenta y la música) contribuyen a la imperfección de la caridad en la Iglesia. Un ejemplo similar es el pecado dentro de la Iglesia: dado que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, toda acción pecaminosa de un miembro afecta al resto de los miembros. Por lo tanto, Journet argumenta que una misa celebrada pobremente o sin la atención y reverencia debidas, contribuye a un acto incompleto de caridad dentro de la Iglesia.

¿Acaso no vemos los efectos catastróficos de la falta de una reverencia adecuada en la celebración del santo sacrificio de la misa en nuestros días? ¿Estaríamos experimentando la misma crisis de fe, el mismo rechazo generalizado de las enseñanzas tradicionales, la misma falta de comprensión y aplicación de esas enseñanzas con la excusa de ser “pastorales”,  si no se hubiera cambiado drásticamente su sagrada liturgia tras el Concilio Vaticano Segundo? Si bien es incorrecto decir que toda misa y todo sacramento celebrado antes del Vaticano II se celebraba con la reverencia apropiada, esto no quiere decir que era correcto rechazar la liturgia tradicional de la Iglesia que se venía desarrollando orgánicamente a lo largo de los siglos. Si bien es posible que la misa Novus Ordo se celebre con reverencia y de acuerdo a lo que pretendían los padres conciliares (pensemos en las misas celebradas por los canónigos regulares en la iglesia St. John Cantius en Chicago, IL), pareciera que la riqueza de la liturgia tradicional de la Iglesia, celebrada por tantos santos con rúbricas que honran a muchos santos, contribuye de manera más perfecta a la plenitud y florecimiento de la caridad en la Iglesia. Ciertamente, podemos pensar en la oración del sacerdote directamente antes de lavarse las manos, según el misal de 1962: “Accendat in nobis Dominus ignem sui amoris, et flammam aeternae caritatis. Amen”—“Encienda el Señor en nosotros el fuego de su amor y la llama de su eterna caridad.” O podemos pensar en la octava antífona de la misa del Jueves Santo: “Ubi caritas et amor, Deus ibi est. Congregavit nos in unum Christi amor. Exultemus et in ipso jucundemur. Timeamus et amemus Deum vivum. Et ex corde diligamus nos snicero.”—“Donde hay caridad y amor, allí está Dios. El amor de Cristo nos ha congregado y unido. Alegrémonos y deleitémonos en El. Temamos y amemos al Dios vivo. Con sincero corazón amémonos unos a otros.”

En su obra más reciente, Noble Beauty, Transcendent Holiness: Why the Modern Age Needs the Mass of Ages (Kettering, OH: Angelico Press, 2017) [Belleza Noble, la Santidad Trascendente: Por qué la Era Moderna Necesita de la Misa Tradicional], el Dr. Peter Kwasniewski nos recuerda la importancia de preservar la liturgia tradicional de la Iglesia, que yo explico que está conectada con la caridad de la Iglesia, tal como lo describe Journet. El Dr. Kwasniewski explica, “La liturgia inmutable es una fuente de santidad y estabilidad para una Iglesia sacudida por la tempestad, agobiada por la herejía, acosada por tentaciones de transar con el mundo, la carne, y el demonio” (p. 61). Aquí, vemos nuevamente la centralidad de la liturgia en la vida de la Iglesia, que es la vida de la caridad. Una liturgia en constante cambio se asemeja mucho al mundo cambiante, pero lo que los miembros de la Iglesia necesitan es una liturgia estable que apunte a la visión beatífica, al sacrificio perpetuo del Cordero (Apocalipsis 5:6). En la tradición de Romano Guardini y Joseph Ratzinger, el Dr. Kwasniewski explica que, en primer lugar, la liturgia no se trata sobre nosotros; se trata en cambio de Nuestro Señor (p. 66). Cuando nos convertimos en el centro de la liturgia, estamos disminuyendo la caridad de la Iglesia, diría  Journet. Al disminuir la identidad esencial del sacrificio de la sagrada liturgia, disminuimos la importancia de la caridad de Cristo.

Por esta razón debemos, como fieles católicos, preservar los tesoros de la liturgia tradicional de la Iglesia. Como explica el Dr. Kwasniewski, “Si bien la tradición no deriva de nosotros, depende de nosotros: si el clero y los fieles no transmiten de manera completa y enteramente lo que han recibido, Dios podría permitir que perezca de una parte de la Iglesia en la tierra” (p. 80). Aquí podemos escuchar los ecos de Journet: si fallamos en transmitir la liturgia tradicional de la Iglesia, que se ha ido desarrollando orgánicamente a lo largo de los siglos, entonces fallamos en colmar la caridad de la Iglesia. Aún peor, si algunos individuos eligieran suprimir los ritos tradicionales de la Iglesia (cosa, por supuesto, inimaginable), estarían suprimiendo la caridad de Cristo en la Iglesia. Como describe correctamente el Dr. Kwasniewski, “El rechazo, la manipulación, o la metamorfosis de este rito por católicos romanos no es nada más y nada menos que un acto de violencia contra su propia identidad, una especie de suicido institucional” (p. 82). Este pareciera ser el caso, porque la violencia contra la liturgia es, en última instancia, violencia contra Cristo, quien se entregó por amor a toda la Iglesia. Mientras Cristo continúa entregando sus gracias sobre la Iglesia, incluso en su hora más oscura, como las puertas del infierno nunca prevalecerán contra ella, estamos en mayor o en menor medida en condiciones de recibir estas gracias, en base a qué tan bien nos alimentamos con la liturgia y los sacramentos.

El Dr. Kwasniewksi deja en claro en su libro que hemos llegado lejos en la preservación de los tesoros litúrgicos de la Iglesia, pero que aún tenemos un largo camino por delante (p. 111). Sin embargo, no debemos perder las esperanzas. En cambio, debiéramos inspirarnos profundamente en las palabras de Journet y el Dr. Kwasniewski; debemos inspirarnos en la preservación del rito litúrgico tradicional de la Iglesia. Concluyamos con las siguientes palabras de Journet. “Esta caridad se fascina con el misterio de la misa, que bajo la apariencia de sacrificio incruento, ofrece en cada momento en el tiempo, la misma presencia del único sacrificio cruento en el que el cielo y la tierra se pacifican (Col. 1:20). ¿No es acaso una exigencia del amor, el darle al Amado algo digno de Él?” (p. 173). Nuestro amor por el Señor, que se entregó en la cruz, debiera encender en nosotros el deseo profundo de darle lo mejor en la sagrada liturgia, lo que significa un deseo de darle los atributos usuales del rito romano tradicional: un canto gregoriano conmovedoramente bello, vestimentas elaboradas, cuidadosa y atenta lectura de las rúbricas, y una paciente atención a Su Palabra. Recordemos las palabras al comienzo del misal de 1962: “Introibo ad altare Dei, ad Deum qui laetificat juventutem meam”—“Subiré al altar de Dios, al Dios que es la alegría de mi juventud.” El sacerdote y quienes lo asisten en la misa se acercan al altar con la alegría de un enamorado, la alegría de la juventud—pero es una alegría contenida, que no emite ninguna clase de orgullo o presunción. Una liturgia que se celebra con esa clase de alegría y reverencia se opone enormemente a la liturgia que se celebra con frecuencia en la parroquia promedio; por eso, no por nada el papa Benedicto XVI consideró que Summorum Pontificum era un paso necesario para la salud de toda la Iglesia. Con corazones agradecidos, celebremos y asistamos a la liturgia tradicional de la Iglesia con el cuidado y reverencia adecuados, por amor al sacrificio redentor de Cristo en la cruz.

Posdata

Es por esto que el último motu proprio del papa Francisco, Magnum principium, es tan problemático. Al poner en la liturgia la lengua vernácula por encima del latín, el papa Francisco no solo niega lo que los padres del Vaticano esperaban, es decir, continuar utilizando el latín en la liturgia (Sacrosanctum Concilium, art. 36), sino que también rechaza nuestra gran historia litúrgica de celebrar la liturgia en la lengua del rito romano—el latín. ¿Cómo no vamos a comparar este motu proprio con el publicado por Benedicto XVI hace diez años? ¿No busca esto socavar el enfoque equilibrado de Benedicto entre ambas formas del rito romano? Esta acción del Vaticano debiera llevarnos a luchar aún más y con más coraje por la preservación de las tradiciones litúrgicas—sin duda, los católicos romanos no debieran temer la celebración y participación en el rito romano tradicional.

Verónica A. Arntz

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