MEDITACIÓN

De la doctrina del Evangelio (Luc. 3)

MEDITACION I

Para la cuarta Dominica de Adviento

Imperando Tiberio César, etc., envió Dios su palabra sobre san Juan, habitador del desierto, y vino por las riberas del Jordán predicando bautismo de penitencia, conforme a lo que profetizó Isaías, voz del que clama en el desierto, apercibid los caminos al Señor, etc.

PUNTO PRIMERO. Considera que, como dice san Pedro Crisólogo, esperó Dios a venir en el tiempo más necesitado del mundo, cuando estaba más perdido y el gobierno en los hombre más perversos y tiranos, y más desesperado de remedio, para enseñarnos que el día de la mayor necesidad es la víspera de la venida de Dios, y cuando estamos más destituidos del favor humano, está más cerca el divino. Alaba a Dios por su piedad y providencia y por el cuidado que tienen de los suyos, y confía en su bondad cuanto más solo y desamparado te hallares de los hombres, porque entonces tienes más cerca la visitación y favor de Dios, que siempre vela para tu bien.

PUNTO II. Considera a quien escogió Dios para precursor suyo y predicador de su palabra, ni a los muy doctos que cursaban las escuelas, ni a los doctores que tenían tan grande fama entre los hombres, ni a los poderosos y regalados del siglo, sino a un san Juan, criado en el desierto en soledad y penitencia, pobre de todo lo temporal, pero muy rico de los bienes espirituales; desconocido de los hombres, pero muy conocido y familiar de Dios y de sus ángeles: a los tales es a quien Dios aprecia y a quien estima y escoge para sus mayores empresas; de lo cual has de sacar grande aprecio de la virtud, y del retiro y la oración, y de la penitencia y pobreza, y desprecio del regalo y valimiento de los hombres, y de todo lo que el mundo adora, pues todo es nada en el acatamiento de Dios; y si eres ministro suyo, aprende las calidades que debes tener para que te fíe sus empresas, y las que han de tener aquellos a quienes has de elegir para las que tuvieres a tu cargo, no cegándote con el resplandor del aplauso humano, ni con el lustre de la nobleza, letras o valimiento, sino atendiendo a la santidad y virtud, y si la tuvieres, te sacará el Señor de un desierto para el mayor empleo, si fuere de su gloria y servicio.

PUNTO III. Mira  a san Juan, que bajó del desierto por las riberas del Jordán, descalzo de pie y pierna, vestido de pieles, crecido y desgreñado el cabello, curtido de las inclemencias del tiempo, pobre y desinteresado, predicando bautismo de penitencia, estimado y seguido de la gente, y a innumerables hombres que le oían, y venían a recibir su bautismo, abrasado en deseos de su salvación con el fuego de sus palabras: porque estas llamas son las que hacen la obra, más que toda la retórica y artificio humano: júntate con ellos, oye sus palabras, y resuélvete a hacer penitencia de tus pecados: considera que la llama bautismo, porque lava el alma de sus manchas, y por la suavidad y felicidad con la que purifica: levanta el corazón a Dios, y pídele esta agua y lágrimas de verdadera penitencia, y juntamente que envíe predicadores a su Iglesia de su santidad, celo y espíritu, como san Juan, que la enciendan en vivas llamas.

PUNTO IV. Ten por dichas a ti aquellas palabras que predicaba san Juan, como si las oyeras de su boca: Apercibid el camino del Señor:  mira que está cerca, y quiere venir a tu alma; apercíbele el camino, allanando los montes de la soberbia y arrancando las espinas de los vicios y de los afectos desordenados de las riquezas y regalos sensuales, y disponiendo tu alma con la mortificación y penitencia: vuelve los ojos a la vida pasada, y contempla con atención y despacio los caminos que has tirado hasta aquí, y procura enderezarlos en lo porvenir para que venga el Señor a aposentarse en tu alma: pídele que te disponga y dé la mano para levantarte con fervor, y empezarle a servir desde este día.

Padre Alonso de Andrade, S.J