ADELANTE LA FE

La Forja del carácter II

Queridos hermanos, terminamos el artículo anterior con la siguiente pregunta: ¿En qué consiste la grandeza de las motivaciones que determinan los actos del hombre? Fijémonos primeramente en que sólo Dios es grande; tiene en sí  la eternidad del ser, Él sólo es el que Es. Es el que ha permanecido sin mudanza alguna (Mal. 3, 6). Todo don y toda dádiva perfecta viene de arriba, desciende del Padre de las luces, en el cual no se dala mudanza ni sombra de alteración (Sant. 1, 17). Dice el Salmo (101, 28): Pero tú siempre el mismo, y tus días no tienen fin.  Y el Apocalipsis (4, 8): Santo, Santo, Santo, el Señor Dios todopoderoso, el que era, el que es y el que ha de venir.  Por esta causa Dios es y se llama Eterno, cuya eternidad consiste en que su ser, ni tuvo principio, ni puede tener fin, ni sucesión ni cambio alguno, sino todo Él siempre fue, es y será como fue.

Al hombre no le es dado  ver a Dios, pero Dios se nos da a conocer por sus obras. Dios el crear el mundo, creó al propio tiempo una cualidad especial, destinada a darnos una idea de lo que constituye su naturaleza o sus atributos: basta mirar la inmensidad de lo creado para ver una revelación exterior de la grandeza de Dios. El espacio nos da una idea de esa grandeza, en la cual no cabe medida; y por esto, al calificarlo, no se nos ocurre otro adjetivo más expresivo que el de inmenso, y usamos con frecuencia la expresión inmensidad del espacio. Pues bien, el espacio reúne tres condiciones, que son, longitud, latitud y profundidad. Si quitamos al espacio una de estas condiciones, deja de ser la revelación exterior de la grandeza de Dios; si suprimimos una de estas condiciones, desaparece el espacio. Tenemos, pues, que la grandeza, tal como  Dios no a la da a conocer en sus obras, a de reunir las tres cualidades de latitud, profundidad y longitud.

Latitud.

Decimos de forma coloquial que tal persona tiene un corazón grande, ancho. El Espíritu Santo, reconociendo en los actos de Salomón la inspiración de Dios, dice: Dio el Señor a Salomón sabiduría y un gran entendimiento y anchura de corazón, como la arena que está a orillas del mar (1 Rey. 4, 29). ¿En qué consiste esa anchura, esa latitud del corazón? Para explicar esta idea, basta examinar lo que pasa en  nuestro interior, en todos nuestros actos. Puede suceder que las motivaciones de nuestros actos no haya más que un deseo de propia satisfacción, de orgullo, nuestro cuerpo, nuestra casa, nuestro patrimonio, en una palabra, no nos propongamos otro objeto que nosotros mismos. Pues bien, semejante mira, aunque haga de nosotros los dueños del mundo, no dejará de ser mezquina y estrecha. ¿Qué tendríamos con ser dueños de todo lo  que nos rodea? Sólo satisfacer la propia ambición, pensar únicamente en uno mismo. Pero nuestra respectiva personalidad, lo que somos cada uno, no es más  que un punto insignificante comparado con la creación; nuestra mira de acción es  reducida, estrecha y miserable, porque se ha concretado en un ser vil y abyecto, nuestra propia personalidad.

Resulta, pues,  que la primera cualidad de la grandeza del alma, o carácter, es la latitud, que se hace extensiva a muchos, cuando no se la circunscribe a los estrechos límites del egoísmo. Esta latitud es lo, en lenguaje común, nos referimos con el nombre de Generosidad. Sin la generosidad es imposible la grandeza del alma. Sin la generosidad es imposible la grandeza del carácter.

Profundidad o altura.

Estas dos cualidades son inseparables; donde hay altura debe haber profundidad, y donde haya profundidad no puede menos de haber altura. Aplicando esta dimensión geométrica al grandioso conjunto de la creación, con respecto al cual el hombre ocupa un puesto inferior, será más propio hacer uso de la palabra altura, que de la voz profundidad, si bien son idénticas las ideas.

Es necesario que al dilatar nuestro corazón, como hemos visto en el punto anterior, partamos de un principio constante, de una motivación elevada, para evitar que esa dilatación o latitud pudiera dar a lugar a funestos actos, que, por lo cual, no presentarían el verdadero carácter de la grandeza. Necesitamos un principio que nos dirija, y este principio, por el cual nos regimos, va a representar la mayor o menor dignidad o elevación de nuestros actos; y así, usamos la frase Actos elevados para distinguir las acciones nobles y generosas de la ruines y bajas. Pues bien, este principio por el cual nos regimos, será tanto más elevado, cuanto más se aproxime a Dios. La madre de los Macabeos le decía a su hijo más pequeño animándole al martirio: Te ruego hijo que mires al cielo (2 Mac. 7, 28). Si queremos que sean elevadas nuestras aspiraciones y nuestros actos, hemos de tener fija la vistas en el Cielo. Cuántas celebridades que han adquirido fama por sus actos grandes y heroicos, pero por medio de actos indignos. Un hombre es verdaderamente grande cuando prefiere morir antes que salvarse con una mentira. Lo recuerda San Pablo (Rom.3, 8): No debemos obrar mal para alcanzar el bien. Esta máxima ha sido la norma de conducta para las grandes almas.

Longitud.

Para que el alma del hombre sea grande, para que esa grandeza se refleje en sus actos, se requiere otra cualidad, pues el hombre no está en continua actividad; está dotado de una facultad todavía más noble que la de obrar. Cuando los judíos iban a prender al Señor en el Huerto de Getsemaní, éste ordenó a Pedro que envainara la espada que había sacado (Jn. 18, 10), reprendiéndole, diciendo: Mete la espada en la vaina, porque no es hora de defendernos y de actuar, sino de padecer. De aquí resulta la tercera condición de la grandeza humana: la paciencia, cualidad que comparativamente con la longitud geométrica que reconocemos en el espacio, y por consiguiente, en la manifestación de la grandeza de  Dios, la llamamos Longanimidad, longus ánimus (largo ánimo, largo sufrimiento). La longanimidad nos hace mantenernos fieles al Señor en el tiempo, impidiendo que el aburrimiento y la pena que provienen del  bien que se espera alcancen al alma; es semejante a la paciencia, que sin quejas ni amarguras uno espera, sin alterarse, en la voluntad de Dios. Nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabedores de que la tribulación produce la paciencia; la paciencia, una virtud probada, y la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará confundida, pues el amor de Dios se ha derramado en nuestro corazones por virtud del Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom. 5. 3-5).

Al lado del hombre que padece persecución por la justicia de Dios, está el Señor. Bienaventurados los que padecéis persecución por la justicia (Mt. 5. 10). Es verdad, que cuando en nuestros actos tenemos por norma la justicia, Dios está de nuestro lado; pero, cuando padecemos persecución por la justicia, Dios se une más íntimamente a nosotros. Cuando San Pablo da estos consejos, Dios habla por su boca, Dios está en su corazón; pero cuando muere, entre los tormentos del martirio, Dios recoge todas las gotas de su sangre, las bendice y las convierte en semilla, que ha de producir la eficacia y la independencia de la Iglesia. Dios nos pone con frecuencia a prueba por medio del infortunio. Derrumba los imperios, y erige, a su vez, otros, para que haya mártires en el mundo y testigos de estos infortunios.

Jesucristo fue un alma grande.

Jesucristo fue en realidad un alma grande, que dio al mundo el espectáculo de un gran y sublime carácter;  y en los hechos que nos refiere el Evangelio aventajó a cualquier personaje conocido en generosidad, en elevación y en paciencia. ¿Qué hombre ha dejado en el mundo recuerdos más heroicos y grandes de majestad? ¿Qué hombre ha sido más generoso? Los antiguos héroes, ¿por quién se habían sacrificado? ¿Por quién habían dado pruebas de desprendimiento, de elevación de miras, de grandeza de alma? Aquellos héroes del  mundo greco romano nunca concibieron sacrificios fuera de su patria, de los suyos y para los suyos. Pero Jesucristo, aun considerándole simple hombre, se identificaba con algo más que  reducida Judea; se identificaba con la humanidad, con todo el mundo, al que venía a salvar; a todos dirigió su palabra, a todos inculcaba las verdades de que era depositario como hombre, y que comprendía en sí como Dios; Jesucristo vino al mundo para salvar a todos, sin excepción.

¿Quién ha tenido miras más elevadas que Jesucristo? ¿Cuál era su objeto al procurar nuestra salvación? Su vista fija en el Padre celestial, en Dios; pero, ¿bajo qué concepto elevaba sus miras a su Padre celestial para que fuese su norma? La caridad. El Verbo se encarnó para traer al mundo el más sublime y equitativo principio de justicia, y traer la caridad, y decir al hombre, no precisamente,  que Dios es principio de toda justicia, sino para añadir a esta verdad, que Dios es amor.  Dios es caridad. Os amaréis recíprocamente, los grandes amarán a los pequeños, y los pequeños a los grandes, los poderosos se humillarán hasta el pobre, y el pobre acarará con respeto la dignidad del poderoso; todos debéis amaros. Os amareis mutuamente, y el amor efectuará un cambio general en el linaje humano. La caridad es el principio que le movía; la caridad fue el medio a que apeló para nuestra salvación.

¿Qué decir sobre la longanimidad o paciencia de que dio pruebas Jesucristo? Basta contemplarlo en la Cruz. ¿Quién ha sufrido por su país, por un número determinado de hombres, lo que Jesucristo sufrió por la humanidad? Con efecto, su paciencia fue superior a toda paciencia humana. Se han alzado cadalsos para acabar con los cristianos, pero el imperio de la cruz se ha sobrepuesto a todas las vicisitudes y contratiempos.

Hemos visto las cualidades que convirtieron a Nuestro Señor Jesucristo en el héroe por excelencia, grande fue su generosidad, la latitud de su amor que alcanzaba a todos;  grande su elevación de miras, no sólo por el principio que le guiaba, la caridad, sino también por los medios de que echó mano, y que se reducían igualmente a la caridad; y grande, y en realidad infinita, fue su paciencia.

He aquí la norma que debemos proponernos en nuestra conducta: imitar a Jesucristo. El mundo nos despreciará, tal vez, como despreció a nuestro Salvador; pero no faltará quien estime en todo su valor la grandeza del cristiano, que tal grandeza de carácter nos inspira. Podremos entonces decirles como David a Salomón: Tened buen ánimo y manifestaros varonilmente. De esta suerte el cristianismo ha mostrado su influencia en el mundo en todas las épocas.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.