ADELANTE LA FE

La forja del carácter (III)

Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que Dios nos ha concedido. 1 Co. 11, 12.

Queridos hermanos, hemos conocido estas tres características de la grandeza de  Jesucristo, de su carácter, estos es, su generosidad inigualable, su altura de miras insuperable y su magnanimidad que no tiene límites. Más, ¿cómo imitarle y adquirir esas características de su carácter? ¿Cómo podemos asemejarnos a Él? ¿Por dónde caminar para forjar un carácter que nos haga ser fieles seguidores del Redentor? Bien sabemos que el espíritu de Dios y el del mundo no son compatibles, aunque se vean confundidos en algunas exterioridades, necesidades materiales a las que estamos sujetos. El espíritu que nos anima a los que queremos seguir fielmente al Señor no es el mismo que el del mundo; y Dios que sólo juzga de nosotros por lo que somos interiormente, sabe bien distinguir esta confusión en que vivimos, los que le pertenecen de los que no son suyos.

Espíritu de separación, de recogimiento y de oración

El primer carácter del espíritu de Dios es ser espíritu de separación, de recogimiento y de oración. He aquí el primer paso a seguir. Los Apóstoles llenos de este espíritu, renunciaron a los cuidados exteriores, para entregarse solamente a la oración y a la predicación; estos hombres, que antes no habían podido aguantar una hora entera de recogimiento con Jesucristo; que aun ignoraban lo que debían hacer para orar; que merecían que el mismo  Señor les reprendiese de que  hasta entonces nada hubiesen pedido en su nombre; estos hombres, luego que el Espíritu Santo toma posesión de su corazón, perseveran en la oración con sus fieles; van continuamente al templo, a diferentes horas del día. Si son perseguidos, hallan en la oración el consuelo a sus penas; si los encierran en las cárceles, hacen que en aquellos lugares de horror resuene cánticos de alegría y de acción de gracias; si temen, que preso Pedro, y lejos de su rebaño, se descarríen las ovejas por la herida del pastor, todos juntos recurren a la oración, y sus fervorosas y continuas súplicas alcanza de Dios la libertad de este apóstol. Finalmente, estos hombres tan carnales, tan disipados, tan contrarios al recogimiento, se hacen hombres de oración, hombres interiores, espirituales, recogidos, que viven como ciudadanos del Cielo; y en medio de Jerusalén están tan ocupados con Jesucristo, tan llenos de sus maravillas y de sus beneficios, como si estuvieran en su presencia.

Queridos hermanos, este es el primer paso a dar,  la primera determinación a tomar para asemejarnos al carácter de nuestro Señor Jesucristo: el rechazo del espíritu del mundo y la búsqueda del recogimiento y la constante oración. La búsqueda de la vida interior, porque sólo en nuestro interior hallaremos a Dios; el alma recogida, no obstante las distracciones y obligaciones exteriores, vuelve al mismo lugar de su vida interior; aún en medio de sus ocupaciones y deberes de su vida diaria, es capaz de mantener una secreta soledad en su corazón, en el que continuamente mantiene la presencia del Señor, que mora en él.

Hemos de ser, por encima de todo,  almas de oración,  almas espirituales, de vida interior y de recogimiento. Quien verdaderamente se pone en camino siguiendo al Señor, su verdadera vida se torna invisible al mundo exterior haciéndose interior; todo cuanto hace está lleno de este espíritu divino invisible; las mismas acciones de la vida diaria están santificadas con la fe secreta que las purifica; lo que ve, lo ve con los ojos de la fe: los sucesos o acontecimientos del mundo, los conflictos en distintas partes del mundo, la degradación de las costumbres, al decadencia de la verdad entre los hombres; las desgracias particulares; en fin, todo lo que acontece a su alrededor llama al alma a las verdades de fe; todo manifiesta al alma la nada de las cosas del mundo, y la grandeza de los bienes eternos. En mundo entero no es para ella más que un libro abierto, en que continuamente se descubre las maravillas de Dios, y la ceguedad  de casi todos los hombres. Este espíritu de fe, de recogimiento y de oración es quien nos da testimonio de que hemos recibido el espíritu de Dios, y que él habita en nosotros. Esta es la vida interior y espiritual que distingue a los justos de los mundanos y carnales.

Espíritu de abnegación y penitencia.

Consecuencia del recogimiento y vida interior es la abnegación y la penitencia. Cuando el espíritu de Dios nos llama dentro de nosotros mismos, y hace que nos recojamos en nuestro corazón, nos descubre lo que somos, nos hace patentes los errores de nuestro pasado, hace que conozcamos en nosotros las mil pasiones y  miserias que nos habían arrastrado por los placeres del mundo; nos manifiesta la corrupción de nuestras inclinaciones, la soberbia de nuestro corazón, nuestra oposición al bien y a la justicia, la herida que el mundo y las pasiones han hecho en nuestra alma; nos convence que nuestra voluntad, nuestro espíritu, nuestra imaginación, nuestros sentidos y nuestro cuerpo, todo está desordenado en nosotros, y rebelado contra el orden, contra la verdad y la justicia.

Es imposible que descubriéndonos este oculto desorden de todas las facultades de nuestra alma, no  produzca en nosotros dos disposiciones: la primera, restablecer el orden que ha perturbado en nosotros el pecado; la segunda, reparar la ofensa a Dios causada por el pecado. De aquí, la abnegación y la penitencia. La luz del espíritu de Dios que llena el corazón, no es una luz estéril, sino luz viva y eficaz, que obra allí donde se halla,  que hace amar la verdad que enseña, que transforma el corazón al que ilumina. Las almas mundanas pueden conocer el desorden de su corazón y la corrupción de sus inclinaciones; pero sólo las conocen por las inquietudes que padecen,  y estas inquietudes no son más que reprensiones de su amor propio, que aunque aborrezcan sus males, no aman el sano remedio contra ellos.

El alma renovada por el espíritu de Dios aborrece en sí misma todo cuanto se opone a la verdad y a la justicia. Está animada de un santo celo para dirigir sus afectos e inclinaciones santamente. Así, esta alma, pone todo cuidado en restablecer en su corazón, a base de abnegación, el orden que las pasiones habían turbado. Se esfuerza en corregirse, no se permite ninguna licencia que turbe su corazón, rechaza las más pequeñas vanas inclinaciones.

El alma llena de este espíritu de abnegación y penitencia, siente un gran deseo a de reparar por sus pecados pasados, de satisfacer la justicia divina tan ofendida por tantos apetitos desordenados. Decía el Señor a sus discípulos: Cuando venga el Espíritu Santo argüirá al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Jn. 16, 8). Esto es, dará a conocer a los hombres su responsabilidad ante la justicia divina por sus pecados, y cuánto deben padecer para satisfacer su justicia; cuánto ha padecido el mismo Jesucristo para reconciliar al hombre con ella; hasta qué punto pide la justicia que el pecador expíe sus propios pecados, previniendo de esta forma el juicio de Dios, que no dejará el pecado sin castigo.

Espíritu de fuerza y de valor.

Este es el último carácter del espíritu de Dios. Con este espíritu venció al mundo, derribó los ídolos, aniquiló las supersticiones, confundió las preocupaciones, condenó los errores y las sectas, combatió contra las pasiones, en una palabra, como es un espíritu más fuerte que el mundo, no teme al mundo: por eso los Apóstoles, antes ignorantes y acobardados, luego que descendió sobre ellos el Espíritu Santo, ya no conocieron el temor; se manifestaron con una santa confianza en medio de Jerusalén; anunciaron en presencia de los sacerdotes y doctores de la ley a aquel Jesús, de quien antes no se atrevían a declararse por discípulos; desafiaron los castigos; respondieron con valor que es más justo obedecer a Dios que a los hombres; y como si Judea no presentara bastantes peligros, ni bastantes persecuciones, se derramaron por todo el mundo; y ni la ferocidad de los pueblos más bárbaros, ni el horror de los tormentos, ni la crueldad de los tiranos, ni la esperanza de la muerte más terrible, ni el mundo entero levantado contra ellos, no hicieron más que aumentar su firmeza y constancia. Así es el alma que está llena del espíritu de Dios.

La firmeza que puede dar el mundo siempre está mezclada de condescendencia y de bajeza, porque siempre está sujeta al mundo, y depende de él por alguna parte; mientras estemos unidos al mundo siempre le temeremos; pero un alma justa no le teme, porque no está unida a él.

Si nos juzgamos con sinceridad a nosotros mismos, confesaremos que toda nuestra vida no es más que un tejido de artificios y de condescendencias reprobadas por la Ley de Dios. En toda ocasión, sacrificamos las luces de nuestra conciencia a los errores           y preocupaciones de aquellos con quienes nos relacionamos; conocemos la verdad, y, no  obstante, la retemos con injusticia; no vivimos para nosotros mismos y la verdad, vivimos para otros y la vanidad; queremos agradar; no podemos vivir sin el mundo; nos unimos a él con fines de gloria, de fortuna, de crédito, de reputación de diversión, y aun de amistas y sociedad.

Queridos hermanos, pidamos al Gran Dios que derrame en nuestros corazones el ferviente deseo de recogimiento, de abnegación y de firmeza, que hizo de los Apóstoles hombre nuevos, vencedores del mundo y testigos de la verdad; que aniquile en nosotros el espíritu del mundo, el espíritu de distracción, de falta de mortificación, de condescendencia y de cobardía; que renueve nuestros deseos, nuestros afectos, nuestras inclinaciones y nuestros pensamientos.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.