ADELANTE LA FE

La forja del carácter (IV y fin)

Estando juntos los fariseos, les preguntó Jesús: ¿qué pensáis vosotros de Cristo? Mt. 22, 40.

Queridos hermanos, la pasión, la soberbia, cegó a los falsos doctores de la ley, por esta razón no podían responder a la pregunta del Señor, y descubrir en su persona los rasgos del Hijo de Dios, del Mesías, que por tan largo tiempo estaban esperando. Fueron testigos de innumerables milagros del Señor, arrojando demonios, curando enfermos, resucitando muertos, pero aun así no le reconocieron, nunca pudieron decir: “El Cristo de quien nos hablas eres tú mismo”.

Nosotros no reconocemos otro Cristo, otro Salvador del mundo, que a Jesucristo Hijo de Dios, y queremos imitarle; pero, es más, no sólo imitarle, queremos confundirnos  con Él, asemejarnos en todo lo posible a Él, conformarnos con Él. Queremos que su forma de ser, sea también la nuestra; que su fortaleza sea la nuestra; que el espíritu que le animó sea el mismo que nos anime a nosotros; que el carácter que manifestó mientras estuvo entre nosotros sea el que mostremos en nuestra vida, el que mostremos en la manifestación de nuestros actos, en la perseverancia y fidelidad a la fe recibida.

Hemos hablado en los artículos precedentes de las tres características de la personalidad del Señor: su generosidad, su altura de miras y su magnanimidad. Tres características que hacen de Él un ser extraordinario, modelo perfectísimo a imitar y seguir; que forjan su personalidad atrayente, cautivadora, seductora, libre de todo afecto que le aparte de su misión, soberano de sus actos, señor de sus palabras y de las situaciones en que se encuentra, dueño de sí mismo, dulce y amoroso, recto e inflexible, misericordioso y justo, Padre y Maestro, Dios y Hombre.

El camino para imitar estas propiedades de su personalidad no es otro que el indicado: recogimiento y oración, abnegación y penitencia, esfuerzo y valor. Si no andamos por la senda de la ferviente oración, de la penitencia y del esfuerzo, nunca podremos llegar a ser imitadores del Señor; siempre estaremos anhelando seguirle fielmente, pero siempre fracasando; siempre intentando y nunca consiguiendo ninguna meta, nunca avanzando, siempre estancados, siempre con el lamento en los labios, pero sin la decidida  y firme decisión de ponernos en camino.

Yo no soy de este mundo.

Dirigiéndose a los fariseos les dijo el Señor: Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo (Jn. 8, 23). Es decir, “Yo he venido del Cielo, y permanezco inmutablemente unido a mi Padre Dios”.

Queridos hermanos, una sola frase resume quién es el Señor, el por qué de su personalidad, de su carácter -único y sin igual-, y a su vez nos dice cómo hemos de vivir para asemejarnos a Él y adquirir ese deseado reflejo de su divina-humana personalidad: Yo no soy de este mundo. Cuando podamos decir con convencimiento, firmeza y seguridad: “yo, fulano de tal, no soy de este mundo”, bien podemos estar seguros que en nosotros está el verdadero reflejo del Seños; que los rasgos de su adorable personalidad se encuentran en nosotros. Bien podremos hablar como el Señor habló a los fariseos y doctores de la ley: ¡Ay de vosotros, fariseos,  que pagáis del diezmo de la menta y de la ruda, y de todas las legumbres, y descuidáis la justicia y el amor de Dios! Hay que hacer esto sin omitir aquello. ¡Ay de vosotros fariseos que amáis los primeros asientos en las sinagogas, y los saludos en las plazas! ¡Ay de vosotros que sois como sepulturas que no se ven y que los hombres pisan sin saberlo! (Lc. 11, 37, y ss.).

¿Qué hemos de ser? Hombres separados del mundo. Somos de arriba, no de abajo; nuestra alma suspira por el Cielo, no por la tierra; sólo  desea hacer por encima de todo la voluntad divina. Y  porque nada nos ata aquí abajo, podemos hablar como habló Jesús, con su misma libertad y dominio de sí mismo; podemos ser dueños de nuestras situaciones, señores de nuestros actos; libres de todo temor porque lo único que tememos es perder la gracia de Dios y la salvación de nuestra alma. No. No podemos imitar a Cristo y ser del mundo, seguir al mundo, contentar al mundo; cuanto más nos separemos del mundo más fieles seguidores seremos del Señor, con mayor impronta se grabarán en nuestra alma aquellas cualidades que mostró  mientras estuvo entre nosotros, y nos dejo como ejemplo a seguir.

Si no hay un verdadero deseo de separarse del mundo, no se puede ser verdadero católico; es una contradicción querer seguir a Cristo y ser del mundo y de sus máximas. El camino de oración, de abnegación, de fortaleza, nos separa del mundo y nos prepara como amigos del Señor; porque amigo es el que hace lo que agrada al Señor; ¿puede haber mayor agrado para Él que el seamos de arriba y no de abajo?

Es propio de la santidad de Dios ser servido por santos. Estamos consagrados al Señor, ese es el efecto del Bautismo, que nos consagra como reyes, como sacerdotes, como templos de Dios, como hijos suyos, y como miembros de Dios; nos consagra a su Reino, nos consagra para el Cielo, para arriba, no para abajo. Más cuantos le recibieron les dio poder de ser hijos de Dios, a aquellos que creen en su nombre; que no  de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de Dios son nacidos (Jn. 1, 12-13). Qué grandeza la de nuestra realidad, y muchos viven ajena absolutamente a ella, viviendo verdaderamente una vida lánguida, estéril, aparente y sin sentido, aunque temporalmente complaciente a los sentidos.

Cuánto amor ha de producir en nuestros corazones la infinita caridad de Dios para con nosotros. Qué gran celo nos obliga a que le correspondamos, y qué integridad de costumbres debemos mantener para corresponder a la gracia. Hemos de obligarnos a ser perfectos, a esforzarnos todo lo posible y un poco más. Hemos de querer fervientemente imitar el carácter del Señor, y para ello no escatimamos ningún esfuerzo, sabemos el camino para conseguirlo, y lo seguimos virilmente.

Ave María Purísima.

 Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.