ADELANTE LA FE

La Forja del carácter

Yo parto por el camino de todo lo terreno: tú  cobra  ánimo y pórtate varonilmente. 1 Rey.2, 2

Queridos hermanos, el anciano rey David, que  en su juventud había salido victorioso de muchos combates, profeta que con anticipación predijo la vida y muerte del Hijo de Dios,  poeta que  cantó los triunfos y las luchas de la Iglesia, estando moribundo, cuando el hombre destina sus últimas palabras a las manifestación de sus más íntimos sentimientos, mandando llamar a su hijo Salomón, su heredero, le dirigió estas palabras: Ecce ingredior viam universæ terræ confortare et esto vir. Yo voy al lugar donde van a  parar todos los mortales. Ten buen ánimo y pecho varonil.

Expresándose de esta forma, el rey David no hacía más que seguir la inspiración de Dios. Era, por otra parte, muy natural que dijera a su sucesor, a quien estaban destinados grandes acontecimientos: Esto vir, sé hombre.

Quién no tiene en mente a hombres y mujeres que han dejado a la posteridad su ejemplo de virtudes y proezas, de mérito y de carácter, de valor, de la grandeza de su alma. Unos no precisamente en nombre de la fe, otros sí. ¿Cómo forjar la grandeza de un carácter? ¿Cómo formar una personalidad sólida, firme, atrayente, honesta, sincera? ¿Dónde encontrar los caracteres distintivos de la verdadera personalidad? ¿Cómo, en definitiva, troquelar nuestro carácter parta  hacer de él la manifestación de nuestra virilidad? Sólo acudiendo al modelo único, Jesucristo.

Tomemos el siguiente texto de San Lucas (11,37-48):

Mientras hablaba, le invitó un fariseo a comer con él; y fue y se puso a la mesa. El fariseo se maravilló de ve que no se había lavado antes de comer. El Señor le dijo: Mira, vosotros los fariseos limpias las copas y el plato por fuera, pero vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad. ¡Insensatos! ¿Acaso el que ha hecho lo de afuera no ha hecho también lo de adentro? Sin embargo, dad limosna según vuestras facultades y todo será puro para vosotros.

¡Ay de vosotros, fariseos,  que pagáis del diezmo de la menta y de la ruda, y de todas las legumbres, y descuidáis la justicia y el amor de Dios! Hay que hacer esto sin omitir aquello. ¡Ay de vosotros fariseos que amáis los primeros asientos en las sinagogas, y los saludos en las plazas! ¡Ay de vosotros que sois como sepulturas que no se ven y que los hombres pisan sin saberlo!

Qué ejemplo de carácter, el del Señor. No se arredra ante los poderosos. Les dice a la cara sus defectos, les descubre su hipocresía, les recuerda lo que deben hacer. Qué firmeza. Qué rotundidad en sus palabras. Qué autoridad al hablar. Les dice la verdad sin rodeos, sin temor, pues sus palabras son dardos certeros lanzados con la firmeza de quien habla con autoridad. El Señor habla de esta forma cuando debe hacerlo, cuando es el momento adecuado ante  las personas indicadas. El Señor habla porque tiene una misión que realizar, una obediencia a la que sujetarse, un ejemplo que dar para que otros le sigan, tiene una enseñanza que dar para corregir el error y descubrir la falsedad. He aquí el carácter a seguir, el modelo en que fijarnos; he aquí la virilidad del Señor, que habla cuando debe hacerlo, y no cuando es condicionado a hacerlo. Habla cuando Él lo decide, cuando Él determina el momento, cuando las personas son las adecuadas. El Señor es el dueño de la situación. He aquí el ejemplo luminoso y excelso de su personalidad, de su carácter: Él es el dueño de la situación, nadie le condiciona, ni en el hablar ni en el actuar.

Ya vamos vislumbrando por donde ha de ir la forja de nuestro carácter: ser dueños de la situación en que nos encontremos; no encogernos ante nadie, ni ante cualquier situación; no omitir la verdad por causa de ningún temor. Pero esto requiere un camino, un esfuerzo, una disposición para que el mismo Señor moldee nuestro carácter, para que tome las riendas de nuestra vida, y con el cincel divino vaya golpeando y dando forma a nuestra alma, arrancando las costras de nuestro yo, las impurezas de nuestra debilidad, las irregularidades de nuestros temores. Todo ello caminando por la senda del sacrificio, de la penitencia, de la oración, de la vida ascética.

Pero, sigamos con los versículos que restan del texto anterior:

Tomando la palabra un doctor de la Ley, le dijo: Maestro, hablando así nos ultrajas también a nosotros. Pero Él le dijo: ¡Ay también de vosotros, doctores de la Ley, que echáis pesadas cargas sobre los hombres, y vosotros ni con uno de vuestros dedos las tocáis! ¡Ay de vosotros que edificáis monumentos a los profetas, a que vuestros padres dieron muerte! Vosotros mismos atestiguáis que consentís en la obra de vuestros padres; ellos los mataron, pero vosotros edificáis.

Los que oyen las palabras del Señor se sienten nada menos que ultrajados, y ¿qué dice el Señor? Pues si antes se dirigió a los fariseos, ahora les viene el turno a los doctores de la Ley. Al Señor no le importa si se sienten ultrajados, ofendidos, dolidos en su amor propio, es el momento de hablar y decir la verdad con todas las consecuencias que fueren, no piensa en ellas, sólo que es el momento de hablar. Al Señor no le preocupa si sus oyentes están enfadados, molestos y ofendidos; no le importa si sus palabras causarán revuelta y discordia, no le importa si sus palabras traerán consecuencias peligrosas para su persona o sus seguidores; el Señor no busca la concordia entre sus oyentes. El Señor habla la verdad sin importar las consecuencias, porque es el momento de hablar. No puede, ni debe callar.   Debe quedare de manifiesto la falsedad e hipocresía, y la maldad, de esos fariseos y doctores de la Ley.

Las palabras del Señor son muy duras, como duros eran los corazones de sus interlocutores. No habla por hablar, ni son inoportunas sus palabras, pues la idoneidad del momento no se determina por el efecto causado en  los que le escuchan, sino por la verdad de  las certeras las palabras a las personas indicadas.

El carácter del Señor le impulsa a hablar sin  temer represalias, no está influenciado por la opinión de sus interlocutores; su firmeza y resolución al hablar indican la reciedumbre de su personalidad, su virilidad. Su personalidad es atractiva, invita al seguimiento, instruye y alecciona, sobrecoge su valor, quizá hasta su temeridad; pero no, el Señor Es el que Es, es el hombre por excelencia, es el modelo perfectísimo a seguir y emular. Él es el Hombre.

La grandeza del carácter reside en el corazón, pero, sin embargo, no bastan los sentimientos y decisiones del corazón para hacer grande el carácter: se puede amar con entusiasmo, sin dejar de ser una persona vulgar. El corazón no es sólo la facultad de amar, es también el origen de nuestra libertad, el origen de donde parten todas nuestras motivaciones que nos impelen a querer y obrar; en este sentido, en lo más secreto y profundo del hombre está el verdadero origen de su grandeza, de lo que llamamos grandeza del alma y grandeza de carácter. Lo que nos determina a querer u obrar es el móvil de nuestros actos, es la influencia que Dios ejerce en el santuario de nuestra libertad, o es nuestra propia naturaleza que hemos heredado; la influencia de Dios y la influencia hereditaria de nuestra naturaleza, produce en nosotros un principio propio y particular que mueven  nuestros actos, y da carácter propio y peculiar a lo  que motiva nuestros actos, a lo que determina a querer y a obrar. El hombre es grande cuando las motivaciones que le impulsan y mueven son grandes; y, por lo mismo, se empequeñece cuando cede a motivaciones  menos nobles y menos elevadas; y es miserable, cuando se deja guiar por miras mezquinas y miserables.

¿En qué consiste la grandeza de las motivaciones que determinan los actos del hombre? Contestaremos, si Dios quiere, en el próximo artículo.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.