ADELANTE LA FE

La Iglesia de los puros

Queridos hermanos, ¿la Iglesia de los puros o la pureza de la Iglesia? Es lo mismo, pues la Iglesia de los puros es la pureza de la Iglesia. La Iglesia deber ser pura, como lo deben ser el Papa, los cardenales, los obispos, los sacerdotes, los religiosos y los fieles. Todos deberían ser puros, luchar por ello, intentarlo sin desfallecer, esforzarse en serlo, alentarse unos a otros a serlo, aspirar ardientemente a ser puros, limpios de corazón, transparentes en sus vidas, mirada pura, intenciones puras, acciones puras, rectitud pura, comportamiento puro, palabras puras, consejos puros; pertenecemos al  Cuerpo místico de Nuestro Señor Jesucristo. Él nos impele a la pureza como puro es Él. El Señor es nuestro modelo y ejemplo al que debemos seguir y con el que debemos conformar nuestras vidas, que han de ser puras, limpias y transparentes, santas, sin escatimar esfuerzo alguno para así sean.

La Iglesia de los puros es la Iglesia de los santos, de los seguidores del Maestro al que debemos imitar; es la Iglesia de la Palabra de Dios que se cumple en ella; es la Iglesia de los Mandamientos de la Ley de Dios, que se obedecen en ella; es la Iglesia de la verdad de Dios en su revelación, que se sigue fielmente. Qué poco se esfuerzan muchos en vivir la santa pureza en sus vidas, qué bajo han puesto el listón de su santidad, al mismo tiempo que los Pastores muy poco exigen a las ovejas. Qué gran tentación en nuestros días no preocuparse por la salvación del alma, por el juicio particular y final; tentación que proviene del mismo demonio que adormece las conciencias respecto a la gravedad del pecado, al juicio del alma, a la necesidad del sacrifico, penitencia y constante oración. Diabólica tentación es pensar en la dificultad de diferenciar el bien del mal. Muchos ceden a esta funesta tentación, y dejan de esforzarse en sus vidas por vivir una vida santa y pura.

Es fácil diferenciar la cizaña a nuestro alrededor, y en nosotros mismos: el pecado. La cizaña son los hijos de la iniquidad, los seguidores del mal, en el orden la de la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo, que la desprecian; que desprecian sus Mandamientos, que desprecian su Palabra, sus enseñanzas. Es fácil conocer los hijos de iniquidad en los que desprecian la Cruz de Cristo, la ofenden, la injurian; es fácil conocer a los hijos del mal en quienes atentan contra la Ley de Dios, contra sus Mandatos. El Señor nos ha enseñado el camino del bien, de la santidad, de la pureza: sus santos Mandamientos, de los que no podemos separarnos un ápice sin pecar, sin ofender al Redentor, y sin arriesgarnos a ser cizaña que será quemada en el día del juicio.

No podemos dormirnos en la cuestión de nuestra santidad, y salvación del alma, porque el enemigo no duerme ni descansa, y seremos responsables de nuestro olvido, y las consecuencias pueden ser trágicas para la vida del alma. Podemos llegar a ser colaboradores del maligno, sembrando cizaña, con nuestras acciones, si desobedecemos la Ley de Dios, sus Preceptos, su divina Palabra. Qué bien haremos si somos temerosos de Dios, porque Dios es celoso de sus almas, y será implacable en la cuenta que nos exija en el día del juicio por el mal causado.

Los trabajadores del campo, en la parábola de la cizaña, le piden al dueño  arrancar la cizaña, pero éste les dice que no, no sea que arranquen con ella el trigo. A veces no se puede arrancar la cizaña, dice San Agustín, por el peligro que los mismos buenos correrían. Pero cuando no hay este peligro, porque hay completa seguridad del trigo, entonces que no duerma la severidad de la disciplina. Vale entonces el aforismo de San Pablo: ‘Sacad el mal de en medio de vosotros, porque un poco de levadura corrompe toda la masa’ (1 Co. 5, 6.13). (Card. Gomá. El Evangelio explicado. Décimo sexto domingo del Tiempo ordinario. Ciclo A).

La Iglesia ha extirpado siempre de su seno la cizaña que podía separar sin dañar el trigo, esto es, las herejías; ha sacado el mal que podía afectar a toda la Iglesia sin temor a la severidad de la disciplina eclesiástica, que afectaba la santidad de las almas y atentaba contra su salvación eterna. Ha separado las enseñanzas contrarias a la verdad de la fe, las ha señalado y arrinconado para no infectar la sana doctrina de nuestro Señor Jesucristo, de la que la Iglesia es responsable de custodiar.

La pureza de la Santísima Virgen debería estar en toda la Iglesia, en la pureza de María está reflejada la pureza de la Iglesia. La Iglesia ha de ser purísima. Pero los hombres que conforman la Iglesia manchan la pureza. El Manto de la Virgen fue manchado por la Sangre del Señor en la Cruz; hoy quien mancha el Manto es el pecado de los miembros de la Iglesia; la Sangre la provocó nuestros  pecados; fueron las manos pecadoras las que le pusieron la corona de espinas, fue la mano pecadora la que le atravesó con una lanza, fue la mano pecadora la que le taladró pies y manos…., esa Sangre cayó sobre el Manto de María; y sigue cayendo ahora, tiñendo su preciosa Virginidad, su Pureza, de rojo. Todo tendría que ser blanco, y sin embargo está todo teñido de rojo, manchado por la impureza.

Queridos hermanos, no caigan en la tentación, que con tanta fuerza está presente hoy en día, de pensar que no se puede diferenciar el  bien del mal, que no hay que esforzarse en ser santo y puro, que la Iglesia no ha de ser la Iglesia de los puros y santos. No caigan en la despreocupación del juicio del alma, del castigo de Dios a quienes han vivido a espaldas suyas conscientemente. Hay que esforzarse en la pureza del alma, del cuerpo, de vida. Hay que despreciar la “cizaña” de nuestro alrededor, y hay que sacar el mal de en medio de nosotros. Todo lo que no sea purificado libremente por cada uno, lo será forzosamente por la justicia de Dios en el fin del mundo.

No lleguen nunca al fin  de sus vidas sin arrancar la “cizaña”, porque ustedes mismos serán “cizaña” que se quemará para siempre en el horno del infierno. Arranquen todo pecado de su alma, saquen todo el pecado que puedan de su entorno, aléjense de él, esfuércense en la pureza de sus vidas, en formar parte de la Iglesia de los puros, de los santos, de los que cumplen los Mandamientos de la Ley de Dios, su Palabra y preceptos.

En la situación actual de la Iglesia sólo cabe inmolarse por el Señor, es decir, dar nuestra vida por Él; que en cada respiración surja de nuestros labios la palabra: Jesús. Todo sacrificio personal será poco, sacrificio esforzado, sacrificio que resuene al de los mártires, sacrificio que nos cueste, que carne y alma se resientan. El Señor vendrá, ¿nos encontrará  preparados? ¿Nos encontrará limpios, puros y santos? ¿Nos habremos esforzado en ello?, ¿habremos puesto todo nuestro esfuerzo?

Hagan el bien y rechacen el mal, la Ley de Dios indica el camino para ser trigo o cizaña.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.