THE REMNANT

La implosión del papado señala el triunfo del Inmaculado Corazón

El papa Bergoglio es un hombre en apuros. Casi como si estuviera trabajando con un tiempo límite para imponer sus designios sobre la Iglesia—un tiempo de cuatro años, para ser exactos, como nos recordó LifeSiteNews con el comentario anónimo de uno de los cardenales que votaron por este Papa desastroso: “Cuatro años de Bergoglio serían suficientes para cambiar las cosas.”

Los mismos co-conspiradores han admitido abiertamente la existencia de un complot para elegir a Bergoglio para que “cambie las cosas” en la Iglesia rápida e “irreversiblemente” en formas que superan incluso las catastróficas innovaciones de los últimos cincuenta años—al menos eso creyeron. El secretario del papa Benedicto, el arzobispo Georg Gänswein, habló de “una lucha dramática” durante el cónclave del 2005 “entre el denominado ‘Partido Sal de la Tierra’ (nombrado así por el libro con la entrevista al cardenal Joseph Ratzinger) que incluía a los ‘Cardenales López Trujillo, Ruini, Herranz, Ruoco Varela o Medina’ y sus adversarios: el denominado ‘Grupo de San Galo’ que incluía a los cardenales Danneels, Martini, Silvestrini o Murphy O’Connor’ — un grupo al que el cardenal Danneels se refirió en broma como “una especie de club mafioso…” Otro miembro del “club mafioso” es Walter Kasper, el archi-hereje alemán que había terminado en la oscuridad hasta que Bergoglio entró en escena.


Con la elección de Bergoglio en el cónclave del 2013, los conspiradores lograron finalmente conseguir el objeto de su conspiración, pero solo después de que Benedicto XVI fue sido retirado de la Silla de Pedro, habiendo semi-abdicado mientras se aferraba a su nombre papal, su título papal, la vestimenta papal, la insignia papal, e incluso el oficio papal en su supuesta dimensión “pasiva” versus la dimensión activa. Entonces se convirtió así en el primer “Papa Emérito” en la historia de la Iglesia—una completa novedad que en sí misma sugiere que de alguna manera Benedicto es todavía un Papa.

Los conspiradores también lograron conseguir otro objeto de conspiración:  la admisión de los adúlteros públicos a la sagrada comunión sin una enmienda de vida, gracias a la farsa de un “Sínodo de la Familia” en el que participaron íntimamente nada más y nada menos que el co-conspirador Kasper, cuya herética noción de “misericordia” comenzó a ser promovida por Francisco inmediatamente tras su elección, y el co-conspirador Danneels, modernista protector de un sacerdote violador y promotor del “matrimonio homosexual”.

Y ahora la disciplina eucarística de dos mil años de Iglesia, vinculada íntegramente a su enseñanza infalible sobre la eucaristía y la indisolubilidad del matrimonio, se encuentra dividida por las líneas de quiebre creadas por Bergogolio. Nada más y nada menos que el Presidente del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, el cardenal Francesco Coccopalmerio—cuyo nombre posee una llamativa asonancia con el nombre de cierto pájaro—acaba de conceder una entrevista a Edward Pentin en la que anuncia la nueva Norma Bergogliana: el que vive en un “segundo matrimonio” adúltero puede ser absuelto y admitido a la sagrada comunión mientras continúa manteniendo relaciones sexuales adúlteras, si declara a su confesor algo como “yo quiero cambiar, sé que no puedo cambiar, pero deseo hacerlo.”

Hasta acá llegó la enseñanza inmutable de la Iglesia según la cual la absolución requiere de “un firme propósito de enmienda” y que hasta el Catecismo del Papa que el propio Francisco declaró santo describe como un “dolor y una aversión respecto a los pecados cometidos, y el propósito firme de no volver a pecar.” Bergoglio no acepta nada de este rigorismo carente de misericordia. Como explica Coccopalmerio: “Si va a esperar que alguien cambie su estilo de vida, no absolvería nunca a nadie más.”

Pero uno podría preguntar: ¿Cómo puede saber un confesor que el penitente que invoca la Norma Bergogliana y afirma “yo quiero cambiar pero no puedo” es sincero y por tanto debiera ser absuelto incluso cuando se entiende que continuará cometiendo el mismo pecado? A no preocuparse, dice Coccopalmerio: “Hay que prestar atención a lo que dice el penitente. Usted sabe — uno puede saber si está siendo engañado.” ¡Uno puede saberlo! ¡Claro que sí!

¿Hace falta que mencione que la Norma Bergogliana juega con la acusación de la herejía de Lutero como anatema por el Concilio de Trento, la que sostiene es imposible cumplir los mandamientos aunque uno esté en estado de gracia? Nuevamente, la diferencia entre la teología Bergogliana y la Luterana se hace cada vez menor, cosa que quizás explica el viaje de Bergoglio a Suecia para rendir tributo al “legado” del archi-hereje.

El 24 de febrero, durante otra homilía incoherente en Casa Santa Marta, Bergoglio nos dijo una vez más que una acérrima defensa de la ley moral sobre el matrimonio es mera casuística digna de los fariseos. En el Evangelio según Bergoglio, Jesús no les dijo a los fariseos que el divorcio es inmoral: “Jesús no responde si es lícito o no, no entra en su lógica casuística…. a los que pensaban con esta lógica del ‘se puede’, los califica de hipócritas. La casuística es hipócrita.’”

El papa Bergoglio parece haber pasado por alto los mismos versos que ha estado ignorando durante los últimos cuatro años: “Quien repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio

contra la primera; y si una mujer repudia a su marido y se casa con otro, ella comete adulterio”. Por lo tanto, según la hermenéutica Bergogliana, pareciera que hasta Jesús sucumbió ante la “lógica casuística” de los fariseos. También el Padre Dios cuando declaró: “No cometerás adulterio” así como “no cometerás” otros actos enumerados en lo que se conocía como Los Diez Mandamientos, pero desde entonces han sido redefinidos—por Bergoglio en Amoris Laetitia—como Los Diez Ideales Objetivos o Las Diez Reglas Generales (cf. AL nn. 300-305).

Este papado se ha convertido en una burla que levanta la oposición abierta desde dentro de la corriente católica principal, que se despierta finalmente ante la alarma de los “radicales tradicionalistas” que ha estado sonando durante décadas. En un artículo titulado “Este Desastroso Papado,” Phil Lawler relata cómo “algo se quebró” cuando leyó que Bergoglio decía que Jesús no dijo “no se puede” a los fariseos, respecto al divorcio. Lawler declara: “Ya no podía seguir pretendiendo que el papa Francisco estaba ofreciendo solamente una interpretación novedosa de la doctrina católica. No; es más que eso. Él está empeñado en un esfuerzo deliberado para cambiar lo que la Iglesia enseña.” Y concluye que el pontificado Bergogliano “se ha convertido en un peligro para la fe.”

Pero Bergoglio tiene mucho más daño en mente mientras se apura a cumplir su “sueño” megalomaníaco de “transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la auto-preservación.” Nada tan trivial como la auto-preservación de la Iglesia—o de Dios, para el caso—puede interferir con la apoteosis del Bergoglianismo. Por lo tanto hay rumores (en base a filtraciones de Casa Santa Marta que tienden a ser acertadas) de la descarga de una nueva bomba que Bergoglio planea arrojar antes de irse:

  • Una especie de “diaconado femenino” sin ordenación;
  • un Novus-Novus Ordo, bajo construcción por parte de una comisión secreta que permitiría una especie de inter-comunión con los protestantes;
  • la transformación de las parroquias católicas en “comunidades ecuménicas” administradas no sólo por sacerdotes sino también por ministros protestantes bajo la teoría de que sus ministerios poseen validez “parcial”, como sugiere Coccopalmerio al final de su entrevista con Pentin.

Como un tren de alta velocidad en una curva pronunciada, el Expreso Bergoglio se ha descarrilado. Ahora, hasta un número significativo de cardenales que cometieron el error de votar por él en el cónclave del 2013, ven que las ruedas se están saliendo del riel. Con la oposición e incluso la burla directa de Bergoglio alzándose por todas partes, el Times de Londres cita a Antonio Socci en Il Libero, reportando en un artículo principal que “una gran parte de los cardenales que lo votaron está muy preocupada y la curia…que organizó su elección y lo acompañó hasta aquí sin separarse de él, está considerando la idea de la persuasión moral para convencerlo que renuncie…”

Socci observa que “cuatro años después de la renuncia de Benedicto XVI y la entrada en escena de Bergoglio, la situación de la Iglesia Católica se ha tornado explosiva, quizás realmente al borde de un cisma más desastroso que el de Lutero, quien está hoy siendo rehabilitado por la iglesia de Bergoglio… A los cardenales les preocupa que la Iglesia como institución quede hecha añicos. Hay muchas maneras indirectas de ejercer presión [para que renuncie].”

No sucederá. Bergoglio se aferrará al poder hasta su último aliento de vida. Tal como confió alguien del Vaticano (que prefiere permanecer anónimo) al Times: “Un buen número de los que eligieron a Bergoglio en el 2013 ha llegado a lamentar su decisión, pero no creo que sea posible que los miembros de la jerarquía presionen al Papa para que renuncie. Los que lo conocen saben que sería inútil. Él tiene un costado muy autoritario. No renunciará hasta que haya completado sus reformas revolucionarias que están causando un daño enorme.”

Pero hay un desarrollo auspicioso en todo esto: el reconocer que Bergoglio está fuera de control y que, en palabras de Lawler, su pontificado “se ha convertido en un peligro para la fe,” ha quedado bien establecido en la mayoría católica.  La automática defensa neocatólica de cada palabra y gesto papal (no sea cosa que la crítica tradicionalista a la innovación de la Iglesia post-Vaticano II fuera reivindicada de algún modo) ya no corre, excepto por unos empecinados vergonzosos. En todos lados está floreciendo la honestidad intelectual a medida que el papa Bergoglio enjuga el rostro de la Iglesia con la horrible realidad de lo que fue la revolución post-conciliar desde su comienzo: sencillamente, el fin del catolicismo, si eso fuera posible.

En los últimos cuatro años, Bergoglio ha estado trabajando para eliminar la diferencia entre el concepto y la realidad en los últimos estadíos de la revolución. Pero su astuto y falso magisterio del giño y el asentimiento, la ambigüedad, el uso de subalternos para implementar sus planes mientras mantiene un fino pretexto de una posible negación, ha sido expuesto por lo que es: un abuso fraudulento de la autoridad papal. Ya todos lo saben. La pregunta es:

¿qué vamos a hacer al respecto?

Cuando las tendencias históricas alcanzan un clímax semejante—lo que los historiadores llaman  “período crítico”—se introducen grandes reacciones. Pero la Iglesia no es una mera institución humana, guiada solamente por movimientos humanos. La reacción en este caso ocurrirá sin dudas a nivel humano en forma de resistencia creciente al desquicio de Bergoglio. Sin embargo, el elemento de reacción infinitamente mayor vendrá de lo alto, con la intervención del cielo cuando todo parezca perdido. Por eso Nuestra Señora del Buen Suceso nos asegura: “Para probar la fe y la confianza de los justos, llegará la ocasión en que todo parezca estar perdido y paralizado. Entonces, será el feliz comienzo de la restauración completa.”

En este año del centenario de las apariciones de Nuestra Señora de Fátima, tenemos razones suficientes para esperar que nuestro rescate celestial esté cerca, incluso el triunfo del Inmaculado Corazón puede ocurrir entre las ruinas de la Iglesia visible y el cuerpo político. Después de todo, ¿qué son estos esfuerzos comparados con la felicidad eterna a la que estamos llamados si perseveramos hasta el final?

Christopher A. Ferrara

[Traducido por Marilina Manteiga. Artículo original.]