ADELANTE LA FE

La infinita sabiduría de Dios y Amoris laetitia

Queridos hermanos, es una decepcionante constatación el comprobar  cómo la Exhortación Amoris Laetitia desconoce, en lo más elemental, la infinita Sabiduría de Dios. Un desconocimiento que perturba, inquieta, asombra, desconcierta, por ser quien es su autor. Es de tal calibre el misterio de la Sabiduría divina, tan excelso, tan inabarcable, tan sublime, tan grandioso, tan profundo, tan…,  que seguiríamos escribiendo añadiendo uno tras otros calificativos a la infinita  Sabiduría de Dios.

Meditar a cerca de la Sabiduría de Dios es introducirse en una realidad que deja aturdida al alma, de forma tal que nunca ha podido sentirse más insignificante y miserable, más asombrada, más perpleja de la infinitud de Dios, más consternada de lo que está descubriendo, sin dejar nunca de descubrir, sin dejar nunca de asombrarse,  de conocer sin saciarse, sin llegar nunca a abarcar tal infinitud.

Cuando el alma medita sobre la realidad de que Dios es el único ser capaz de conocerse a Sí mismo, se conoce y comprende a sí mismo, su divina esencia y sus Personas, su bondad, su omnipotencia y todas sus infinitas perfecciones. Conoce todos sus actos, intenciones, decretos; todo lo que puede ordenar y hacer, sin que nada le quede oculto. Dios al conocerse a Sí mismo, conoce todo las cosas que están fuera de Él, pues Dios es fuente y principio de todas ellas.

Dios nuestro Señor tiene su sabiduría por su misma esencia divina, con ella contempla todo como en un clarísimo espejo, y todo está medido y controlado por Él. Sólo Dios es esencialmente sabio, sin tener medida su sabiduría. Nadie es sabio sino Dios.

De la Sabiduría divina proceden todas las ciencias humanas, todo el conocimiento humano. Las obras de sus manos, ¿no son reflejos de su infinita sabiduría? La misma Creación, la creación del hombre. Todo fue creado sin ayuda, el Cielo y la tierra proceden de la sabiduría de Dios. Sólo uno es el sabio y el grande y terrible que se sienta sobre su trono (Ecle. 1, 8). Dios lo dispuso todo con absoluta perfección y medida, lo vemos en la sucesión de las estaciones, el movimiento de los astros, la sucesión del día y la noche; los mismos fenómenos naturales tienen la medida de la Sabiduría de Dios. Has reducido a un palmo mis días, y mi existencia delante de ti es la nada: no dura más que un soplo todo hombre (Sal. 38, 6).

Qué asombro al  contemplar  que la Sabiduría de Dios, con un simplísimo acto abarca todas las cosas. La sabiduría de Dios es eterna, inmutable, profundísima y manifiesta, y ésta toda junta, es decir, que con una sencilla vista alcanza de una eternidad a otra, y ve todo cuanto es posible verse y conocerse. Y así, desde que Dios es Dios, sabe cuanto sabe, sin que de nuevo pueda saber cosa alguna, porque para Él ninguna puede ser nueva, y todas las cosas pasadas, presentes y por venir, y las de que de alguna manera son posibles, las conoce perfectamente cada una, sin mezcla de dudas ni opiniones; de modo que en Dios ni puede haber ignorancia, ni error, ni duda, ni engaño, en cosa alguna de cuantas se pueden saber. Y no sabe que los ojos del Señor son mil veces más claros que el sol, y que ven todos los caminos de los hombres, y penetran hasta en los lugares más escondidos (Ecle. 23, 28).

La Sabiduría de Dios conoce todo cuanto en este día y en este instante se hace en todo el mundo, sin que haya nada que no sepa; penetra los secretos del corazón de cada hombre por muy ocultos que sean, sus imaginaciones, pensamientos, deseos, propósitos, buenos y malos, y todo aquello que no puede conocer otro hombre, ni ángel, sino el mismo espíritu que lo piensa. Conoce todas las cosas que están por venir y han de suceder por toda la eternidad, aunque dependan de nuestro albedrío; y las tiene tan presentes como si ya hubieran sucedido.

Y así, ¿cómo sentir la más profunda humildad en cuanto a nuestro pobre conocimiento humano?, diciendo con el libro de los Proverbios (32, 2): Porque soy un ignorante y menos que hombre, y no tengo inteligencia de hombre. Y digo con el profeta Jeremías (51, 17): Se embruteció el hombre sin conocimiento. Cuánto hemos de reprimir nuestra vana complacencia, vanagloria  y presunción.

¿No es acaso una  grandísima presunción y hasta locura querer abarcar tal infinita sabiduría divina, y hasta querer manejarla y adaptarla al hombre? La sabiduría de Dios excede a toda capacidad de los hombres y de los ángeles, como dice San Pablo (1 Cor. 2, 11): ¿Qué hombre conoce lo que en el hombre hay, si no el espíritu del hombre, que en él está? Así también las cosas de Dios nadie las conoce sino el Espíritu de Dios. Dice el libro del Eclesiástico (1, 3, 6-7): La altura de los cielos, la anchura de la tierra, la profundidad del abismo, la sabiduría, ¿quién podrá medirlos. ¿A quién fue dada a conocer la raíz de la sabiduría y quién conoce sus secretos?, ¿A quién le fue manifestada la sabiduría y quién entendió sus planes? La sabiduría de Dios está oculta a los hombres, a los ángeles y espíritus celestes. ¡Cómo no venerar los secretos de la infinita sabiduría, y cómo no suplicar poder descubrir la parte que nos convenga para nuestra salvación?

Queridos hermanos, ¿cómo es posible que quien está llamado a actuar como el  Vicario de la misma Sabiduría, el que está llamado a ser representante en la tierra de la misma Sabiduría de Dios, cómo es posible que  atente contra la misma Sabiduría? ¿Cómo puede ignorarla? ¿Cómo puede atreverse a enfrentar  su pobre conocimiento humana en contra posición  a la Sabiduría Divina, a la que ha de servir con absoluta fidelidad?

¿Cómo puede  exonerar a los fieles del cumplimiento de los Mandamientos de la Ley de Dios? (AL. 306.) ¿Acaso la Sabiduría de Dios es imperfecta? ¿Acaso la Sabiduría de Dios no sabe la capacidad del hombre, y le ha dado una carga incapaz de sobrellevar? ¿Acaso la Sabiduría de Dios no ha dado al hombre los medios de salvación necesarios?

¿Acaso la Palabra de Dios, sus Mandamientos, no procede de su infinita Sabiduría? ¿Acaso los Mandamientos de la Ley de Dios no es manifestación de la infinita Sabiduría de Dios?

La Exhortación Amoris Laetitia en el punto 306 pone en evidencia la indiferencia absoluta hacia la Sabiduría de Dios, mostrando a la vez una audacia sin precedentes en la historia de la Iglesia, al cuestionar, despreciar, minusvalorar, y relativizar los Mandamientos de la Ley Dios. Ante tal cuestionamiento,  todo el documento, como castillo de naipes, se desmorona ante la inconsistencia de su contenido por su atrevimiento a proponer una alternativa humana a la Ley de Dios.

Lo que Dios ha establecido, en su Sabiduría eterna e infinita, en los Mandamientos de la Ley de Dios, NADIE lo puede alterar lo más mínimo.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.