MEDITACIÓN

De la jornada que hizo nuestra Señora a Belén con su santo esposo

MEDITACION V

Para el viernes de la cuarta semana de Adviento

PUNTO PRIMERO. Considera los tratos de la Divina Providencia, la cual dispuso que César Augusto mandase por edicto que se encabezase todo el orbe, cada cual en la ciudad de origen, para llevar con esta ocasión al glorioso san José y a la Santísima Virgen a Belén, donde tenían su prosapia, y para que se cumpliesen sus profecías de que había de nacer en esta ciudad: de donde has de sacar la certidumbre de los decretos de Dios, y que toda su voluntad se cumplirá siempre, y lo que tuviere determinado de ti, aunque sea forzoso mover todo el mundo para ello, como lo movió en esta ocasión para cumplir este decreto. Sujétate y humíllate a su santa voluntad, ponte en sus manos con suma indiferencia y rendimiento, y dile con David (1): He aquí Señor, mi corazón dispuesto y apercibido para vos; disponed y haced de mí conforme a vuestra santísima voluntad.

PUNTO II. Considera la obediencia del glorioso san José y de la beatísima Virgen María que en tiempo tan rigurosos y en ocasión tan apretada como era la cercanía de su parto, teniendo causas tan justas para excusarse, obedecieron con toda puntualidad sin excusaciones ni murmuración a un Emperador tirano en cosa tan difícil y penosa, sin obligarles su obediencia; para enseñarnos a todos a obedecer y respetar a cualquiera que tuviere el lugar de superior, aunque nos mande cosas difíciles y al parecer sin razón. Pondera cómo cumplió Cristo lo que dijo por boca de David (2): En la cabeza del libro está escrito de mí, que había de hacer tu voluntad y escribir tu ley en medio de mi corazón; pues entra obedeciendo en este mundo, y lo primero que se oye de él es que obedeció aun antes de nacer y naciendo para restaurar con su obediencia lo que Adán perdió con su desobediencia. ¡Oh Señor y Emperador de los cielos! dadme gracia para que yo obedezca a todos mis superiores con la puntualidad que tú obedeciste a los tuyos, y no sólo con el cuerpo, sino con el alma y corazón.

PUNTO III. Medita la jornada que hizo la beatísima Virgen María nuestra Señora con su esposo san José, el cual, aunque pudiera ir sólo a cumplir este mandato y excusar a su santa esposa, ésta no quiso sino acompañarle y ser consorte en sus trabajos. Contempla el camino que llevan en el corazón del invierno lluvioso, frío y ventoso, con las incomodidades de pobres, las cuales pasaban por Dios con alegría de su corazón, dándoles consuelo y gozo en ellas el Señor que los acompañaba, que quien tiene consigo a Dios, todo lo sufre y lleva con gusto por su amor: entra con la consideración en el corazón de María Santísima y contempla los coloquios divinos que llevaba con el Señor que tenía en sus entrañas, el fuego de amor que ardía en su pecho, los deseos de verle en sus brazos, el gozo que le daría la esperanza de la cercanía del parto, el sentimiento de no tener posada digna de tan grande Señor, las santas pláticas con su santo esposo; acompáñalo en esta peregrinación: ofrécete a su servicio: mira, oye, entiende y aprende lo que hacen , dicen y piensan, y endereza tus caminos con su enseñanza al Señor.

PUNTO IV. Considera cómo en llegando a Belén pagaron el tributo al César, y cómo los reyes del mundo ostentan su potencia en pedir a sus vasallos y el rey del cielo en darles hasta su propia sangre: medita la tiranía y avaricia del César y la mansedumbre y liberalidad de Cristo, y resuélvete a dar de mano a los reyes humanos, por servir al divino. Contempla otrosí cómo cerró la noche, y teniendo en aquel pueblo tantos parientes san José, no hubo quien le diese posada ni un albergue para recogerse con su santa esposa, repulsa que padecen ordinariamente los pobres: conoce cuán poco hay que fiar en parientes, y cómo Cristo desde el instante de su nacimiento se portó como huésped y peregrino en la tierra siendo ciudadano y morador del cielo: aprende a no tener aquí ciudad permanente; y a pórtate como peregrino en este mundo: contempla la mendiguez de Cristo, y pídele su gracia y favor para seguir sus pisadas, despreciando el mundo, y todas sus pompas, regalos y valimientos, y no cuidado de otra cosa más que de tu aprovechamiento y salvación.

Padre Alonso de Andrade, S.J