ADELANTE LA FE

La lujuria es el lenguaje del demonio

Pues que tenemos estas promesas, carísimos, purifiquémonos de todas mancha de nuestra carne y nuestro espíritu, acabando la obra de la santificación en el temor de Dios. 2 Cor. 7, 1.

Queridos hermanos, la lujuria es el lenguaje del demonio, y son muchos los que no lo  saben, arrastrando sus concupiscencias como pesadas cadenas de las que no se pueden desprender; considerando la debilidad de su carne y la derrota de su lucha como una realidad con la  que han de vivir sin esperanza de solución.  El demonio bien conoce nuestra naturaleza caída, nuestras debilidades, y qué bien sabe potenciarlas sin que el alma sea consciente de ello, inteligentemente consigue hacer caer al alma en la seducción del placer de la carne. La lucha por la pureza es la lucha contra el mismo demonio. La tentación empieza por medio de pequeñas cosas, la mirada en el espejo, la seducción de la ropa de vestir, la seducción de unas palabras halagadoras, una mirada indiscreta, un pensamiento impuro, una conversación indecente,  espectáculos, cine, malas amistades… Si el alma no es consciente de que ha de vivir en perfecta pureza y esforzarse en conseguirla, poniendo todos los medios para ello, entonces será presa fácil para el tentador que no parará hasta “destruir” al alma y condenarla. ¡Cuántas almas se condenas por impureza!

¿Por qué el aparente triunfo del demonio en esta lucha? ¿Por qué la frustración de muchas almas en seguir esforzándose en vencer las tentaciones de la carne? Muchas han dado la batalla por perdida. Más que vivir, arrastran su vida, la sobrellevan esclavos de sus concupiscencias, frágiles sin voluntad, sometidos a los bandazos del maligno que los zarandea a placer. ¡Con cuánto gusto se complace el demonio en ver las caídas, unas tras otras, de sus víctimas! El demonio goza con la lujuria, es un perfecto conocedor de esta tentación, sabe potenciarla en el alma que cede desde el inicio; todo empieza con la curiosidad, o como algo sin importancia, necesario para la persona, así se lo hace creer al alma. “¿Por qué no vas a desear tener relación con otro si los dos lo deseáis? “ “¿Por qué no vas a buscar el placer, si éste es bueno y necesario?” “Fíjate en la virilidad de ese hombre” “Contempla la belleza  de esa mujer” “No pasa nada, no dejes de  mirar” “El cuerpo tiene sus necesidades fisiológicas, no has de dar importancia al placer sexual, es necesario y conveniente, te aliviará de tensiones y preocupaciones” “Si Dios ha creado la belleza, ¿por qué no vas a contemplarla” “No te reprimas en tus deseos e impulsos concupiscentes, no es bueno para ti”. “Es absurdo que luches por la pureza y la castidad, nadie lo hace, no tiene ningún sentido”. “La sexualidad es para disfrutarla, no para reprimirla”. Podríamos seguir con más argumentos falaces del maligno, que tanto efecto producen, desgraciadamente, en tantas almas.

Pobres almas que ceden a la tentación, creen que es una sola vez, que será sólo en esta ocasión y que nada más; que podrán salir, y por el contrario quedan atrapadas por las cadenas del seductor baboso que no parará hasta destruir al alma, y convertirla en un muñeco de feria en sus garras. Y lo que parecía un momento de placer se transforma en una verdadera agonía para el alma, que se ve atrapada, amordazada, atada a sus pasiones, que como un volcán en erupción han destruido su voluntad y han oscurecido su entendimiento; su vida se ha convertido en un verdadero infierno, donde el alma agoniza lentamente, ante el gozo indescriptible del demonio, que con sumo placer ve cómo se va destruyendo  lentamente a su víctima.

¿Por qué este aparente triunfo del demonio, y por qué tantas almas ceden a la lucha y se rinden? Porque estas almas no se han encontrado verdaderamente con el amor de Dios, con el amor del Señor expresado de forma inefable en la Cruz. El alma no ha profundizado hasta qué forma Dios ha amado al mundo, y a cada uno de nosotros, entregando a su único Hijo. No, no han ahondado en el misterio del Verbo encarnado, en su humanidad santísima y purísima, en sus divinas palabras, en el ejemplo de su vida, en la transparencia de todos sus actos, en sus trabajos y sacrificios; en definitiva, en el amor inexplicable, por lo infinito, perfecto y sublime, de su pasión y muerte, a la que se entrega voluntariamente, porque nadie la quita la vida, Él la da porque así está dispuesto.

El alma debe profundizar en el amor de Dios, en nuestro Señor Jesucristo, en la Cruz. Contemplarle en ella, observarle detenidamente, observar su cuerpo desnudo, sus llagas, su sangre, los clavos, su corona, su rostro, sus ojos, sus labios, su costado, sus pies y manos traspasados. Debe contemplarlo una y otra vez, sin descanso, de forma perseverante y constante, día tras día, sin desfallecer. Debe mirarlo y volverlo a mirar. No debe dejar de contemplarlo un solo día. Debe querer penetrar en el amor infinito de Jesucristo, y pedirlo fervientemente, debe ver en la Cruz el amor del Señor al alma en particular. Debe esforzarse en no ver la Cruz de forma indiferente, no debe acostumbrarse a la Cruz, debe mirarla con sorpresa y dolor, y amor, y asombro y misterio, y con dolor de los propios pecados, y con vergüenza por la falta de correspondencia al amor divino.

El alma debe ver la Cruz como el fin al que debe tender, esto es, la crucifixión de su carne, de sus concupiscencias. El alma debe contemplarse ella misma en la Cruz con el Señor, es más, en su lugar. El alma no ha de dejar de contemplar la Cruz hasta desear estar en ella. Cuando llegue ese momento sentirá cómo las cadenas infernales de la concupiscencias de la carne se irán cayendo unas tras otras, cómo el enemigo ha perdido su batalla y se retira, aunque a la espera de otro momento, pero perdiendo su predominio y prepotencia sobre el alma. El alma sentirá la sanación de sus sentidos, la fortaleza para la lucha, la inteligencia para adelantarse al tentador, la astucia para descubrir sus sucias argucias, la voluntad para proteger y cuidar sus sentidos. El alma sentirá el gozo de la fidelidad al Señor, la indescriptible alegría de la pureza, de la batalla ganada, de la lucha victoriosa. El alma sentirá la fuerza divina que la anima, eleva y hermosea para seguir fiel en la pureza al Señor, y con la santa pureza la fortaleza para cumplir y vivir perfectísimamente sus divinas palabras, sus mandamientos, sus preceptos. Y andando en la voluntad de Dios conseguir la vida eterna.

En esta situación, al alma entiende a la perfección lo que los grandes santos han dicho unánimemente sobre el desprecio del mundo. Sí, desprecio del mundo, que no  desprecio de las almas a las que hay que salvar; es el desprecio a los gustos pecaminosos, a las modas indecentes, a los espectáculos inmorales; desprecio al mundo que odia la Cruz y se ríe de ella y la considera una necedad; desprecio del mundo que niega la verdad de Jesucristo, que no sigue sus Mandamientos, que no busca su salvación eterna, sino el gozo temporal de la vida.

Para penetrar en el misterio del amor de Dios, de su Obra Redentora, es necesario  e ineludible la vida de oración. Sin vida de oración es imposible que el alma pueda fortalecerse en las virtudes, ahondar en la sagrada Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, introducirse en el abismo del amor divino. Si el alma no hace oración diaria, si su vida no está centrada en Dios y en la intimidad con Dios, si todas sus acciones no son dependientes de la voluntad de  de Dios, entonces  no podrá estar prevenido contra los ataques del maligno, no podrá hacer frente a las insinuaciones morbosas y pecaminosas que el demonio inoculará al alma; y el alma quedará atrapada en las redes de la sus propias concupiscencias, debilitada y a merced de su enemigo.

Pero hay otra realidad, se trata del acoso a que el demonio somete a las almas puras y castas que viven en Dios. Si Dios lo permite, es para una purificación mayor de estas almas, para una mayor santidad, para que puedan seguir “subiendo” en la unión con Dios, para aumentar el acopio de gracias., para hermosearlas más, para hacerlas aún más puras y castas. Estas almas, purificadas en el dolor de estas tentaciones, pues las sufren con profundo desgarro sufriente, salen victoriosas, pues Dios no permite que sus almas privilegiadas y fieles queden a merced de su enemigo.

Queridos hermanos, podemos desbaratar las palabras lujuriosas del demonio, sus engaños, sus trampas, sus insidiosas sugerencias: podemos enmudecerle, cerrarle la boca, podemos no darle ocasión a hablar, podemos reconocerle cuando se acerca, podemos intuir dónde se halla, sus intenciones; podemos tenerle a raya, podemos actuar con firmeza y seguridad ante su presencia, e impedir inmediatamente sus  pérfidos planes. Podemos ganar la batalla. Podemos mantener la pureza. La Cruz es la garantía, la seguridad, nuestro lugar. La oración constante y ferviente es el medio.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.