ADELANTE LA FE

La Mística y la Poesía (IV)

La metáfora en
la descripción del Esposo
en la Poesía mística

 

Y junto a la belleza de la metáfora, la limitación que acompaña a lo pequeño. Pues la metáfora, como instrumento clave de la Poesía, descubre su grandeza a la vez que muestra sus limitaciones. Las cuales consisten en que la metáfora no puede llegar más lejos del lugar adonde llega. Conduce y acerca hasta el umbral mismo del misterio, para detenerse allí como incapaz de seguir adelante. El lector de un poema saborea las mieles de lo sublime, sin percatarse de que ha gustado sólo una pequeña parte del contenido del misterio. La suficiente, sin embargo, para comprobar que, pese a haber llegado solamente a las lindes del lugar que se adivina como sublime, lo que hay más allá se vislumbra como algo inefable y que está por encima de toda imaginación.

Un ejemplo claro de las limitaciones de la metáfora lo podemos apreciar en una de las estrofas más bellas de San Juan de la Cruz, en la que el Santo trata de hacer una referencia a la figura del Amado:

Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de fermosura.[1] 

 

Con sola su figura. Aunque el Santo se guarda de cualquier intento de describirla. Queda la alusión a la figura, sin precisar más, dejando lo restante a la imaginación, que es la que tiene por misión completar y suplir al significado escueto de la palabra.

Y es curioso, a la par que sorprendente, el papel desempeñado por la imaginación en la Poesía. Su función es prometedora y engañosa a la vez. Promete lo indecible (porque nunca concreta acerca de lo que se trata) y llena el corazón de ilusiones, para después no cumplir nada y dejar un regusto de decepción que a pesar de todo no desanima. Sin embargo, el momento transcurrido entre la promesa y el desengaño es un momento mágico, sin duda más que suficiente para reconocerle a la imaginación que ha llenado cumplidamente su papel. Pues de todas formas es la máquina de sueños que llena de ilusiones la vida humana, la misma que de otra forma sería tremendamente llana, prosaica, tosca y aburrida. El duende de la Poesía se alimenta de la imaginación, y es ella a su vez la que aporta al duende la posibilidad de metamorfosearse en los diversos individuos, y aun indefinidas veces en el mismo. Y de ahí que la auténtica poesía se pueda leer y releer siempre que se desee, en la seguridad de que en todo momento se encontrarán en ellas nuevos encantos, nuevas ilusiones y sueños, y nuevo alimento para una fantasía que, después de todo, alimenta y anima la vida del hombre.

Aunque parezca extraño y frente a toda lógica, El Cantar emprende una atrevida descripción del Esposo. Sin duda que la Revelación es demasiado consciente de la imposibilidad de una empresa que está condenada de antemano al más rotundo de los fracasos. Por consiguiente debe existir un motivo para que haya sido redactado un texto que a primera vista resulta hasta intruso, y en el que el hagiógrafo ha echado mano de todas las metáforas imaginables:

 

¿Y en qué se distingue tu amado,
oh la más hermosa de las mujeres?
¿En qué se distingue tu amado,
tú, que así nos conjuras?
Mi amado es fresco y colorado,
se distingue entre millares.
Su cabeza es oro puro,
sus rizos son racimos de dátiles,
negros como el cuervo.
Sus ojos son palomas
posadas al borde de las aguas,
que se han bañado en leche
y descansan a la orilla del arroyo.
Sus mejillas son jardín de balsameras,
teso de plantas aromáticas;
sus labios son dos lirios,
destilando exquisita mirra.
Sus dedos son todo anillos de oro
con rubíes engastados;
su pecho es marfil
cuajado de zafiros…[2]

 

El texto admite todas las explicaciones que se quieran imaginar, en la seguridad de que ninguna puede pretender ser la definitiva buscada por el Autor.

Una explicación probable puede ser la de que se trata de un texto de consolación. Todo ello sabiendo el Esposo que no puede dar una descripción de Sí mismo capaz de satisfacer a las hijas de Jerusalén, que son quienes de momento la requieren aquí. Pero el Dios Misericordioso conoce la naturaleza humana que Él mismo ha creado, y sabe del afán de su criatura por conocer a Aquél para quien fue hecha y que es su Último Fin. Y sabe también que esa naturaleza no puede prescindir en esta vida, para adquirir sus conocimientos, de una primera instancia de las percepciones sensibles.

Sin embargo, tan bellísimas metáforas, que por otra parte dejan traslucir las exuberancias y el exotismo de un mundo oriental que aún las hace más hermosas, producen en el ánimo del lector, más allá y con más fuerza de lo que normalmente lo hace la Poesía, un misterioso e inefable sentimiento, que es como un lejano recuerdo de la naturaleza de la Primera Belleza y del Primer Bien. Y con todo, el papel de la Poesía, aun sin poder llegar a más, queda otra vez sobradamente cumplido.

San Juan de la Cruz reconoce que nada ni nadie podrían dar una noticia descriptiva de la Persona del Esposo, fuera de Él mismo:

 

¡Ay quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero;
no quieras enviarme
de hoy ya más mensajero,
que no saben decirme lo que quiero.[3] 

 

La historia de la Espiritualidad ha conocido a demasiados autores, artistas y hasta videntes que han tratado de aportar imágenes o retratos, incluso descripciones de episodios de la vida de Jesucristo, con el loable fin de contribuir a trazar la idea más cercana posible de la figura o del rostro de la Persona del Señor.

Los mejores pintores se han esforzado por presentar la figura del Cristo Crucificado o algunas escenas de la vida de Jesucristo. Sobre todo algunas videntes han descrito sus experiencias especificando, hasta con detalles mínimos, aspectos del rostro o de ciertos momentos de la Pasión de Jesucristo.

Pero salvando el incalculable valor artístico de ciertas obras de arte pictóricas o esculturales, todos los intentos llevados a cabo por acercarse a una cierta representación de la figura de Cristo han supuesto un fracaso. En cuanto a las detalladas descripciones proporcionadas por ciertas videntes, no llegan más allá de producir en el ánimo de quien las lee una sensación de vago fervor o quizá de vacío.

Santa Teresa de Jesús utiliza en sus Tratados una complicada terminología para distinguir las distintas clases de visiones de Jesucristo que le fueron concedidas. Habla la Santa de visiones imaginarias, visiones intelectuales y visiones reales. Y aunque no parece que exista especial dificultad en cuanto a las dos primeras, por lo que respecta a las visiones reales resulta difícil admitir la posibilidad de que cualquier alma humana, permaneciendo todavía en estado de viador, pueda contemplar el esplendor del Cristo Glorioso. Ni tampoco está claro el grado de realismo que deba atribuirse a las visiones personales del Apóstol de las que habla en su Carta de Segunda Cor, 12.

Y es el mismo Apóstol quien reserva para el momento de estancia en la Patria la posibilidad de ver a Jesucristo cara a cara: Ahora vemos como en un espejo, borrosamente; entonces veremos cara a cara. Ahora permanecen la fe, la esperanza y la caridad. Aunque la más grande de ellas es la caridad.[4]

El texto es importante pues demuestra que para San Pablo la permanencia en el estado de fe, mientras el hombre continúa en esta vida, es algo esencial. De donde sería necesario dilucidar la compatibilidad de tal estado de fe con la visión real.

El problema habría que hacerlo extensivo a las experiencias de los Apóstoles sobre Jesucristo después de resucitado (recuérdese también el episodio de Santo Tomás). Preciso es reconocer que la Revelación no ha aclarado ni profundizado más acerca de estos misterios. La visión directa de Dios, por parte de los bienaventurados en la Patria, necesita de la gracia especial del lumen gloriæ. Aunque cabría preguntar acerca del papel de la contemplación de Jesucristo Glorioso, incluida por lo tanto su Humanidad, en la visión beatífica, un problema teológico que no es de este lugar.

(Continuará)

Padre Alfonso Gálvez


 

[1] San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual.

[2] Ca 5: 10–16.

[3] San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual.

[4] 1 Cor 13: 12–13.

Padre Alfonso Gálvez

Nació en 1932. Licenciado en Derecho. Se ordenó de sacerdote en Murcia en 1956. Entre otros destinos ha estado en Cuenca (Ecuador), Barquisimeto (Venezuela) y Murcia. Es Fundador de la Sociedad de Jesucristo Sacerdote, aprobada en 1980. Desde 1982 reside en El Pedregal (Mazarrón-Murcia). A lo largo de su vida ha alternado las labores pastorales con un importante trabajo redaccional. Ha publicado Comentarios al Cantar de los Cantares (dos volúmenes), La Fiesta del hombre y la Fiesta de Dios, La oración, El Amigo Inoportuno, Apuntes sobre la espiritualidad de la Sociedad de Jesucristo Sacerdote, Esperando a Don Quijote, Homilías, Siete Cartas a Siete Obispos, El Invierno Eclesial, Los Cantos Perdidos y El Misterio de la Oración. Para información adicional visite su web http://www.alfonsogalvez.com