RORATE CÆLI

La parálisis católica tras el Vaticano II amenaza los cimientos de la Iglesia

Homilía para Cristo Rey

Díjole, pues, Pilato: “¿Conque Tú eres rey?” Contesto Jesús: “Tú lo dices: Yo soy rey. Yo para esto nací y para esto vine al mundo, a fin de dar testimonio a la verdad.” (Juan 18:37-38)

La fiesta de Cristo Rey fue agregada al calendario romano en la encíclica del papa Pío XI,  Quas Primas, el 11 de diciembre de 1925. Era el tiempo de un preocupante interludio entre las dos guerras mundiales que devastaron dos generaciones. También era un tiempo dificultoso para la Iglesia Católica. Ese tiempo era el del comienzo del surgimiento de un ideal del gobierno puramente secular. También era el tiempo en que la cuestión romana no se había resuelto aún, la cuestión sobre una disputa respecto al poder temporal de los Papas como gobernantes de un territorio civil en un contexto de resurgimiento italiano. Culminó con los pactos lateranenses entre el rey Víctor Manuel III de Italia y el papa Pío XI en 1929.

El Papa fue muy explícito al dar razones para creer necesario y beneficioso instituir esta fiesta para toda la Iglesia. La fecha, el último domingo de octubre, fue elegida porque era el domingo anterior al día de Todos los Santos, cuando se contempla la manifestación del reino de Cristo en la gloriosa santidad de los santos en el cielo; también porque se acercaba el final del año litúrgico y, finalmente, porque tradicionalmente ese domingo había sido observado por los protestantes como el Domingo de la Reforma.

Deseo leerles las propias palabras del Papa, que nos permiten comprender su idea sobre esta fiesta en su encíclica que promulgaba la fiesta de Cristo Rey. Él cita a San Cirilo de Alejandría. “Posee Cristo soberanía sobre todas las criaturas, no arrancada por fuerza ni quitada a nadie, sino en virtud de su misma esencia y naturaleza”. Luego, el Papa prosigue: “la soberanía o principado de Cristo se funda en la maravillosa unión llamada hipostática. De donde se sigue que Cristo no sólo debe ser adorado en cuanto Dios por los ángeles y por los hombres, sino que, además, los unos y los otros están sujetos a su imperio y le deben obedecer también en cuanto hombre; de manera que por el solo hecho de la unión hipostática, Cristo tiene potestad sobre todas las criaturas. Pero, además, ¿qué cosa habrá para nosotros más dulce y suave que el pensamiento de que Cristo impera sobre nosotros, no sólo por derecho de naturaleza, sino también por derecho de conquista, adquirido a costa de la redención?”

Luego explica cómo el reino de Cristo es espiritual y se desentiende completamente del poder mundano. Pero sobre este punto añade: “Por otra parte, erraría gravemente el que negase a Cristo-Hombre el poder sobre todas las cosas humanas y temporales, puesto que el Padre le confirió un derecho absolutísimo sobre las cosas creadas, de tal suerte que todas están sometidas a su arbitrio…. Por tanto, a todos los hombres se extiende el dominio de nuestro Redentor, como lo afirman estas palabras de nuestro predecesor, de feliz memoria, León XIII, las cuales hacemos con gusto nuestras: ‘El imperio de Cristo se extiende no sólo sobre los pueblos católicos y sobre aquellos que habiendo recibido el bautismo pertenecen de derecho a la Iglesia, aunque el error los tenga extraviados o el cisma los separe de la caridad, sino que comprende también a cuantos no participan de la fe cristiana, de suerte que bajo la potestad de Jesús se halla todo el género humano’.”

¿Cómo reaccionamos ante estas palabras, esta insistencia en que el reino de Cristo se extiende a todos los hombres y mujeres que viven en esta tierra y, como conclusión, todos los gobiernos deben comprender su obligación de gobernar en consonancia con la enseñanza de Cristo Rey? Para quienes crecimos con la fórmula de separación entre Iglesia y Estado, para quienes crecimos después de la Segunda Guerra Mundial y la secularización de la sociedad, para los jóvenes que crecieron bajo la creencia de que catolicismo y el cristianismo son solo una religión entre muchas, para quienes crecieron en el pluralismo considerado como el mejor regalo de los dioses, ¿qué puede significar el reinado de Cristo? Podríamos refugiarnos en el intento de espiritualizar el asunto, pero sería deshonesto respecto a lo que dijo el papa Pío XI. O podríamos transferir la fiesta a otro día y así cambiar su significado. Es lo que los reformadores hicieron con el calendario en 1970. En el calendario Novus Ordo se transfirió esta fiesta al último domingo del año, inmediatamente antes del primer domingo de adviento.  Las lecturas para ese domingo siempre tratan sobre el fin de los tiempos: estrellas cayendo del cielo, terremotos, terribles tribulaciones. Hay validez en asociar esta fiesta con el fin de los tiempos, momento en que el reinado de Cristo se manifestará en su totalidad. Pero asociar esta fiesta con el futuro únicamente—incluso el futuro último—hace mucho más fácil desechar la realidad del reinado de Cristo, considerándolo solamente una parte del fin de los tiempos que, para muchos católicos y la mayoría de las personas en general, no tiene un significado actual en sus vidas en este mundo. Es mucho más fácil lidiar con un Cristo Rey que vendrá de nuevo de manera imprecisa en el futuro, que lidiar con un Cristo Rey ahora mismo.

Imaginen a alguien—hombre o mujer laicos, diácono, sacerdote, obispo, o Papa, yendo a la ONU a hablar sobre el reinado de Cristo y las implicancias de este reinado para cada uno de los miembros de las Naciones Unidas, utilizando las palabras de Pío XI. Los representantes de la ONU serían respetuosos y no dirían en voz alta lo que piensan—este hombre está loco. Y habría un respetuoso aplauso tras el discurso, y se irían a una cena sofisticada en Nueva York y hablarían del católico loco que habló del reinado de Cristo en términos prácticos para cada uno de sus países. Se reirían y ordenarían cócteles antes de cenar. Al menos Pilato tuvo la inteligencia burlona de preguntarle al Rey: ¿qué es la verdad?

La parálisis que asoló a la Iglesia Católica tras el Concilio Vaticano Segundo amenaza los cimientos mismos de la Iglesia, porque hace imposible la evangelización definida por el propio Cristo antes de la ascensión. Jugar con el mundo no es lo mismo que ser astutos como serpientes y mansos como palomas. Negar la objetividad del pecado en nombre de la misericordia no está en consonancia con las palabras de Jesús al comienzo de su ministerio: “¡Arrepiéntanse y crean en el evangelio!” Hacer de la misericordia un principio que sobrepasa la justicia de Dios es peor que el fariseísmo. Pero la situación actual en la Iglesia no sería posible sin un aumento del hiper-papalismo que reduce a la Iglesia y su enseñanza a la persona del Papa. Esta simplificación irracional de la enseñanza de la Iglesia y del desarrollo auténtico de la doctrina a las reflexiones de un Papa es destructiva para la Iglesia de Jesucristo. “Tú eres Pedro”. El Papa es el Vicario de Pedro. Y su trabajo, es un trabajo, un trabajo que tiene ciertos beneficios heredados de la tradición, su trabajo es transmitir la fe católica completa y pura y dar su consentimiento para los desarrollos de doctrina fruto de siglos de pensamiento y oración, para luego definirlos como credenda, aquellas cosas que los católicos deben creer porque son verdaderas.

¿Qué está faltando? ¿Por qué los católicos nos encontramos en la situación presente, debilitados e irrelevantes para el mundo? Porque ya no escuchamos esas palabras que son el antídoto para el veneno del secularismo contemporáneo, el mundo de los tweets y mensajes de texto. Los católicos ya no escuchan ni comprenden esas palabras: Hoc est enim corpus meum… esas palabras que son un antídoto para la cultura frívola y vacía en la que vivimos. No “This is my body” o “Este es mi cuerpo”, o “Questo é il mio corpo, o “To jest moje ciałot”. Pero Hoc est enim corpus meum. Esas palabras que trascienden la particularidad de la cacofonía del lenguaje y se pronuncian en una lengua que ya no es hablada, y por lo tanto trasciende la particularidad: son palabras que hacen real la presencia de Cristo Rey en un mundo que lo desprecia o que no lo conoce o que está aburrido de Él o que no puede apartarse de sus mensajes de texto para prestarle atención o que no puede dejar de twittear para expresar su propia banalidad—ahí está. Las palabras de Cristo Rey. La Verdad. ¿Qué es la verdad? Hoc est enim corpus meum.

Padre Richard Cipola

(Traducido por Marilina Manteiga. Artículo original)

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