ADELANTE LA FE

La sabiduría de seis letras

Queridos hermanos, el mundo se ríe de la simplicidad y sencillez del justo, porque su sabiduría consiste en ocultar las maquinaciones y miserias de su corazón, usa  doblez en las  palabras, hace creer lo falso por verdadero y lo verdadero por falso. Esa es la prudencia del mundo: encubrir los verdaderos afectos del corazón con los falsos velos de la hipocresía y de las perniciosas maquinaciones, y hacer pasar como errores las verdades más demostradas. ¡Cuánto de todo esto puede decirse de la Iglesia actual! Mirando a nuestro alrededor, en la Iglesia, podemos ver cómo se nos predica y presenta a Jesucristo  con el fin de seguirle, pero sin dejar los vicios del mundo, sin romper con el mundo, con sus vanidades y malicia, sensualidad y lujuria,  sin declarar la guerra a las pasiones, y sin el cumplimiento preciso de la Ley santa del Señor. Esto es un insulto a la divinidad.

La huida del mundo es el primer pensamiento que Dios inspira a los que escoge para ser brillantes ornamentos de su Iglesia. Renuncia del mundo, es esencial al católico que quiere seguir a Cristo, y sin ella es imposible la salvación. Separación de las vanidades del mundo, pues esta separación coloca a los hijos de Dios en la clase de sus adoradores. Hay que entender bien la separación del mundo, y no confundirse; pues en medio del mundo hay una soledad que consiste en vivir abstraído de todo lo banal, superficial, vanidad, moda, y vivir ocupados en la contemplación de las verdades eternas y los actos de piedad, según el estado de cada uno. Qué importante es amar el retiro y la soledad interior, permitiendo al Señor derramar sus dones para poder llegar a ser  fieles discípulos.

Nada tiene relación con Dios, sino sola la virtud, porque siendo el Señor santidad infinita, el pecado nunca puede juntarse con Él. Sólo el que ha encontrado la alianza perpetua con la virtud se acerca a la Divinidad, se une el Señor con lazos estrechos, goza de su cariño y tiernos abrazos, y quedan reflejados en su alma los resplandores de la divina Majestad. ¿No lo dice el Señor?: El que practique y enseñe esos preceptos menores será grande en el reino de los cielos (Mt. 5, 19). El camino de la santidad no ha cambiado, es el mismo que trazó Nuestro Señor Jesucristo, es el camino de la Cruz, es decir, del sacrificio, de la penitencia, de la oración, de la pureza, de la renuncia a las pompas del mundo, a la carne y al demonio.

Yo he de ser o César o nada.

He aquí una de esas frases que sólo pueden haber sido dichas por la boca de un santo, de un alma singular, pero singular sólo por su fidelidad al Señor y a su Ley; se debe al humilde lego franciscano San Félix de Cantalicio (1515-1587). ¿Cómo podría llegar a ser César quien tuvo tan baja cuna? Imposible, por esta razón fue nada. Así, en un principio, fue considerado, así se consideraba el que llegó a ser grande para Dios en una proverbial humildad; humilde, santo y sabio en la sabiduría divina, que hizo que  hasta el mismo cardenal San Carlos Borromeo le consultara. San Félix de Cantalicio nos enseña con su vida tres verdades, que permanecen luciendo en medio de la oscuridad en que está sumida la Iglesia en el momento actual, verdades  de siempre: la vanidad de nuestro origen, la vanidad del mucho saber humano, y la vanidad de los placeres y sentidos que tanto esclavizan al hombre. Porque, ¿qué sabe el hombre? ¿Sabe con ciencia cierta, alguna cosa fuera o dentro de sí mismo? ¿Sabe el hombre cómo el alma da forma y vivífica el cuerpo, cómo la de vida y movimiento? ¿Entiende el hombre, el principio, aumento y composición de un solo cabello de su cabeza? Qué grande sería la ciencia de aquel que honestamente confesara que nada sabe. Esa nada fue el ornamento glorioso de nuestro santo.

La sabiduría de las seis letras.

¿Qué pudo haber aprendido aquel humilde e iletrado labrador? Al preguntarle por su ciencia divina, contestaba que no conocía otra cosa que la santa Cruz, y que con su inteligencia y deseo procuraba entender solamente seis letras, decía. Toda ciencia está en un librito de seis letras: cinco rojas, las Llagas de Cristo, y una blanca, la Virgen inmaculada.

Queridos hermanos he aquí la ciencia que nos enseña nuestra Madre Iglesia a través de este humilde santo, la ciencia que nos ha transmitido la tradición: la Pasión de Nuestro Señor, la imitación de su Vía- Crucis, en unión al amor filial  a  la Santísima Virgen. He aquí una respuesta a muchas almas angustiadas y desconcertadas por la situación actual de la Iglesia. Los santos nos hablan y aconsejan, nos acompañan en nuestro caminar por este valle de lágrimas, nos siguen recordando la verdad de la Iglesia, la verdad de su verdadero rostro, santo y puro, inmaculado y sin mancha. En esta angustiosa realidad donde el sacrilegio, la herejía, y en definitiva, la apostasía ha sido acogida en el seno de la Iglesia, desfigurándola y afeándola, los santos, y san Félix de Cantalicio entre ellos, no siguen recordando el verdadero camino de la santidad, del Cielo.

Sólo la ciencia de seis letras basta, cinco rojas y una blanca.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.