ADELANTE LA FE

La semejanza con Dios en el Cielo (II)

La Trinidad de las Divinas Personas quedará reflejada en el alma bienaventurada.

Para que nada falte a la perfección de esta semejanza del alma bienaventurada con Dios, copiando en sí la unidad de la naturaleza divina, copia a la vez la Trinidad de las divinas Personas. Recordemos que estas tres Personas cooperaron todas a  la creación del hombre. El Padre le dio la inteligencia, el Hijo el pensamiento y el Espíritu Santo la voluntad; de manera que así como Dios, en la unidad de su naturaleza, es Padre, Hijo y Espíritu Santo, el hombre es entendimiento, sabiduría y amor en la unidad de sus sustancia espiritual, llevando desde su origen impreso el sello glorioso de la Unidad y de la Trinidad de Dios, y siendo imagen fiel de ambas. Sin embargo esta augusta imagen de Dios en el hombre, durante la vida es alterada con frecuencia por los vicios, y oscurecida por los deseos carnales y de los afectos profanos. Pero ¿qué hace la Santísima Trinidad?, por medio de la gracia, dice San Pablo, restablece la imagen de Dios en el hombre; sobre las ruinas dl viejo reforma al nuevo, el de la creación primitiva, el que anteriormente había sido hecho en la justicia y verdad de Dios: Despojaos del hombre viejo con todas sus obras y vestíos del nuevo, que sin cesar se renueva para lograr el perfecto conocimiento según la imagen de su Creador (Col. 3, 10).

Habiendo las tres Divina Personas tomado parte en nuestra creación y santificación, la tomarán también en nuestra beatificación; y conforma obraron en nosotros los misterios de la naturaleza y de la gracia, consumarán igualmente el de la gloria, comunicándonos de una manera más colmada, admirable y prefecta, el Padre el poder de su entendimiento, el Verbo los tesoros de su sabiduría y el Espíritu Santo las delicias de su bondad. De esta manera el alma bienaventurada, según expresión enérgica de San Pablo,  quedará lleno de toda la plenitud de Dios: Para que seáis llenos de la plenitud d Dios (Ef. 3,19); plenitud de poder, plenitud de sabiduría y plenitud de bondad, por medio de las cuales, el entendimiento creado, revestido de la energía del increado, engendrará en sí mismo un verbo inefable, una palabra interior, que será como el eco del Verbo y de la Palabra increadas, reposando uno en otro con una complacencia semejante al amor increado; es decir, que las potencias del alma se corresponderán entre sí en cierto modo con las relaciones inefables que median perennemente entre las Persona Divinas, y el misterio de la Santísima Trinidad que obra eternamente en los abismos de la naturaleza infinita, se repite y reproduce sin cesar en la naturaleza finita por semejanza mediante una operación permanente y continua.

Así que el alma bienaventurada no es ya una imagen muerta de los caracteres divinos, sino un retrato vivo, una copia, poderosa con su poder, sabia con su sabiduría, amorosa con su amor, viva con su vida, resplandeciente con su esplendidez, bella con su hermosura, grande con su grandeza, gloriosa con su gloria y feliz con su propia felicidad. Tal es la perfecta semejanza del alma bienaventurada con Dios.

Paz celestial.

Asimilarse a Dios de una manera tan íntima y perfecta,  no es otra cosa que poseerlo como se está poseído por  Él; de manera que el misterio de la gloria se compendia en el pasaje del Canta de los Cantares donde la Esposa dice a su divino Esposo: Conforme yo soy toda de mi amado, mi amado es todo mío (Cant. 2, 16). Dios, como sumo bien, contiene en sí todos los bienes; luego comunicando al alma todo su ser, le comunica su misma, luz, su misma vida, y en una palabra, la hace dueña d todos los bienes que de Él proceden. Pero, ¿cuáles son estos bienes? No acertaríamos a explicarlos ni se podrían comprender, nos limitamos a exponer dos de ellos, la paz celestial y el gozo, de los que se hace frecuente mención en las Sagradas Escrituras, y de los que en cierto modo podemos formarnos una idea.

Uno de los mayores bienes que en esta vida miserable disfruta el alma en gracia es la Paz de Dios, es decir, aquel descanso interior de afectos, aquella calma del corazón, tan agradable, blanda e inefable, que en expresión de San Pablo, y según lo acredita la experiencia, excede a los placeres más vivos e intensos, haciendo tener por vil todo deleite sensual y todo placer mundano: Y la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, guarde vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús (Col. 4, 7). Y no son sólo las almas santificadas y perfectas, sino aun los pecadores, después de haber sinceramente confesado sus pecados, las que participan de esta paz divina; de suerte que las lágrimas arrancadas por la sincera contrición de un corazón humillado a los pies de Jesús crucificado, son mucho más dulces y exquisitas que todos los placeres del mundo.

Esta Paz que el alma justificada disfruta, tan santa, tan pura, tan sabrosa y exquisita que el alma siente en la tierra, es apenas el comienzo y la muestra de  aquella inefable apacibilidad que la asimilación y la posesión de Dios dejan experimentar en el Cielo, siendo la participación de la apacibilidad y tranquilidad infinitas que goza la misma naturaleza infinita. Apenas el alma escogida cruce el umbral de la mansión celeste, sentirá precipitarse a su seno, desde el trono de Dios a quien contemplará y poseerá y en quien será transformada, torrentes de paz, experimentando un reposo, una calma tan nueva, dulce y perfecta, que sólo por ella se llamará mil veces bienaventurada; pues la verdadera bienaventuranza consiste en la tranquilidad de los afectos. Y el alma arrebatada y fuera de sí por una delicia infinita, exclamará: Dichosa yo, pues veo en mí cumplida la amorosa promesa de Dios de hacerme un día poseer las bellezas de la paz en esta región de la santa confianza, y situarme  en el seno de un rico y abundante esposo.la Iglesia cuando me dio el último adiós, en el momento de abandonar la tierra, sólo pedía al Cielo que me diese reposo y paz: Requiem aeterna dona ei, Domine; requiescat in pace. Estos dulces anuncios de nuestra Madre la Iglesia se verán cumplidas en esta dichosa morada.

¡Oh reposo del alma!, ¡oh paz santa, paz sólida, paz sincera y perfecta, que el mundo busca sin encontrarla y promete sin conocerla; el alma la encontrará por fin! Quedan desterradas las tristezas secretas, los recuerdos importunos, las reflexiones molestas, los temores angustiosos y los remordimientos punzantes, que en el mundo hacen infelices a los hombres. ¡Qué silencio tan grande de las pasiones, qué calma de los deseos y qué reposo de los afectos experimenta el alma en ese instante. Sin remordimiento del pasado, sin angustias del presente, sin cuidados de lo porvenir; el corazón no gusta ya más quela Paz del Señor. Es verdad que aunque en la tierra, estando en gracia de Dios, el alma sentía las delicias del reposo y la paz de Dios, pero este reposo no carecía de inquietudes, y no dejaba de tener contradicciones. ¡Cuántas privaciones, luchas y sacrificios hay que pasar para ser fiel, estando siempre en guerra con el cuerpo y el propio corazón! Pero esto ya pasó, el  hombre viejo quedó en el sepulcro; por primera vez el alma siente en ella la paz y la justicia, el gusto y la virtud; sin necesidad de vigilar continuamente sobre sus pensamientos, deseos y afectos, ni de espiarse, celarse, examinarse, contradecirse y condenarse a mí misma. Sin temor alguno podrá satisfacer sus deseos, que serán siempre honestos, sus pensamientos, que serán siempre santos, y sus afectos, que serán siempre puros; podrá seguir su voluntad, sin contradecirse en nada, y abandonarse absolutamente en sí misma, sin temor alguno de caer ni tropezar. Podrá dejarse llevar ciegamente por los impulsos de su corazón, seguro de que seguirán invariablemente los caminos santos y perfectos; pues su corazón transformado no tiene más ley, ni más inclinación, ni más tendencia que el amor de Dios que hacia Él lo arrastra.

Podrá decir el alma: Heme aquí en paz después de tantas luchas, heme aquí en reposo después de tantos trabajos, heme aquí finalmente en el puerto después de tantas tempestades. Ya respiro, ya no tiemblo por el riesgo de ofender a Dios y perderlo para siempre. Mis horas son tranquilas, mis días serenos; la virtud sin obstáculos, la gracia sin esfuerzos y la felicidad sin remordimientos. ¡Oh reino inalterable de la inocencia y de la gracia, ya nunca más faltará! ¡Reposo del corazón, paz del alma! ¡Deja, Señor, que perfectamente tranquila y alegre me recline en tu seno para gozar de tu belleza encantadora!

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.