ADELANTE LA FE

La semejanza con Dios en el Cielo (III)

A la paz que se disfruta en el Cielo va unido el gozo.

A la dulcísima e inagotable paz del alma bienaventurada, se une el gozo, efecto de la presencia de Dios en el alma y de la transformación del alma en Dios; pues de la misma forma que la separación que la separación  de Dios hace experimentar al réprobo en el infierno un dolor agudísimo e incomprensible, se igual manera la unión, asimilación y transformación en Dios, hace experimentar al elegido una dicha, una felicidad y un gozo inmenso también incomprensible.

Veamos por analogía lo que sucede en aquellas almas heróicas que cerrándose al mundo sensible con todo lo que contiene y empezando por medio de un amor ferviente a adquirir dichosa semejanza, admirable efecto de la gracia, que las hace vivir en Dios y con Dios, comienzan a experimentar por anticipado la felicidad del Cielo. La voz del Amado resuena con suavísimo acento en los oídos de su corazón, el cual responde con ardientes suspiros, con tiernos afectos, con vivos transportes, con plácidos cánticos y con quejas amorosas sobre la prolongación de su destierro. Siente entonces, el alma, en lo profundo de su espíritu una agitación repentina que en honda conmoción la desprende, la eleva sobre sí mismo, la apasiona, enciende e inflama, y como  fuera de sí, desea precipitarse en el seno de Dios, que se le muestra a lo lejos atrayéndola con las cadenas del más tierno amor.

Todos los sentidos pierden su natural gravedad, oponiendo apenas una ligera resistencia a los ímpetus del  espíritu; de aquí los dulces coloquios, los prolongados éxtasis, los raptos sublimes, las elevaciones y la fuerte operación de las potencias de Dios, que quitan al alma hasta el conocimiento de sí misma; y mientras la imaginación absorta se fija, y la mente arrebatada contempla, es tal la abundancia de consuelos, de dulzura celestial y de suavidad misteriosa que inunda el espíritu, que ya no distingue esta alma afortunada si se halla en el Cielo o en la tierra, en el cuerpo o fuera de él, hasta el punto que siendo incapaces de sufrir el exceso de tanto gozo, se ven obligadas a exclamar, como un San Francisco Javier o una Santa Teresa de Jesús, Basta, Señor, basta ya de  delicias.

Si tales son los consuelos, y tal el gozo que el amor imperfecto del sumo bien algunas veces hace experimentar en este destierro, ¡cuáles serán los que el mismo amor perfecto haga experimentar en la patria suspirada! Si la divina bondad trata de esta suerte  a las almas en la tierra, ¿de qué manera recompensará a las almas en el Cielo? Ya que estas chispas de las dulzuras celestiales que alguna vez se desprenden de los collados eternos sobre las almas amantes bastan para hacerlas felices en medio de las privaciones más austeras y de los más acerbos tormentos, ¿qué sensación de gozo íntimo y espiritual no habrán de excitar en ellas los torrentes de estas mismas delicias, que manan en el Cielo de la fuente de los eternos deleites para llenar el alma e inundarla y embriagarla?

Es imposible comprender en la tierra la felicidad del Cielo como lo es comprender a Dios.

Solamente el Espíritu Santo, espíritu de sabiduría y de luz que el Padre de la gloria envía de vez en cuando a la tierra, puede, según San Pablo, dar alguna idea de la riqueza, de la gloria, de la profusión del gozo reservado como herencia en el Cielo, a los elegidos: Para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo y Padre de la gloria os conceda espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Él (Ef. 1, 17). Únicamente las almas que aman a Dios tienen alguna idea de la felicidad de poseerlo, y el lenguaje celeste sólo es accesible en cierto modo a los corazones inflamados por la divina caridad; pero comprender perfectamente la felicidad  del Cielo es cosa imposible al que no goza, como es imposible comprender a Dios que es quien forma y constituye esa felicidad con la visión de su belleza, con la semejanza de su naturaleza, y con la íntegra posesión de su ser y de todos sus bienes. Para tener una pálida idea consideremos semejante gozo siguiendo las cualidades que de él nos reveló Jesucristo, autor y consumador del mismo gozo.

Nos dice en primer lugar que le gozo en el Cielo es pleno y perfecto: Esto os lo digo para que yo me goce en vosotros y vuestro gozo sea cumplido (Jn. 15, 11); expresión sencilla, pero cuya extensión y profundidad no hay entendimiento humano que pueda comprenderlas, pues gozo pleno significa posesión entera, perfecta y simultánea de todos los deleites, de todos los placeres, de todas las delicias y de todos los bienes que el alma puede apetecer. Nuestro corazón es  inmenso en sus deseos, y ningún bien finito le satisface; sólo en el Cielo, poseyendo a aquel que todo lo posee, conteniendo a aquel que todo lo contiene, y lleno de aquel que todo lo llenará, goza de una felicidad sin tasa, superior a su propio afán, y por consiguiente más plena y perfecta de lo que pudiera desear.

En qué consiste la plenitud del gozo celestial.

Esta plenitud del gozo celeste difiere de la plenitud de los terrenos, en que estos causan hastío, al paso de aquel, que por un misterio singular satisface todos los deseos del alma bienaventurada, excitando cada vez más su actividad y ardor. ¡Qué gozo tan nuevo siento dirá, el alma venturosa!, a la par de poseer cuanto anhela y no cesar de desear cuanto posee. Aunque completamente satisfecha de la gloria y de la felicidad de Dios, que es suyo, cuánto más se goza y recrea en Él, mayor es el hambre y sed de gozarle y recrearse otra vez, y cuanto más satisfechas quedan esta hambre y sed, mayores se hacen y más crecen en ella. El gozo es siempre perfecto y siempre distinto, siempre antiguo y siempre nuevo; por instantes experimenta el alma nuevos misterios que se le revelan, nuevas perfecciones que se le descubren, nuevas bellezas que le embelesan, nuevas gracias que le enamoran, nuevos encantos que le arrebatan y nuevas dulzuras que le embriagan; de manera que el corazón del alma bienaventurada siempre queda satisfecho y siempre se siente feliz cuando busca, halla desea y posee.

La segunda cualidad el gozo celeste revelada por Jesucristo, es que su medida consiste en no tener medida. Corre con tal ímpetu y en tanta abundancia el torrente de deleites, que el  corazón es incapaz de abarcarlos en plenitud. En primer lugar inunda el espíritu, introduciéndose en todas sus potencias, en los lugares más secretos, en sus fibras más sutiles, a la manera que el agua penetra las partes más íntimas de una esponja empapada en ella. Seguidamente engendra en él un sentimiento exquisito de delicia y contento tal, que no puede decir que sienta gozo, sino que es el mismo gozo, viviente y personificado. Por último hace rebosar este gozo a su exterior, le viste de él, le ciñe, cubre e inunda. Por esta razón el mismo Jesucristo dice en el Evangelio, que después de penetrar el gozo pleno del Señor en el corazón del elegido: Para que sea cumplido vuestro gozo (Jn. 16, 24), el  mismo elegido entra en el gozo del Señor: Entra en el gozo de tu Señor (Mt. 25, 21). El corazón sin duda alguna es el centro del gozo, porque es el que lo apetece, desea y recibe, pero después de recibirlo es rodeado por él: el continente se convierte en contenido, y mientras el gozo está en el corazón, el corazón está en el gozo. Éste entra en el corazón como un torrente, y aquel se sumerge en este como un mar de inmensa delicias, permaneciendo allí como náufrago, abandonado y perdido: Entra en el gozo de tu Señor.

La tercera y más importante cualidad el gozo del Cielo, es que después de haber el alma entrado en posesión de él, no puede perderlo ni por nada puede ser arrebatado: Nadie será capaz de quitaros vuestra alegría (Jn. 16, 22); pues aunque sea inmensa la felicidad del Cielo, dejaría de serlo verdadera a no ser imprescriptible, eterna e inmortal. La sola idea, aunque fuese remota, de que esta felicidad pudiese acabar algún día, haría más infelices a los santos que el placer de su goce los hace felices. Así mientras la felicidad en la tierra es un estado anormal, una eventualidad pasajera, una variación furtiva, que por breces instantes suspende la monotonía de los disgustos y amarguras de la vida, en el Cielo es una situación inalterable, un estado propio, permanente y eterno, y por lo mismo perfectísimo.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.