ADELANTE LA FE

La semejanza con Dios en el Cielo

I

Porque somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos al Salvador y Señor Jesucristo que reformará el cuerpo de nuestra vileza conforme a su cuerpo glorioso, en virtud del poder que tiene para someter a si todas las cosas. Flp. 3, 20-21.

Queridos hermanos, el hombre creado por Dios no puede ser perfecto sino en Dios, y como la perfección es el estado natural y el fin a que todos  los seres aspiran, por eso el hombre tiene una inclinación innata a unirse a Dios e identificarse con Él. De aquí resulta que cuando el demonio persuadió al  primer hombre hacerse semejante a Dios, no le propuso un sacrilegio, ni una acción  absurda; antes bien, hábil y astuto, leyendo en su corazón, y conociendo su inclinación natural de desear semejarse a Dios, le brindó la ocasión de satisfacerla.  En lo que el demonio engañó a Adán fue en representarle la semejanza con Dios como feliz consecuencia de su apostasía, su desobediencia,  siendo que tal semejanza sólo puede ser el premio de su fidelidad; engañándole además al persuadirle que podría buscar tal semejanza en la tierra, cuando sólo en el Cielo cabe esperar tal semejanza.

La asimilación a Dios, que vanamente buscó el hombre en esta vida, se encuentra realmente en la otra, según lo expresa San Juan; y las palabras Seréis cono Dios, que en el Paraíso terrenal fueron blasfemia y mentira, en el Paraíso celestial serán verdad y prerrogativa: Sabemos que cuando aparezca, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es (1 Jn. 3, 2). Añade San Pablo (Flp. 3) que Jesucristo allí hará realmente con nosotros lo que el demonio sólo falazmente podía prometernos; por su misericordia nos dará aquello a que sacrílegamente habíamos aspirado por la culpa; nos restituirá lo que el pecado nos quitó; reformará nuestras miseria según el modelo su grandeza; y como verdadero Salvador nuestro, consumará la perfecta rehabilitación del  hombre, haciéndonos imágenes viviente de su Persona, consumando por medio de su gloria lo que en la tierra ha empezado por medio de su Gracia.

Jesucristo transformará nuestro cuerpo conforme al suyo glorioso.

En el Cielo reinaremos con Jesucristo, y participaremos de su felicidad, conforme lo somos en la tierra de sus penas: Porque así como abundan en nosotros los padecimientos de Cristo, así por Cristo abuna nuestra consolación (2 Co. 1, 5). El propio Jesucristo ha dicho: Al que venciere le haré sentarse conmigo en mi trono, así como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono (Ap. 3, 21); y dijo a los Apóstoles: Y yo dispongo del reino a favor vuestro, como mi Padre ha dispuesto en él a favor mío, para que comáis y bebáis en mi mesa en mi reino (Lc. 22, 29-30). Esto, que bastaría a nuestra felicidad, no basta sin embargo a su amor: no sólo quiere admitirnos en el Cielo al goce de los bienes de su mismo reino, sino también a la participación de la gloria y prerrogativas de su misma Persona. San Pablo lo ha dicho: Estáis muertos, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, vuestra vida, entonces también os manifestaréis gloriosos con Él (Col. 3, 3-4).

Tal inefable vida, por la cual vendremos a ser semejantes a  Él y viviremos de Él, empezará a realizarse por nuestro cuerpo, según San Pablo, el Salvador lo hará glorioso como el  suyo: que reformará el cuerpo de nuestra vileza conforme a su cuerpo glorioso (Flp. 3); se cumplirá así la profecía de David, de que nuestros huesos, humillados y abatidos en la tierra, se recrearán en nosotros en los Cielos a la vista del Señor: Dame a sentir el gozo y las alegría, y saltarán de gozo los huesos que humillaste (Sal. 50,10). Sigue diciendo San Pablo: este cuerpo, después de dejar en el sepulcro cuanto tiene de miserable y caduco, y de despojarse por medio de su nueva creación de todas las deformidades e imperfecciones de su creación antigua: será una nueva criatura. Que ni la circuncisión es nada ni el sepulcro, sino la nueva criatura (Gal. 6, 15), y surgirá en la verdadera edad del hombre perfecto, con el hermoso cuerpo y semblante majestuoso de Jesucristo: Cual varones perfectos, a la medida de la plenitud de Cristo (Gal. 4, 13).

No pensemos que nos desprenderemos de nuestro cuerpo actual para revestirnos de otro, sino que sufriremos una verdadera transfiguración, semejante a la de Jesucristo, por la que conservando, como Él, la identidad de nuestra carne, lograremos participar de todos los privilegios de la suya. Nuestra carne sujeta a la muerte, espiritualizada en Jesucristo, adquirirá las cuatro características de la gloria: sutileza, ligereza, claridad e impasibilidad; haciéndose incorruptible con la incorruptibilidad misma, hermosa con la misma hermosura, luminosa con la misma luz, gloriosa con la misma gloria, e inmortal con la misma inmortalidad de la carne glorificada de Jesucristo. Y esta felicísima semejanza, no solamente la tendremos con la santa humanidad de Jesucristo, sino también con su divinidad, de la que prometió hacernos partícipes: Yo les he dado la gloria que tú me diste (Jn. 17, 22); y siendo semejantes a Jesucristo, seremos también semejantes a Dios, cuya semejanza, según dice San Juan, será una clara consecuencia da la visión de Dios: Ahora somos hijos de Dios, aunque aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que cuando aparezca, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es (1 Jn. 3, 2). Así como el espejo, colocado delante de un objeto cualquiera, reproduce su imagen, también nosotros, cuando, purificados por la gracia y embellecidos e iluminados  por la gloria, nos veamos colocados delante de Dios cual espejos para contemplarlo en toda su majestad, por la virtud de su divino espíritu copiaremos en nosotros aquel gran Ser, haciéndonos imagen clara y prefecta de Él: Todos nosotros a cara descubierta contemplaremos la gloria del Señor como en un espejo y nos transformamos en la misma imagen, de gloria en gloria, a medida que obra en nosotros el Espíritu del Señor (2 Co. 3, 18). Aunque no sabemos cómo sucederá esto, sabemos ciertamente que ocurrirá; la imagen de Dios, sin dividirse ni alterarse, se reproduce entera y perfectamente en el entendimiento de los bienaventurados que en el Cielo la están contemplando.

La semejanza con Dios no sólo será de conocimiento sino de afecto.

La semejanza entre el bienaventurado y Dios no sólo es de conocimiento, sino de afecto. Dios en el Cielo está todo en todos; se comunica y reproduce, no sólo en la mente, sino en el corazón de todos, y a todos abarca en su amor; de manera que la dicha de conocer claramente a Dios les engendra a los bienaventurados  el deseo de amarlo. ¿Es posible ver y no querer una belleza infinita, que se presenta en toda la magnificencia de sus atributos y  gracias, de sus perfecciones y de sus encantos?

La visión beatífica no es una visión abstracta, sin interés ni sentimiento, sino una profunda actuación del entendimiento, unida a una adhesión perfecta del corazón, por la que el alma, con todas sus potencias, todos sus afectos, con todo su deseo y con todo el ímpetu y vehemencia de que es capaz, se fija en aquella belleza infinita que la atrae a sí. Y esas llamas de amor divino, mutuamente transmitidas entre Dios y el alma bienaventurada, con un flujo y reflujo permanente, con una eterna circulación, realizan  aquel misterio por medio del cual recibiendo el espíritu y devolviendo a Dios un mismo amor, unido a Él de la manera más íntima y perfecta, resulta estar Dios todo en el espíritu, y el espíritu todo en Dios;  pues así como el objeto conocido se contiene en el que conoce, así el objeto amado, por la condición del amor, se copia y se contiene en el amante. Es por tanto imposible que el corazón lleno de Dios, envuelto en las llamas de la infinita caridad de Dios, no imprima en sí la semejanza de Dios. El que se le une en caridad, dice San Pablo, se hace un mismo espíritu y una misma cosa con Él: Porque el que se allega al Señor se hace un espíritu con Él (1 Co. 6, 17); y de la misma manera que el hierro puesto al fuego toma su claridad, color y naturaleza, de tal suerte que no se distingue de él, asimismo el bienaventurado, sumido en la hoguera del amor infinito del amor de Dios, toma la forma de este amor y se hace semejante a Dios.

La participación en el Cielo no es imperfecta como en la tierra.

Ya no existirán las miserias y fragilidades de nuestra naturaleza, que serán absorbidas, destruidas y convertidas en propiedades divinas por el fuego del infinito amor, y no sólo el hierro queda convertido en el fuego, sino el barro transfigurado en Dios. ¿Qué tiene esto de extraño? Cuando la claridad divina, infundida con limitación y mesura en el corazón de los hombres en estado de gracia les hace, como dice San Pedro, partícipes de la divina naturaleza: Y así nos hizo mercede de preciosas y ricas promesas para hacernos así partícipes  de la divina naturaleza (2 Pe. 1, 4), ¿cuánto más íntima y perfecta no ha de ser esta participación para el hombre en el estado de gloria, donde la claridad divina no sólo está infusa en su corazón, sino que le envuelve, rodea, penetra y llena todo? No se verifica en el Cielo, como en la tierra, un participación imperfecta ni una unión lejana, sino una elevación inefable de la propia naturaleza humana, y una verdadera transformación del hombre en Dios. He aquí como el Salmo 81,1 nos presenta a Dios en el Cielo como sentado en una magnífica y augusta asamblea de dioses: Está Dios en el consejo divino, en medio de los dioses juzga; pues allí los bienaventurados por una inmensa infusión del amor de Dios sobre ellos son otros tantos hijos verdaderos del Altísimo, que copian su naturaleza y parecen otros tantos dioses.

Allí están abolidas todas las diferencias y destruidas todas las distinciones, no quedando otra obra que la de Creador y criatura, pero criatura elevada por el Creador, mediante una asimilación perfecta con Él, a ser por gracia lo que Él por naturaleza, pues recibiéndola en su seno, su espíritu la anima, su sustancia la mantiene, su ser la sustenta y su divinidad la deifica sin destruirla; dándole forma nueva sin quitarle su naturaleza, y haciéndola semejante a sí por participación, sin que deje de ser criatura por esencia.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.