ADELANTE LA FE

Las aflicciones de la vida

¿Busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿Acaso busco agradar a los hombres? Si aun buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Dios. Gal. 1, 10.

Queridos hermanos, hemos de considerar que los trabajos y miserias de esta vida no son puramente castigos, como algunos pudieran pensar; este destierro que vivimos lejos de la verdadera patria celestial es realmente una lucha,  un combate: He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he conservado la fe (1 Tim. 4, 7). Hemos de convertir nuestra vida en una carrera gloriosa de tal forma  que, con el ejemplo de Nuestro  Señor Jesucristo y con la dignidad de su Persona, aquel que más padece y mejor padece, es el que consigue la mejor corona, como la consiguió San Pablo.

Consideremos nuestras aflicciones, no siempre consecuencia de la divina justicia, como remedios específicos de un hábil y experimentado médico, y pruebas particulares del tierno amor con que nos mira el mejor de todos los padres. ¿Cuál fue el delito del inocente Abel? ¿Qué delito había cometido José contra sus hermanos que intentaron matarle? En medio de eso uno y otro son afligidos, odiados y perseguidos. ¿Quién fue nunca más amado del Padre celestial que el Hijo de Dios? En Él tenía el Padre eterno todas sus complacencias: Este es  mi hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias (Mt. 3, 17). Sin embargo, las aflicciones fueron como herencia de este querido Hijo. Algunos dirán que el Señor cargó con todos nuestros pecados, pero si el Hijo no tomó otro camino para entrar en la gloria, ¿habrá, acaso, otro camino placentero y fácil para los siervos rebeldes y culpables? No debemos recibir los trabajos que nos envía la divina Providencia como materia de dolor y sufrimiento, sino de gozo.

El verdadero católico debería afligirse  cuando se ve colmado de honras y de prosperidades del mundo, por lo que le desvía de la semejanza con Jesucristo, siendo así que toda la dicha del fiel es ser semejante al Señor. Por esta razón decía San Pablo que hallaba un exquisito gusto en los trabajos, pues nunca discurrieron los santos de otra manera, y este era su lenguaje. La adversidades de esta vida traen consigo cierto carácter de predestinación, Tomas de Kempis, en una de sus obras, llama a la vida del cristiana camino real del Cielo (Viator Christianus Reta ac regia in caelum tendens).

No hay cosa más eficaz, y mejor momento, que la tribulación para convertir al pecador, y para perfeccionar al justo en el camino de la perfección, para conservarle en la justicia, para preservarle de la tibieza y para fortalecerle. Es una realidad: la prosperidad hace delicada al alma, y la sujeta a los sentidos y a los deseos concupiscentes; ninguna cosa fomenta tanto las pasiones como la prosperidad y la abundancia, que a su vez debilitan la virtud. Aquella desgracia que el Señor te envió ha servido para que seas más humilde ante Dios. El desasimiento que tienes de los bienes, ¿no se debe, a caso, a la Providencia de Dios que permitió que los perdieras? La paciencia que ahora tienes, ¿no se debe a las enfermedades que has sufrido y te han distanciado de las cosas del mundo? Y si el orgullo, la concupiscencia, el amor propio todavía levantan la cabeza en medio de tus aflicciones, ¿qué sería si todo saliese a medida de tu gusto?

En la cruz se encuentra la vida, la salvación, la protección de Dios, la fuerza del alma, el compendio y práctica de las virtudes con la perfección de la santidad. Hemos de considerar los trabajos como el tesoro del Evangelio, el tesoro escondido que pocos hallan, que pocos se aprovechan de él, porque pocos saben lo que vale. Muchas riquezas encierran en sí las aflicciones, las adversidades deben ser para nosotros un copioso manantial de consuelos; y por lo general son ocasión de quejas y sentimientos. Deberían fortificarnos y alegrarnos; y por los común nos afligen, nos desalientan y nos abaten. Dame a sentir el gozo y la alegría, y saltarán de gozo los huesos que humillaste (Sal. 51, 10). No pensamos en el Cielo cuando todo nos sonríe en la tierra; pero cuando el suelo que pisamos produce espinas y abrojos, cuando se habita en una región donde sólo se experimentan tempestades, cuando el cielo nunca descubre la luz del sol, cuando siempre se come pan mezclado con lágrimas, entonces se cuentan los días que faltan, y se suspira por aquella dichosa hora en se ha de salir de aquella región de trabajos y amarguras. Es una gran ceguedad no conocer el valor de las adversidades.

Bienaventurados los que lloran, dice el Salvador, porque el consuelo que se seguirá a sus lágrimas los compensará con ventajas de todo lo que padecen. Y no espera Dios a la otra vida para consolarlos. En el calabozo estaba San Pedro, ¿quién no se compadecería de sus cadenas? Dormía Pedro en la prisión, pero Dios nunca duerme en las aflicciones de los que le aman; no olvida a su Apóstol en sus trabajos; se le caen de las manos las cadenas, y las puertas se abren por sí mismas; sale sereno y seguro sin el menor impedimento por medio de los centinelas.

Cuántos imprevistos socorros, cuántos secretos recursos de una Providencia todo poderosa se experimentarían si los hombres supieran aprovecharse de las aflicciones que les afligen en esta vida; si en vez de aquellas enfadosas inquietudes, de aquellos ímpetus de impaciencia, de aquel mal humor, se besara humildemente la benéfica mano que se agrava sobre nosotros, y se bendijera a Dios que nos aflige.

Las adversidades, las pesadumbres y los disgustos nacen en todos los estados, en todas las condiciones y en todas las edades. Los más dichosos no son los que carecen de penalidades, sino los que mejor saben aprovecharse de ellas. No esperemos a vivir sin tener que padecer; aprovechemos el padecimiento como cristianos. Salió mal aquel negocio, perdiste el juicio, has pedido a un ser querido, di con el santo Job: El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. ¡Sea bendito el nombre del Señor! (Job. 1, 21).

¡Cuánto hay que padecer en las familias! El humor extravagante y violento de un marido; el genio altanero, indócil, caprichoso de una mujer altiva; las malas inclinaciones de los hijos; la malicia de los envidiosos; una desgracia en los negocios, una enfermedad, un achaque habitual, etc., todas las cruces son bien pesadas, es verdad; pero son cruces; ¿y por qué malograrlas no recibiéndolas como tales? A este duro ejerció de paciencia ha unido Dios tu perfección, y acaso tu salvación. ¿Por qué te inquietas? Esta cruz que quieres sacudir de ti es la que Dios ha destinado para ti. No reputes las aflicciones como desgracias, míralas con los ojos de la fe, y las valorarás en su estima. Son manantial perenne de gracias que facilitan la salvación; qué bien medio para hacerlas saludables y  dulces dar de cuando en cuando gracias a Dios.

Si poco hemos valorado las aflicciones en esta vida, a partir de ahora aprovechémonos más de este tesoro escondido.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.