(Sac 3.3)

El efecto principal del sacramento de la Confirmación es la efusión especial del Espíritu Santo, como fue concedida en otro tiempo a los Apóstoles el día de Pentecostés.

Por este hecho, la Confirmación confiere crecimiento y profundidad a la gracia bautismal:

  • Nos introduce más profundamente en la filiación divina que nos hace decir “Abbá, Padre” (Rom 8:15).
  • Nos une más firmemente a Cristo.
  • Aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo.
  • Hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia.
  • Nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás vergüenza de la cruz (DS 1319)

Como nos dice San Ambrosio:

“Recuerda, pues, que has recibido el signo espiritual, el Espíritu de sabiduría e inteligencia, el Espíritu de consejo y de fortaleza, el Espíritu de conocimiento y de piedad, el Espíritu de temor santo, y guarda lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado con su signo, Cristo Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón la prenda del Espíritu”.[1]

La gracia sacramental de la Confirmación modela el alma, para que sea imagen más perfecta de Cristo, y da también la capacidad necesaria para que el cristiano pueda cumplir las nuevas obligaciones adquiridas. Con ella, alcanza “mayoría espiritual”.[2]

Así, la gracia de la Confirmación es, ante todo, una plenitud de vida interior y de santificación personal, cuyos efectos se verán en una serie de frutos producidos por el Espíritu Santo en el alma del confirmando. En otras palabras, esta gracia sacramental hace posible que la acción santificadora del Espíritu divino pueda hacerse más y más intensa en nuestra alma, y nos capacite para realizar nuestras acciones como si se tratara de las mismas acciones de Cristo. Los dones que derrama entonces el Espíritu Santo nos permiten recibir continuamente los impulsos y directrices de Dios para vivir ya en la tierra, aun en medio de las acciones más ordinarias y aparentemente intrascendentes, de una manera verdaderamente divina.

El carácter sacramental

La Confirmación, como el Bautismo del que es la plenitud, sólo se da una vez. La Confirmación, en efecto, imprime en el alma una marca espiritual indeleble, el “carácter” (DS 1609), que es el signo de que Jesucristo ha marcado al cristiano con el sello de su Espíritu revistiéndolo de la fuerza de lo alto para que sea su testigo (Lc 24: 48-49).

El carácter sacramental propio de la Confirmación es una señal inconfundible e indeleble, que el Espíritu Santo deja en el alma, y obra a modo de potestad espiritual, que refuerza la configuración con Cristo sacerdote –ya iniciada en el Bautismo-, capacitando a quien lo recibe para ejercer ciertas funciones sagradas. De tal modo que, si por el Bautismo nos incorporamos a Él, como hijos regenerados del Padre; en la Confirmación se imprime el carácter que nos configura a Cristo, como soldados del Rey; y aquellos que reciban el sacramento del Orden, como ministros del Sumo Sacerdote.[3]

El “carácter” perfecciona el sacerdocio común de los fieles, recibido en el Bautismo, y “el confirmado recibe el poder para confesar la fe en Cristo públicamente, y como en virtud de un cargo (quasi ex officio)”.[4]

Los dones del Espíritu Santo:

Los dones del Espíritu Santo son ciertos hábitos sobrenaturales infundidos por Dios en las potencias del alma para recibir y secundar con facilidad las mociones del Espíritu Santo.

Por estos dones, el hombre se connaturaliza con los actos a que es movido por el Espíritu, en orden a la realización de actos sobrenaturales según un modo sobrenatural o divino.

Son movidos por el Espíritu Santo como instrumentos directos suyos. Obedecen a una moción especialísima del Espíritu, que los mueve y actúa al modo divino o sobrehumano. Bajo la moción especial de los dones, el hombre pasa a ser causa instrumental del acto, correspondiendo la causalidad principal al propio Espíritu Santo.

Los dones sólo actúan cuando el Espíritu Santo quiere moverlos y confieren al alma la facilidad para dejarse mover, de manera consciente y libre, por el Espíritu Santo. Estos dones vienen en ayuda de las virtudes infusas para que éstas puedan alcanzar su perfección.

La finalidad de los dones del Espíritu Santo

Se dan como ayuda para salir airosos en los casos repentinos e imprevistos en los que el pecado o el heroísmo es cuestión de un instante (por ejemplo, ante una tentación repentina y violentísima en la que la victoria o la derrota es cuestión de un segundo). En estos casos, el alma no puede echar mano del discurso lento de las virtudes infusas en su modalidad ordinaria o humana, sino que necesita la moción divina de los dones que actúa de una manera intuitiva e instantánea.

Son absolutamente indispensables para la perfección cristiana. Sin la moción divina de los dones, las virtudes infusas no pueden desarrollar todas sus energías ni, por lo mismo, elevar el alma a la santidad.

La diferencia entre las virtudes teologales y los dones reside en el hecho de que, las virtudes teologales son más perfectas que los dones, como enseña Santo Tomás[5]; pero manejadas por el propio hombre en su modo humano no pueden desarrollar toda su enorme virtualidad divina, necesitando para ello la modalidad sobrehumana de los dones.

Enumeración de cada don del Espíritu Santo

En el texto hebreo del profeta Isaías (Is 11: 2-3) aparecen nombrados seis dones del Espíritu, faltando el don de piedad. En cambio, en la traducción de la Vulgata ya aparecen nombrados los siete dones. San Pablo, en la Carta a los Romanos, incluye la piedad como uno de los dones del Espíritu Santo (Rom 8: 14-16).

Cada vez que recibimos un sacramento se produce en nuestro interior un cambio radical, pues a través de ellos recibimos la gracia santificante y los dones del Espíritu Santo. Cambios que acontecen en lo más profundo de nuestra alma, no de nuestros sentimientos.

Éstos son: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.

1.- Don de sabiduría

Es el primero y mayor de los siete dones.

Nos da gusto para lo espiritual, capacidad de juzgar según la medida de Dios.  Es una participación especial en ese conocimiento misterioso y sumo que es propio de Dios… Esta sabiduría superior es la raíz de un conocimiento nuevo, un conocimiento impregnado por la caridad, gracias al cual el alma adquiere familiaridad, por así decirlo, con las cosas divinas y se saborea en ellas. El verdadero sabio no es simplemente el que sabe las cosas de Dios, sino el que las experimenta y las vive.

Además, el conocimiento sapiencial nos da una capacidad especial para juzgar las cosas humanas a la luz de Dios.  Iluminado por este don, el cristiano sabe ver interiormente las realidades del mundo: nadie mejor que él es capaz de apreciar los valores auténticos de la creación, mirándolos con los mismos ojos de Dios.

2.- El don de entendimiento

Es un don que nos capacita para “entender” las verdades de la fe de acuerdo con nuestras necesidades. Nos ayuda a comprender la Palabra de Dios y profundizar en las verdades reveladas.

Esta luz del Espíritu, al mismo tiempo que agudiza la inteligencia de las cosas divinas, hace también más penetrante la mirada sobre las cosas humanas.

3.- El don de consejo

Nos mueve a elegir lo que nos puede ayudar para nuestra salvación y a rechazar lo que se opone a la misma. Ilumina también nuestra conciencia para saber tomar las opciones más adecuadas en nuestra vida diaria.

Actúa como un soplo nuevo en la conciencia, sugiriéndole lo que es lícito, lo que corresponde, lo que conviene más al alma.

Enriquece y perfecciona la virtud de la prudencia y guía al alma desde dentro, iluminándola sobre lo que debe hacer, especialmente cuando se trata de opciones importantes, o de un camino que recorrer entre dificultades y obstáculos.

4.- Fortaleza

Es una fuerza sobrenatural que sostiene la virtud cardinal de la fortaleza.

Este don nos da fuerzas para realizar valerosamente lo que Dios quiere de nosotros, y sobrellevar las contrariedades de la vida. Para resistir las instigaciones de las pasiones internas y las presiones del ambiente. Para superar la timidez y la agresividad.

5.- Ciencia

Nos da a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador. Nos ayuda a conocer lo que es bueno o malo para nuestra salvación.

Nos ayuda a descubrir el sentido teológico de lo creado, viendo las cosas como manifestaciones verdaderas y reales, aunque limitadas, de la verdad, de la belleza, del amor infinito que es Dios.

El hombre, iluminado por este don, descubre al mismo tiempo la infinita distancia que separa a las cosas del Creador, su intrínseca limitación, la insidia que pueden constituir, cuando, al pecar, hace de ellas mal uso. Es un descubrimiento que le lleva a advertir con pena su miseria y le empuja a volverse con mayor Ímpetu y confianza a Aquél que es el único que puede apagar plenamente la necesidad de infinito que le acosa.

6.- Piedad

Sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios como Padre y para con nuestros hermanos como hijos del mismo Padre. Nos ayuda a mantener una actitud íntima y de niño con Dios.

Con relación a los demás hombres, este don, extingue del corazón aquellos focos de tensión y de división como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón.

Es también el don de piedad quien eleva y perfecciona el verdadero patriotismo.

7.- Temor de Dios

Es el temor a ofenderle debido al amor que le tenemos y al miedo al castigo si le ofendemos.

Nos otorga un espíritu contrito ante Dios, conscientes de las culpas y del castigo divino, pero dentro de la fe en la misericordia divina. El alma se preocupa de no disgustar a Dios, amado como Padre; de no ofenderlo en nada, de “permanecer” y de crecer en la caridad.

Función específica de cada uno de los dones

La teología católica, siguiendo a Santo Tomás, ha precisado la función específica que corresponde a cada uno de los dones. Cada uno de ellos tiene por misión directa e inmediata la perfección de alguna de las virtudes fundamentales (teologales y cardinales), aunque indirecta y mediatamente repercute sobre todas las virtudes derivadas de la teologal o cardinal correspondiente y sobre todo el conjunto de la vida cristiana.

  • El don de sabiduría perfecciona la virtud de la caridad, dándole la modalidad divina que reclama y exige por su propia condición de virtud teologal perfectísima. Las almas que poseen de modo especial este don todo lo ven a través de Dios y todo lo juzgan por razones divinas, con sentido de eternidad, como si hubieran ya traspasado las fronteras del más allá. Han perdido por completo el instinto de lo humano y se mueven únicamente por cierto instinto sobrenatural y divino.
  • El don de entendimiento perfecciona la virtud de la fe, dándole una penetración profundísima de los grandes misterios sobrenaturales. La inhabitación trinitaria en el alma del justo, el misterio redentor del Calvario, nuestra incorporación a Cristo como miembros de su Cuerpo místico, la santidad inefable de María, el valor infinito de la santa Misa y otros misterios semejantes adquieren, bajo la iluminación del don de entendimiento, una fuerza y eficacia santificadora verdaderamente extraordinarias.
  • El don de consejo perfecciona la virtud de la prudencia, no sólo en las grandes determinaciones que marcan la orientación de toda una vida, sino hasta en los más pequeños detalles. Son a modo de “corazonadas”, cuyo acierto y oportunidad se encargan más tarde de descubrir los acontecimientos. Para el gobierno de nuestros propios actos y el recto desempeño de cargos directivos y de responsabilidad, el don de consejo es de un valor inestimable.
  • El don de fortaleza refuerza la virtud del mismo nombre, haciéndola llegar al heroísmo más perfecto en sus dos aspectos fundamentales: resistencia y aguante frente a toda clase de ataques y peligros y acometida firme del cumplimiento del deber, a pesar de todas las dificultades y obstáculos. El don de fortaleza brilla en la vida de los mártires, en los grandes héroes cristianos y también en la práctica callada y heroica de las virtudes de la vida ordinaria.
  • El don de ciencia perfecciona la virtud de la fe, enseñándola a juzgar rectamente de las cosas creadas, viendo en todas ellas la huella o vestigio de Dios. El mundo tiene por insensatez y locura lo que es sublime sabiduría ante Dios. Es la “ciencia de los santos”, que será siempre necia ante la increíble necedad del mundo (1 Cor 3:19). Las almas en las que el don de ciencia actúa intensamente tienen instintivamente el sentido de la fe. Sin haber estudiado teología se dan cuenta en el acto si una determinada doctrina, un consejo, una máxima cualquiera está de acuerdo con la fe o está en oposición a ella.
  • El don de piedad perfecciona la virtud de la justicia, una de cuyas virtudes derivadas es precisamente la piedad. Tiene por objeto excitar en la voluntad, por instinto del Espíritu Santo, un afecto filial hacia Dios considerado como Padre y un sentimiento de fraternidad para con todos los hombres en cuanto hermanos nuestros e hijos del mismo Padre. Es también el don de piedad quien eleva y perfecciona el verdadero patriotismo, en cuanto que la Patria es también objeto de la virtud de la piedad.
  • El don de temor perfecciona dos virtudes: primariamente la virtud de la esperanza, en cuanto que arranca de raíz el pecado de presunción, que se opone directamente a ella por exceso, y hace apoyarse únicamente en el auxilio omnipotente de Dios, que es el motivo formal de la esperanza. Secundariamente perfecciona también la virtud de la templanza, ya que no hay nada tan eficaz para frenar el apetito desordenado de placeres como el temor de los castigos divinos.

Los doce frutos del Espíritu Santo

Si permitimos que el Espíritu Santo trabaje en nuestra alma permaneciendo en estado de gracia santificante, nuestro “árbol espiritual” pronto empezará a producir frutos tales como: caridad, gozo, paz, paciencia, mansedumbre, bondad, benignidad, longanimidad, fe, modestia, templanza y castidad.

Caridad: nos ayuda a ver a Cristo en los demás. Es por ello que les ayudamos a pesar de que pueda suponer un sacrificio para nosotros.

Gozo: nace de la posesión de Dios. Nos hace ser personas agradables y felices; buscando también hacer felices a los demás.

Paz: nos hace ser personas serenas. Mantiene al alma en la posesión de la alegría contra todo lo que es opuesto. Excluye toda clase de turbación y de temor.

Paciencia: nos hace ser personas que saben controlar su carácter. No somos resentidos ni vengativos. Este fruto modera la tristeza

Mansedumbre: modera la cólera y las reacciones violentas.

Bondad: nos ayuda a nos criticar o condenar a los demás. Es una inclinación que nos ayuda a ocuparnos de los demás y a hacer que ellos participen de lo nuestro.

Benignidad: nos ayuda a ser gentiles y no andar discutiendo con todo el mundo. Da una dulzura especial en el trato con los demás.

Longanimidad: nos hace no quejarnos ante los problemas y sufrimientos de la vida. Nos ayuda a mantenernos perseverantes ante las dificultades.

Fe: nos ayuda a defender nuestra fe en público y no ocultarla por vergüenza o miedo. Es también cierta facilidad para aceptar todo lo que hay que creer, firmeza para afianzarnos en ello, seguridad de la verdad que creemos sin sentir dudas.

Modestia: nos ayuda a ser cuidadosos y discretos con nuestro cuerpo, evitando ser ocasión de pecado para los demás. Nos ayuda a preparar nuestro cuerpo para ser morada de Dios.

Templanza: nos ayuda a saber controlar nuestras pasiones y no dejarnos llevar por las mismas. En especial refrena la desordenada afición de comer y beber, impidiendo los excesos o defectos que pudieran cometerse.

Castidad: nos ayuda a ser cuidadosos y delicados en todo lo que se refiere al uso de la sexualidad, y en general, de los placeres de la carne.

Padre Lucas Prados

[1] San Ambrosio, De mysteriis 7,42.

[2] Santo Tomás de Aquino, Summa theologica III, q.72, a. 1.

[3] Santo Tomás de Aquino, Libro de las sentencias, IV, d.7, q.2, a.1.

[4] Santo Tomás de Aquino, Summa theologica III, q.72, a. 5, ad 2.

[5] Santo Tomás de Aquino, Summa  Theologica, I-IIae, q.68, a.2.