ADELANTE LA FE

Los límites de la libertad de prensa según la Tradición

La «libertad de conciencia» consiste en el supuesto derecho de todo hombre a pensar lo que desee. La «libertad de expresión» es el supuesto derecho de todo hombre a expresar todo aquello que piensa, y, finalmente, la «libertad de prensa», se refiere al supuesto derecho de todo hombre a poner por escrito o expresar públicamente a través de medios periodísticos aquello que piensa.

El límite de estas libertades está muy claro: el bien común y la preservación de las leyes naturales y divinas. No puede haber derecho al mal ni al error ni a lo injusto. Considerar que existe un derecho al mal o que se tiene tanto derecho al bien como al mal, a la verdad como al error es un absurdo grandísimo: es como hablar de una verdad falsa, de una justicia injusta o de un derecho torcido.

Hoy en día se habla mucho de libertades y principios democráticos cuando estos atentan en la mayoría de los casos contra el bien común y las leyes naturales y divinas. Los católicos debemos luchar con todos los medios a nuestro alcance por defender los derechos de Dios en la sociedad de manera rotunda y sin fisuras. La ley de Dios es innegociable. Los medios de comunicación deben estar al servicio del Bien y la Verdad.

César Félix Sánchez Martínez, Licenciado en Literatura, Diplomado en Historia y Magíster en Filosofía enseña Historia de la Filosofía, Antropología Filosófica y Filosofía de la Naturaleza en el Seminario Arquidiocesano de San Jerónimo, de Arequipa. En esta entrevista nos aclara todos estos conceptos, que es necesario tener muy claros hoy en día para actuar en consecuencia.

¿Qué entiende la Tradición de la Iglesia por libertad?

Antes que todo es menester que entendamos bien aquella frase de santo Tomás de Aquino respecto a que la gracia no anula la naturaleza, sino que la supone y la eleva. A partir de esta clarísima interpretación que hace el Sol de las Escuelas de la acción de la gracia en y a través de la Iglesia, podemos entender la manera cómo la Tradición Católica entiende la libertad, basándose en la recta filosofía, que estudia de manera cierta el orden natural. El hombre es un animal rationalis, es decir, una criatura animada corpórea poseedora de las llamadas facultades superiores o espirituales: la inteligencia y la voluntad.  Es en esta última donde, al analizar el acto voluntario, se encuentra la libertad. La voluntad se distingue del apetito sensible –que también poseen los animales irracionales– en que su objeto es un bien abstracto y universal conocido previamente por la inteligencia, no un simple bien sensible concreto.

¿Puede poner un ejemplo sencillo donde se entienda bien esto?

Supongamos que estamos de misión o peregrinaje en una zona rural. Ya está anocheciendo y estamos a una hora de camino, a pie, del lugar donde cenaremos y pasaremos la noche. Vemos en el camino a un niño comiendo un bocadillo. Por el hecho de poseer inteligencia y voluntad, podemos darnos cuenta de que si bien el bocadillo es un bien –un bien concreto y sensible –, existe un bien mayor –que es abstracto y universal: llámese el respeto debido a los bienes ajenos, en este caso al bocadillo del niño, que es un deber natural de justicia.

Por tanto, a la hora de sopesar ambos bienes, como somos inteligentes y libres, nos damos cuenta de que debemos frenar nuestros instintos y apetitos de hambre en aras de un bien superior. Un animal, aun el más simpático o doméstico, si tiene hambre, procurará, aun si no ataca directamente al niño, arrebatarle el bocadillo y comérselo.

Por lo tanto, la verdadera libertad no consiste en hacer lo que nos da la gana….

Contrariamente a la idea corriente de libertad en las sociedades occidentales actuales –una mezcla bastarda de la libertad como mera espontaneidad animal según Rousseau y de la transmutación de los valores nietzscheana –, la libertad no es hacer lo que me da la gana, sino que se revela precisamente en lo contrario, en no hacer lo que me da la gana. En poder refrenar los instintos sensibles en aras de las facultades superiores; de poder orientar los bienes inferiores a los bienes superiores. Para la tradición socrática –a la que el Aquinate, recordémoslo, también pertenece –, un hombre, aun haciendo aparentemente «lo que quiere», puede acabar siendo esclavo de sí mismo, precisamente por anteponer a los bienes que le son más propios como hombre –la verdad y el bien espirituales – los bienes sensibles; y así corromperse.

¿Por qué sólo la Verdad nos hace realmente libres?

Tanto la inteligencia como la voluntad son facultades que poseen un fin que es el que las determina. La inteligencia tiene como fin la verdad, lo que es, es decir, el ser; la voluntad por su parte, tiene como fin el bien, que no es más que un aspecto del ser, de lo que es, pero en cuanto querido por la voluntad. Según la escuela tomista, a la aprehensión de los bienes por la inteligencia, le sigue su volición o deseo, por parte de la voluntad. De ahí que digamos que la voluntad sigue a la inteligencia y, por tanto, vemos que primero conocemos la verdad del ser y luego lo deseamos con nuestra voluntad libre como bien, por tanto, aun en este plano, todavía natural, la verdad es la que determina, de manera mediata e indirecta, el uso de la libertad. Podríamos decir, entonces, que, en cierta manera, la verdad hace a la libertad.

Pero en el plano sobrenatural la cosa es aún más interesante y tiene más matices…

Todos conocemos el versículo de san Juan (8:31-32): «Si permanecéis en mi palabra, seréis en verdad discípulos míos y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres». Aquí Nuestro Señor polemiza con los judíos, que claman que ellos ya son libres, porque son hijos de Abraham (8:33). Pero Nuestro Señor arguye que en verdad no son libres, porque no oyen su palabra y porque quieren matarle por odio a la verdad, pues hacen las obras de su padre, que es el Padre de la Mentira (8:42-59). Tenemos una contraposición entre el naturalismo judaico, eminentemente político, y que rechaza a Cristo porque rechaza la gracia, y acaba haciéndose incluso antinatural y, por ende, siervo de la mentira en todos los planos; y el sobrenaturalismo cristiano, que custodia y protege el orden natural, elevándolo de manera sublime, al entender al Reino como la Iglesia fundada por Cristo, que reparte sacramentalmente la gracia sobrenatural, la vida divina, a través de los sacramentos, ese «Cristo multiplicado y repartido», que era como Bossuet definía hermosamente a la Iglesia: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14: 6).

El hombre, en potencia, tiene una voluntad libre, como hemos visto. Está orientado, entonces, hacia elegir el bien. Pero vemos constantemente cómo elige bienes menores por sobre bienes mayores y hace el mal en acto. ¿Cómo explicarlo? Por nuestra naturaleza caída, evidentemente. Decía Chesterton que el dogma cristiano que le parecía más evidente era el pecado original, bastaba asomarse a la ventana de su casa para darse cuenta. Entonces, vemos que en acto muchas veces el hombre no elige bien. Pero Nuestro Señor, al encarnarse y redimirnos, nos brindó en el Calvario la gracia santificante que nos permite curar esta herida y elevarnos nuevamente a su amistad. Es por eso que Cristo, Camino, Verdad y Vida, nos hace libres, libera a nuestra voluntad de la que esclavitud del pecado y la hace que pueda ser nuevamente perfecta en cuanto a la obtención del bien, especialmente del Bien supremo que es Él mismo. Así es como la Verdad nos hace libres, tanto en lo natural, como en lo sobrenatural.

¿Cómo ha definido tradicionalmente la Iglesia la libertad de expresión y de prensa?

En este punto debemos hacer una distinción terminológica. Tenemos, en primer lugar, la llamada «libertad de conciencia», que consiste en el supuesto derecho de todo hombre a pensar lo que desee; luego, la «libertad de expresión», que consiste en el supuesto derecho de todo hombre a expresar todo aquello que piensa, y, finalmente, la «libertad de prensa», que consiste en el supuesto derecho de todo hombre a poner por escrito o expresar públicamente a través de medios periodísticos aquello que piensa.

Si entendemos estas tres libertades, no como derechos, sino como simples garantías positivas muy limitadas, dadas por un Estado en un contexto de tregua después de un gran disturbio civil, podrían ser toleradas como un mal menor en ciertas circunstancias específicas. Pero siempre limitadas por el fin mismo de la comunidad política estatal, que es el bien común y la preservación de las leyes naturales y divinas. Esto, aunque pueda parecer obvio, es absolutamente ignorado en las superdemocracias de masas actuales donde la prensa, usualmente dominada por oligopolios, es vista como un poder que está más allá de cualquier bien común o incluso particular.

El problema nace cuando se habla de la «libertad de conciencia» como un derecho natural, es decir algo que le corresponde en sí al hombre…

Recordemos que, por definición, el derecho nos brinda la facultad moral de exigir un bien que nos es debido en estricta justicia. No podrá haber derecho entonces a lo que es injusto o malo. Ahora bien, la idea de «libertad de conciencia» implica una indeterminación, es decir, la idea de pensar lo que se desee, al margen de que sea verdadero o falso. Es cierto que, a la hora de la elección de medios en pos de un fin, el hombre puede inclinarse de facto por cualquier medio, incluso uno menos bueno o malo, pero esa elección no coaccionada no puede constituirse en un derecho, porque no hay derecho al mal ni al error ni a lo injusto. Considerar que existe un derecho al mal o que se tiene tanto derecho al bien como al mal, a la verdad como al error es un absurdo grandísimo: es como hablar de una verdad falsa, de una justicia injusta o de un derecho torcido, si se nos permite la imagen.

¿Qué documentos pontificios han condenado la tesis de que la libertad de conciencia está por encima del bien común y la verdad?

Gregorio XVI en su encíclica Mirari Vos (15 de agosto de 1832) nos dice: «De esta corruptísima fuente del indiferentismo brota aquella absurda y errónea sentencia, o más bien delirio, de que se debe afirmar y vindicar para cada uno la absoluta libertad de conciencia. Abre camino a este pestilente error aquella plena e inmoderada libertad de opinión que para daño de lo sagrado y profano está tan difundida repitiendo algunos insolentes que aquella libertad de conciencia reporta provecho a la religión. Pero, ¡qué muerte peor hay para el alma que la libertad del error!, decía ya san Agustín».

Mirari Vos es una verdadera joya profética, cuya lectura es un deber para todo católico fiel. Su mensaje es actualísimo: del aparentemente inocuo y neutro «derecho» a la libertad de conciencia se sucederían «monstruos de errores» que derramarían «sobre la faz de la tierra aquella maldición que lloramos». Maldición de aquella progenie diabólica que, premunida del indiferentismo, el laicismo, el naturalismo y el liberalismo, generaría en el siglo siguiente su concreción política e histórica perfecta: el Estado totalitario. ¡Porque las ideas tienen consecuencias! ¡Y las ideas malas tienen consecuencias históricas pésimas! El beato Pío IX también se pronunció contra las «libertades de perdición», especialmente en la encíclica Quanta Cura (8 de diciembre de 1864) y el Syllabus de errores condenados que la acompañaba (especialmente en los puntos 3, 11, 15, 16, 21, 55, 77, 79 y 80).

¿En qué aspectos hace énfasis especial el papa Mastai-Ferreti?

 En la llamada «libertad de cultos» o «libertad religiosa», es decir, la «libertad de conciencia» aplicada específicamente a la esfera de lo religioso. Sobre eso volveremos más adelante. Todos los Sumos Pontífices, hasta Pío XII, siguieron esta línea de pensamiento, con mayor o menor vigor. Así que es bastante falso y deshonesto intelectualmente lo que dijo recientemente el escritor neocón George Weigel al querer reducir la doctrina tradicional de la Iglesia respecto a las llamadas «libertades modernas» a una mera circunstancia político-pastoral vinculada a la «política francesa del siglo XIX». Ignora –o pretende ignorar – la riqueza y profunda fundamentación filosófico-teológica de esta enseñanza.

¿Cuáles serían por tanto los límites de la libertad de expresión y de prensa?

Todo aquello que contribuya al fin del hombre es bueno y debe ser practicado. ¿Qué es esto? Pues el viejo principio y fundamento ignaciano: «El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y rendir culto a Dios Nuestro Señor y, mediante esto, salvar su alma». Así, todo bien que lleve a este Bien supremo debe ser cultivado por las personas, estimulado por el Estado, difundido y elogiado por la prensa. Esa es la medida. Como hemos visto en otra pregunta, en algunos momentos y contextos puede tolerarse por la autoridad pública cierta libertad pública de algunas expresiones (por ejemplo, de las falsas religiones) para evitar males y escándalos mayores. Pero nunca habrá que considerar que esta libertad pública, amparada por un derecho meramente positivo, sea un derecho natural del hombre. Porque sería considerar que hay un derecho metafísicamente impreso por Dios en nosotros –y por tanto querido por Él – para negarlo, blasfemarlo o decir todo género falsedades, sean materiales o formales. Y como ens et verum convertuntur (el ser y la verdad convergen), sería sostener el absurdo lógico y ontológico ver al Ser como contradictorio y así, abolirlo. Sería abolir a Dios y a la estabilidad ontológica de la realidad.

A raíz del Concilio Vaticano II se abrió la puerta ciertas libertades para el error, entre ellas la libertad religiosa, ¿Qué consecuencias tuvo aquello?

El Concilio Vaticano II es una gigantesca piedra de escándalo de la que todavía no podemos deshacernos. El incalculable daño que causó a la Iglesia y al mundo el aggiornamento –del que el Concilio es la punta de lanza – daría para veinte entrevistas. Pero en este punto específico, la doctrina conciliar reviste especial gravedad. Tenemos la constitución Dignitatis Humanae que literalmente dice, en el punto 2: [Este Concilio Vaticano II] [declara, además, que el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal como se la conoce por la palabra revelada de Dios y por la misma razón natural. ¿Estamos ante el derecho natural del hombre a conocer la verdadera religión, reivindicado desde siempre por la Iglesia? ¿Ante una mera constatación natural de la libertad psicológica de la potencia natural de la voluntad? ¿O estamos ante una innovación que pretende otorgar al indiferentismo la condición de derecho natural? El concepto del documento entero nos hace pensar que estamos probablemente ante este tercer caso.

Ante esta perplejidad, me remito al maestro Rafael Gambra Ciudad, que al respecto dijo lo siguiente: «Si durante un cuarto de siglo multitud de personas medianamente cultas no han alcanzado a encontrarle un sentido compatible con la tradición, si son múltiples las interpretaciones vigentes, ¿podrá alguien dudar que ese texto es, cuando menos, confuso o ambiguo, carente de la claridad y precisión que su importancia requeriría, a la que tiene derecho el pueblo fiel a quien va dirigido? Reiterar una y mil veces que no lo hemos entendido constituye, al cabo de 25 años, una ofensa contra la inteligencia más elemental de una extensa parte del pueblo fiel» (La unidad religiosa, encrucijada de la teología y la política [1990]) Antes de entrar en explicaciones textuales más compendiosas –que son también muy necesarias – la clave del documento se revela claramente estudiando las interpretaciones y aplicaciones que de él hicieron Paulo VI –quien lo promulgó – y Juan Pablo II, por citar dos ejemplos.

¿No fue el papa Montini quien, por citar solo un ejemplo, por obra de su nuncio Dadaglio, hizo la guerra al Estado Católico Español e incentivó de manera explícita e implícita el desmantelamiento de la confesionalidad católica en todo el mundo; ¿confesionalidad que, hasta los tiempos de Pío XII, había sido saludada como un gran bien y un deber? ¿No fue Juan Pablo II el fautor del encuentro de Asís de 1986 y muchas otras manifestaciones –que treinta años antes le hubieran hecho acreedor a castigos canónicos – de falso ecumenismo? ¿No fueron ambas actitudes de estos Pontífices (inéditas y contrarias a la letra misma del magisterio inmediatamente anterior) justificadas por ellos mismos como aplicación fiel del Concilio, en especial de esta declaración? Vemos por doquier los frutos de esta declaración. Los pronósticos de Gregorio XVI y del beato Pío IX parecen haberse cumplido, en lo que respecta a lo que pasaría de prevalecer las «libertades de perdición».

El mundo occidental excristiano se pudre en pornografía, irracionalidad y odio, justificado todo en nombre de la «libertad de expresión». En la Iglesia la cosa parece ser aun peor. El indiferentismo tiene en sí mismo una entraña totalitaria; entre el error y la verdad hay una repelencia metafísica, de ahí que estas nuevas libertades conciliares en verdad no signifiquen ni siquiera la ilusión de un piso parejo para la posición católica y la posición herética dentro de la Iglesia –cosa que ya en sí sería un gran mal, dicho sea de paso – sino el momento previo a la persecución abierta de la verdad, aun en el plano meramente natural. El despido del profesor Josef Seifert ha dejado en claro esto. Como dice el Dr. Claudio Pierantoni parece haber llegado ya la hora de una «persecución oficial» a la ortodoxia dentro de la Iglesia. Esa hora, aunque ahora muy grave, ya había llegado para los católicos tradicionales desde el mismo momento del Concilio. El asunto es que ahora la persecución es incluso contra verdades filosóficas, de sentido común o de catecismo básico.

Javier Navascués

Javier Navascués

Ha trabajado como redactor en el Periodico de Aragón y Canal 44 de Zaragoza y como locutor y guionista en diferentes medios católicos como NSE, EWTN, Radio María etc…y últimamente en Agnus Dei.