MEDITACIÓN

Malicia del pecado mortal

Meditación IX

Composición de lugar. Considera a tu alma hecha una llaga, manando inmundicias y podredumbre por todas partes.

Petición. Jesús mío, dame lágrimas de contrición sin medida.

Punto primero. El alma que está en gracia de Dios, hija mía, es como un castillo hermoso y deleitoso, todo de un diamante preciosísimo…, un paraíso donde tiene el Señor sus deleites, y por su rara hermosura nadie le puede comprender… Habita el Señor en el centro del alma del justo, y por su gran hermosura, capacidad y dignidad no hallo yo cosa conque compararla. Considera, pues, hija mía, que será ver este castillo tan resplandeciente y hermoso, esta perla oriental, este árbol de vida, que está plantado en las aguas mismas de la vida, que es Dios, cuando cae en un pecado mortal… ¡Oh dolor! No hay tinieblas más tenebrosas, ni cosa tan obscura y negra que no esté mucho más el alma en pecado… No quieras más saber, hija mía, de que con estarse el mismo Sol que le daba tanto resplandor y hermosura todavía en él centro del alma, es como si no estuviese para participar de él con ser tan capaz para gozar de Su Majestad, como el cristal para resplandecer en el sol… Ninguna cosa le aprovecha… y de aquí viene que todas las obras que hiciere estando en pecado mortal son de ningún fruto para alcanzar gloria, porque no proceden de Dios, de donde toda virtud es virtud… Por el pecado hace placer al demonio, que como es las mismas tinieblas así la pobre alma queda hecha una misma tiniebla… por el pecado se planta en una fuente de negrísima agua y de mal olor; y por eso todo lo que corre de ello es la misma suciedad y desventura… Por el pecado pone el alma, que es como un cristal o diamante preciosísimo un paño muy negro, y por esto, aunque el sol de justicia dé en ella, no hace su claridad operación alguna. ¡Oh alma redimidas por la Sangre de Jesucristo, entendeos, y habed lástima de vosotras mismas! ¿Cómo es posible que entendiendo esto no procuréis quitar esta pez de este cristal? Mirad que se os acaba la vida, y jamás tornaréis a gozar de esta luz. ¡Oh Jesús! ¡qué es ver a un alma apartada de esta vida! ¡Qué turbados andan los sentidos! ¡Y las potencias con qué ceguedad, con que mal gobierno! ¡Jesús misericordioso, haber piedad de estas almas redimidas con vuestra sangre!… Convertidlas, salvadlas.

Punto segundo. Estas desventuradas almas están como en una cárcel oscura, atadas de pies y manos para hacer ningún bien que los aproveche para merecer, y ciegas y mudas… En fin, como a donde está plantado el árbol, que es el demonio, ¿qué fruto puede dar?… ¡Oh! no me espanto de cosas que haga una persona que está en pecado mortal, sino de lo que no hace. Dios te libre, hija mía, de tan gran mal, que no hay cosa que merezca el nombre de mal sino el pecado, que acarrea males eternos para sin fin. ¿Quién, pues, no se compadecerá de estas almas? ¡Ay! Que tal vez algún tiempo te viste así tú, hija mía… Ruega por ellas.

Punto tercero. Es grandísima limosna rogar por los que están en pecado mortal; muy mayor que si viésemos a un cristiano atadas las manos con una fuente cadena, y él amarrado a un poste muriéndose de hambre, y no por falta de que como, que tiene cabe sí muy extremados manjares, sino que no los puede tomar para llegarlos a la boca, y aun está con grande hastío, y ve que ya va a expiar, y no muerte como acá, sino eterna. ¿No sería gran crueldad, hija mía estarle mirando y no llegarle a la boca que comiese? ¿Pues qué si por tu oración le quitasen las cadenas? Ya lo ves, hija mía: por amor de Dios te pido que siempre tengas acuerdo en tus oraciones de almas semejantes… Y si fuese tuya por desgracia, hija mía, ¡oh, ten compasión de ella! arrepiéntete…, haz una buena confesión…, y torna a recobrar la hermosura y gracia de tu alma, y serás feliz.

Padre nuestro y la Oración final.

Fruto. No pasaré día sin rogar muchas veces por las almas que están en pecado mortal. Jesús mío, misericordia por los pobres pecadores. ¡Viva Jesús, muera el pecado!

San Enrique de Ossó